Cuando aumenta la criminalidad en ciertos barrios de Santiago, el debate público suele buscar una explicación rápida. Y casi siempre encuentra la misma: la migración.
Es una respuesta cómoda. También es equivocada.
No porque la migración no tenga efectos —los tiene—, sino porque desplaza el problema hacia donde es más fácil señalar, no hacia donde es más útil entender. El delito no se explica por quién llega, sino por las condiciones en que esas personas se insertan en la ciudad.
Ahí está el punto que evitamos mirar.
En comunas como Estación Central se han acumulado, durante años, condiciones que tensionan la vida urbana: alta densidad habitacional, viviendas pequeñas, rotación constante de residentes, presión sobre servicios públicos y una circulación intensa de personas asociada al transporte y al comercio.
Ese escenario no es espontáneo. Es el resultado de decisiones.
Durante décadas, Chile permitió —y en algunos casos incentivó— una forma de crecimiento urbano que priorizó la cantidad sobre la calidad. Se construyó mucho, rápido y, en ciertos territorios, sin una planificación equivalente del entorno. El suelo se utilizó al máximo; la ciudad, no.
Lo que quedó fue una forma urbana específica: barrios donde conviven cientos de hogares en espacios reducidos, donde los vecinos cambian constantemente y donde el anonimato deja de ser excepción para convertirse en regla.
En ese contexto, el problema no es quién llega. Es qué tipo de ciudad recibe.
Cuando la densidad es extrema y la estabilidad residencial es baja, las redes comunitarias se debilitan. Cuando el espacio público está saturado y los servicios tensionados, las fricciones aumentan. Cuando la vida cotidiana se organiza en torno a flujos intensos, el control social informal —ese que se construye con el reconocimiento mutuo— se erosiona.
Y cuando ese control se debilita, el delito encuentra más espacio.
No es una cuestión de cultura ni de origen. Es una cuestión de entorno.
Los flujos migrantes no crean esas condiciones. Se insertan en ellas. Llegan donde el mercado de la vivienda —formal o informal— ofrece acceso, aunque sea precario. Se integran en economías de alta rotación, muchas veces ligadas al comercio y los servicios.
Es decir, llegan donde la ciudad permite que lleguen.
El problema es que esa misma ciudad no siempre está preparada para absorber esos flujos. No ofrece suficiente infraestructura, ni espacios de integración, ni estabilidad territorial. Y cuando esas condiciones fallan, lo que emerge no es solo precariedad: es vulnerabilidad.
Ahí es donde la criminalidad se vuelve más probable.
Por eso, insistir en una explicación centrada en la migración no solo es injusto. Es, además, inútil. Desvía la atención del verdadero desafío: cómo estamos produciendo ciudad.
El error no es nuevo. Cada vez que enfrentamos un problema complejo, buscamos una causa simple. Pero la seguridad urbana no funciona así. Es el resultado de múltiples factores que se superponen: densidad, movilidad, economía local, redes sociales, forma urbana.
Cuando esos factores se combinan de cierta manera, generan entornos más frágiles. Y en esos entornos, el delito encuentra oportunidades.
Hoy, cuando se discuten nuevas políticas para reactivar el mercado inmobiliario y aumentar la oferta de vivienda, el riesgo es repetir ese patrón: construir más sin preguntarse cómo y dónde.
Porque no toda densificación es igual.
Una ciudad puede densificarse fortaleciendo sus barrios, integrando servicios, generando comunidad. O puede densificarse acumulando unidades, maximizando rentabilidad y trasladando los costos al entorno.
En el primer caso, la ciudad contiene. En el segundo, empuja.
Empuja hacia la precariedad, hacia la fragmentación, hacia la pérdida de vínculos. Y en ese movimiento, empuja también hacia condiciones donde el delito se vuelve más probable.
No es una relación automática ni inevitable. Pero es una relación que no puede seguir fuera del debate.
Si queremos hablar en serio de seguridad, tenemos que dejar de mirar solo a las personas y empezar a mirar el territorio. Dejar de buscar culpables visibles y empezar a entender estructuras invisibles.
Porque el problema no es solo quién llega.
El problema es la ciudad que empuja.
*Diana López es cientista política.