Era 2005 o 2006, un viernes en la tarde, en el cuarto piso de la Facultad de Filosofía de la Chile, andaba poquísima gente en el edificio y en el campus porque era la previa a un 18 largo. Yo tenía una clase sobre Bradley -ese hegeliano británico, autor de un “ensayo metafísico” sobre la apariencia (contradictoria) y la realidad (absoluta) del ser-, en la que de por sí éramos pocos alumnos, tres o cuatro, y ese día, creo, solo llegué yo. Al terminar la clase, el profesor Menanteau, en un tono afectuoso, incluso protector, que yo no le conocía, me dijo que me cuidara esos días; se refería, por supuesto, al reventón nacional que se preveía. Antes de eso, mirando desde las alturas de la facultad hacia la tranquila y vacía calle, comentó que era el recogimiento del mar antes del maremoto.
El 18, también la dupla navidad y año nuevo, tiene la extraña virtud de hacer realidad el tiempo sin tiempo; quiero decir, varios días antes se suspende la cronometría cotidiana y sus obligaciones bajo el factum de lo vemos después del 18 (o el próximo año), como si ya nada nos ocupara, como si nada ni nadie nos pudiera forzar a pensar en mañana y pasado mañana. Por supuesto que luego volverá el peso de la rutina y hasta puede que nos arrepintamos de no haber dejado resuelto esto o esto antes de ese fin del tiempo que más bien ha sido un volver a tener tiempo.
En “El país del paisaje de las cenizas”, cuento de Juza Unno, un tipo se propone y logra crear una isla paradisíaca, a la que mujeres y hombres llegan luego de, falsamente, haber muerto y, también falsamente, ser cremados:
Mi deseo era hacer posible lo que parecía imposible y crear una sociedad maravillosa y sin preocupaciones. ¿Has visto cuando se acerca el Año Nuevo y todo es relajación y despreocupación? Cuando solo quedan dos o tres días del año y te das cuenta de que no importa cuánto te quieras apurar con las cosas, no logras hacer nada, escapa de tu control… Entonces, ¿qué pasa si uno lleva esto a su máxima expresión? Uno acaba restándose de la sociedad cotidiana, como si nunca hubiese existido.
Todo bien, salvo que si la maravilla absoluta se vuelve norma, pues entonces será esa la nueva y contradictoria cotidianidad de la que -seguro- querremos restarnos. Excepto que la muerte falsa sea real. Pero, claro, la muerte no es excepción ni es cotidianidad, no es libertad ni yugo, ni es el caso del cuento de Unno. Allí, luego de engañar a la sociedad y sus instituciones, cuando te han declarado muerto, pero en verdad estás vivo, “puedes vivir el resto de tu vida como se te antoje, en completa libertad”. No se trata de una vida después de la muerte, como la que añora un cristiano, sino de otra vida aquí mismo, falsa muerte mediante, aunque sí logra, realmente (en el cuento), lo que un creyente cree que le pasará cuando deje esta (la única) vida. En cualquier caso, en la fantasía de Unno o en la de los cristianos u otra religión, sospecho que si estás aburrido de la vida y quieres otra absolutamente otra, sea aquí o más allá, también te aburrirás de la muerte. Mejor quedarnos con esos pequeños decesos, transitorios, tal vez aparentes, como son los 18 o la navidad y año nuevo, y disfrutarlos, ojalá, con cuidado.
*Juan Rodríguez Medina es periodista y ensayista.
