Pensar a Fidel Castro a cien años de su nacimiento, desde una perspectiva crítica, es una tarea exigente para quienes participamos como militantes en las luchas políticas de la segunda mitad del siglo XX. Fidel escribió páginas imprescindibles en la historia del socialismo y, probablemente, fue el personaje político latinoamericano que alcanzó, en el curso de su larga trayectoria como revolucionario y luego gobernante, el mayor impacto comunicacional y político en el siglo XX. Además, para muchos de nosotros, la memoria sobre Fidel se funde con episodios de la propia vida, y pone en juego ideas y emociones que comprometieron a toda una generación.
Por otra parte, escribo este texto en horas bajas de la experiencia cubana, cuando ha quedado en evidencia la distancia entre la actual realidad y la sociedad socialista que ilusionó a mi generación y que convirtió la esperanza en su futuro en uno de los motores de nuestras luchas.
Voluntad esperanzada
El punto de vista que aquí expreso, estrictamente personal, no puede omitir el recuerdo del impacto que provocó la irrupción de los «barbudos» que, desde la montaña, formaron un ejército que encabezó el derrocamiento de la dictadura de Batista en 1959 y, a poco andar, desafiaron el poderío militar y económico estadounidense para el que Cuba era una pequeña isla destinada a la recreación de millonarios y mafiosos.
Pocos siguieron desde Chile los capítulos previos al ingreso a La Habana de los guerrilleros provenientes de la sierra que se unirían más tarde con los luchadores del llano en una jornada épica. Y quienes lo hicieron los habían observado a lo menos con escepticismo, a excepción de algunos personeros socialistas. La audacia de Fidel era tanta que había emprendido dos operaciones militares de una racionalidad discutible: en 1953, el asalto al Cuartel Moncada, una de las unidades militares más fuertes del ejército batistiano, con una fuerza muy inferior en cuanto a número, organización y armamento a la de aquel regimiento, que le significó pérdidas humanas considerables y la prisión. Luego de una amnistía —¡qué gran y afortunado error de Batista!— Castro se trasladó a México y desde allí organizó, en 1956, el desembarco en Cuba de ochenta y tres revolucionarios transportados en el yate Granma. La mayor parte cayó en combate o en las cárceles de Batista, donde fueron fusilados. Más de una veintena lograron sobrevivir y reagruparse en torno a su líder en la Sierra Maestra.
Estos hechos, convertidos en parte de la épica revolucionaria, marcaron una de las características del proceso cubano mientras Fidel estuvo vivo: la gran importancia del factor subjetivo —yo diría voluntad y esperanza— en la definición de los caminos de la Revolución. Hubo una disposición siempre alerta y combativa frente a las innumerables agresiones estadounidenses, económicas, políticas y militares; metas siempre elevadas para la zafra del azúcar; convicción sobre el objetivo de generar el «hombre nuevo» (la «persona nueva», diríamos hoy); prioridad a la colaboración solidaria con los pueblos latinoamericanos, como proyección del pensamiento de José Martí que tanto nutrió la formación de Fidel y sus cercanos, entre otros ejemplos.
Voluntad esperanzada… Ignoro si alguna vez Fidel leyó a Ernst Bloch, pero si no lo hizo fue un intérprete suyo sin saberlo: la fuerza de la esperanza, la convicción de que lo que solo imaginamos y deseamos —lo que no es todavía pero algún día podrá ser— potenció su liderazgo y el espíritu de la revolución que condujo.
Fidel representó la mística de lo imposible, o más bien de lo supuesta o aparentemente imposible. Para América Latina, su triunfo en 1959 no fue un suceso lejano: fue, por el contrario, el ejemplo de aquello que se debía hacer. Solo Bolivia, en 1952, había sido escenario de una revolución social y política que nacionalizó el estaño, redistribuyó tierras y estableció el sufragio universal; y Guatemala había llevado adelante cambios fundamentales con los gobiernos progresistas de Arévalo y Arbenz, que en 1954 terminaron con un golpe militar con intervención directa de Estados Unidos. Sudamérica estaba plagada de dictaduras militares: Argentina, Colombia, Venezuela y Paraguay. En América Central, Anastasio Somoza tiranizaba Nicaragua, y en el Caribe lo hacían Leonidas Trujillo en República Dominicana, François Duvalier en Haití y Fulgencio Batista en Cuba. La estrategia de la guerrilla, con variantes derivadas de las condiciones locales y de influencias ideológicas, se convirtió, tras el triunfo cubano, en un modelo para la emancipación continental. Más tarde, las definiciones ideológicas de Fidel y la revolución cubana influyeron también de manera decisiva en la visión de las izquierdas latinoamericanas.
La singularidad del proceso cubano
Como todas las revoluciones, la cubana fue un fenómeno único. Así lo fue también la mexicana de 1910, la Revolución de Octubre en Rusia en 1917, la boliviana de 1952, la Unidad Popular chilena entre 1970 y 1973, la revolución sandinista en 1978… No soy historiador ni politólogo, pero percibo que cada proceso revolucionario es único y está moldeado por liderazgos, formas de lucha, condiciones nacionales y otros factores propios de cada caso. Y también que frente a un éxito revolucionario inicial que se considera logrado se abre paso el fenómeno de la imitación, ya sea por valoración del imitador de la experiencia ajena o por el impulso o imposición de parte de los conductores del modelo ya consolidado. Así ocurrió con la Revolución de Octubre de 1917, hasta que se constató que la expectativa marxista sobre una pronta extensión universal del socialismo no tendría lugar por un tiempo previsible largo, y que habría que intentar construirlo en un solo país: Rusia. Dispuesta ya gran parte de las fuerzas internacionales de izquierda a asumir como objetivo fundamental la consolidación de la experiencia soviética, con el paso de los años muchas de las características de esta tendieron a transmitirse y a ser objeto de imitación en otras realidades, en Europa del Este, en Asia, en América Latina, para bien y para mal. Para bien porque la experiencia ajena sin duda es siempre valiosa si es bien aplicada. Para mal porque cada revolución debiese poder fijar los rasgos, límites y proyecciones de su propio proyecto. “Ni calco ni copia”, como dijera José Carlos Mariátegui.
Por lo que respecta a la revolución cubana y su inspiración fidelista, el proceso fue claro. Había que apoyar a Cuba desde los demás países latinoamericanos, pero más significativo aún sería el apoyo cubano a la ansiada revolución continental. Fidel respondió con creces. Cuba, pequeña y sin demasiados recursos para cubrir sus propias necesidades, se transformó en una plataforma solidaria, y por esa vía —con la fraternal complicidad de ayudantes y ayudados— la tendencia a reproducir el éxito cubano nos recorrió a todos, hasta a la singularísima Bolivia, cuyos rasgos tan propios no aminoraron los impulsos valerosos del Che y su guerrilla. Solo Allende y Chile sostuvieron el reclamo de una singularidad que resultaba más bien sospechosa para la mayor parte de la izquierda latinoamericana.
Fidel fue un estudiante inspirado en Martí y miembro del Partido Ortodoxo, una fuerza democrática, anticorrupción y antimperialista, que luchó contra Batista. Desde esa identidad organizó el asalto al Moncada el 26 de julio de 1954 y más tarde fundó el Movimiento que convirtió esa fecha en su nombre. Luego del triunfo y desde el gobierno promovió la constitución del Partido Unido de la Revolución Socialista de Cuba y en 1965 la nueva denominación de Partido Comunista de Cuba. Los historiadores, cubanos principalmente, han estudiado este proceso y tienen perspectivas diferentes. Pero es llamativo cómo este dato histórico expresa una tendencia a una imitación no crítica, si se recuerda que la Revolución de Octubre tuvo como impulsoras a fuerzas políticas diferenciadas (bolcheviques, mencheviques, socialistas revolucionarios), y que la opción de Lenin y el grupo dirigente bolchevique fue constituir un partido único que no admitía la existencia de otras organizaciones y que asumiría el poder total del Estado.
No hay que ignorar que, así como Rusia fue por varios años víctima de agresiones de otros países europeos que intentaron llevar adelante una guerra destinada a derrotar a Lenin y su gobierno, Cuba y Fidel fueron a poco andar víctimas de violencias que no se han interrumpido por más de seis decenios. La más vistosa de aquellos primeros años fue la invasión patrocinada por Estados Unidos que desembarcó en Bahía de Cochinos en 1961 y que fue derrotada. La más presente en estos días es el bloqueo de más de sesenta años, reiteradamente condenado por muy amplias mayorías por las Naciones Unidas, un acto contrario al derecho internacional, un acto cruel ejercido por quienes tiene la fuerza, pero ignoran la razón y la justicia.
Señalo estos hechos históricos porque es posible que, en el caso cubano, la fuerza del «efecto imitación» del modelo soviético se haya afirmado en un cierto sentido común presente en el análisis político, según el cual el mando único y fuertemente jerárquico es un instrumento más eficaz cuando se impone en la política una lógica militar, aunque no necesariamente signifique la guerra. La conducción cubana aceptó el modelo básico de Estado y de partido elaborado por la poderosa corriente marxista-leninista cuya encarnación más acabada fue la experiencia soviética. Sin ningún ánimo de relativizar las falencias de Cuba en materia de derechos civiles y los rasgos autoritarios de su sistema de gobierno, es justo señalar que Cuba se distinguió de otros países del este europeo por una intensa participación popular que se desarrolló fuera de los marcos de la democracia liberal clásica. No hay que olvidar que en Cuba la revolución fue el resultado de la acción de los cubanos, no de intereses o estrategias externas.
Después de Bahía de Cochinos, la supervivencia del proyecto de Fidel llevó a Cuba a un acercamiento ideológico y estratégico con la URSS, un pacto que generó la crisis mundial de octubre de 1962 ante la tentativa soviética de instalar cohetes de mediano alcance en territorio cubano, para así compensar la existencia de armamento similar de Estados Unidos estacionado en Turquía.
Ocurrió lo que seguramente era inevitable y previsible: la primera revolución socialista exitosa en América Latina quedó situada en el centro de un tablero universal de ajedrez geopolítico, afectada en su capacidad de sostener su autonomía original y de dar curso a una nueva experiencia socialista.
El vínculo de Fidel con Chile
Este vínculo merece una memoria aparte, mucho más abundante y amplia que la mía. Su discurso y propuestas marcaron a la izquierda chilena e influyeron, de diversas maneras, en el MIR y en los partidos de la Unidad Popular. Durante los más de mil días del gobierno de Allende y luego durante los largos años de la dictadura chilena, Fidel ofreció una solidaridad a toda prueba. Pero las armas fueron siempre un motivo para puntos de vista que no coincidían. A juzgar por lo que sugerían dirigentes cubanos y chilenos, Fidel dejaba traslucir una mirada crítica y se inquietaba ante los peligros de una revolución que avanzaba sin armas institucionales ni militares suficientes.
Allende, según él mismo relató en algún momento, tampoco comprendió de inmediato el real significado de la Revolución que encabezó Fidel. A poco de la caída de Batista, partió desde Caracas con destino a Cuba. Buscó un hotel y observó las calles, la gente. Vio un auto descapotable en que el alcalde de Miami se paseaba por la ciudad y era vitoreado. Se encontró con un viejo conocido, el presidente del Partido Socialista Popular (comunista) de Cuba, Carlos Rafael Rodríguez, y le dijo que estaba por regresar a Chile porque había venido a ver una revolución antimperialista y se encontraba con el alcalde de Miami como gran huésped de la ciudad… Rodríguez le pidió que no se fuera aún y que le diera el teléfono del hotel, que alguien quería hablar con él. Cuando lo llamó, fue para decirle que lo recibiría Ernesto Guevara.
Allende llegó a la cita en el viejo y famoso fuerte de La Cabaña, una antigua estructura militar de la época del dominio español. Entró a una sala donde un hombre asmático estaba tendido sobre una cama, con el torso desnudo, aspirando algún medicamento. El hombre se paró y le dijo: «Soy Ernesto Guevara. Usted no me conoce, pero yo sí a usted». Y agregó: «Cuando estuve en Chile pasé a verlo al Senado, pero usted no me recibió». En efecto, el Che había estado en Santiago cuando era más joven y, sin cita previa, había querido hablar con Allende antes de iniciar su recorrido en motocicleta por países de América Latina. Ante cierta confusión de Allende, Guevara agregó: «Pero no se preocupe, le oí dos discursos. Uno era una mierda… ¡pero el otro era una maravilla!». Fue el preámbulo de la relación que tuvo la izquierda chilena con Cuba y de la fraternal amistad entre Allende y Fidel.
En varias ocasiones discreparon. Cuando en 1967 se creó la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS), una de sus bases era la difundida convicción de que la lucha armada era la vía para establecer el socialismo en el continente. Allende, sin embargo, reclamaba la excepcionalidad chilena: en Chile la revolución sería con vino tinto y empanadas; la vía chilena sería no armada; cada izquierda, en cada país, podía y debía elegir su propio camino, y todas debían solidarizar entre sí.
Cuando en 1967, luego del fracaso de la guerrilla de Ñancahuazú y el asesinato del Che, aparecieron en el norte de Chile seis guerrilleros sobrevivientes, Allende, que era presidente del Senado, viajó para garantizar su regreso a Cuba. Sus adversarios denunciaron el hecho y sostuvieron, erróneamente, que esa conducta había dañado de forma irremisible su proyección política.
Fidel vino a Chile en noviembre de 1971 y recorrió el país. Era su primer viaje a América Latina después de muchos años, y su entusiasmo lo llevó a un largo recorrido que dejó en Chile vivencias inolvidables.
No olvido cuando conocí a Fidel y crucé con él unas palabras por primera vez. En 1971, durante su visita, Allende le ofreció una gran recepción en La Moneda. Lo divisé en el rincón de uno de los salones, más alto que el abigarrado grupo que lo rodeaba como si lo quisiera secuestrar. Parecía imposible llegar a él. Oí entonces una voz detrás de mí que me preguntaba: «Don Jorge, ¿quiere que se lo presente?». Era el edecán naval del presidente, el comandante Arturo Araya Peters, más tarde asesinado por la extrema derecha. Por supuesto acepté y lo seguí mientras Araya nos abría camino con sus galones. Y ahí estaba Fidel luciendo el uniforme de comandante en jefe de las Fuerzas Armadas Revolucionarias Cubanas. Fueron solo unos segundos. Durante mi exilio pude escucharlo en La Habana, en conversaciones extensas con altos dirigentes chilenos, que a veces se prolongaban hasta la madrugada. Fidel ocupaba todo el espacio en el entorno de su figura, como si tuviera alrededor del cuerpo pródigos anillos de energía. Su movimiento constante y la fuerza singular de su habla —que, era evidente, requería más tiempo para transmitir todo lo que él quería— mantenían a sus interlocutores encandilados.
Logros y grietas
En el balance de este centenario del nacimiento de Fidel quedan registrados sus mayores logros: la dignidad de un pueblo que resistió invasiones, bloqueos económicos y constantes amenazas a su soberanía; un principio de justicia social que, más allá de las adversidades económicas, inspiró la vida cubana; la salud pública y la educación que situaron al país de Fidel a la cabeza de América Latina en esas áreas. Sin embargo, el balance queda incompleto sin reconocer las grietas del proceso: las limitaciones a los valiosos derechos que consagra, en teoría al menos, la democracia de origen liberal, las protestas internas y su represión, la oligarquización del partido único, el tránsito dolorosamente difícil hacia ese ideal del nuevo ser humano que la utopía prometía.
El Fidel Castro que fue completa en este mes de agosto un siglo de su nacimiento. Artífice de una epopeya humana colosal e imperfecta, impulsada por el magnetismo del horizonte socialista que propiciaba y sostenía, y por su incomparable voluntad y convicción, dejó huella. En el mundo de la segunda mitad del siglo XX construir una convivencia social justa sobre la base de los valores que contiene el socialismo y los de la democracia y la libertad fue un propósito de máxima dificultad. En el siglo actual lo sigue siendo. Hay que perseverar.
Santiago de Chile, agosto de 2026.
