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Portal Socialista > Privado: Contenido > Política > Internacional > Claudia Maldonado Graus / El avance de la AfD en Alemania: ¿cómo se convierte la desigualdad en extrema derecha?
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Claudia Maldonado Graus / El avance de la AfD en Alemania: ¿cómo se convierte la desigualdad en extrema derecha?

25 septiembre 2026
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18 Min de Lectura
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El resultado de las elecciones celebradas recientemente en Sajonia-Anhalt, donde la AfD (Alternativa para Alemania) obtuvo cerca del 44 % de los votos, vuelve a poner en el tapete una pregunta que medios y analistas llevan años intentando responder: ¿por qué la extrema derecha ha conseguido hacerse tan fuerte en el Este del país?

Mientras terminaba de escribir esta columna, la AfD volvió a convertirse en la primera fuerza en otro estado del Este alemán: Mecklemburgo-Pomerania Occidental, donde obtuvo el 38,2 % de los votos, más del doble que en las elecciones de 2021. Aunque se trata de territorios con diferencias importantes, ambos comparten una historia marcada por las profundas transformaciones económicas, demográficas y sociales que siguieron a la reunificación. El nuevo resultado no hace sino volver más urgente la pregunta que recorre este texto.

Hoy Alemania ya no está frente a un fenómeno marginal ni a un voto de protesta. El crecimiento de la AfD confirma algo que las elecciones federales de 2025 ya habían mostrado: en amplias zonas de Alemania oriental (la antigua Alemania comunista), la extrema derecha se ha transformado en la principal fuerza política. En Sajonia-Anhalt, la AfD obtuvo 39 de los 83 escaños del parlamento regional, quedando a solo tres escaños de gobernar en solitario. Su avance, ahora confirmado también en Mecklemburgo-Pomerania Occidental, tensiona además la Brandmauer (cortafuegos o cordón sanitario) con la que los demás partidos han buscado impedir su acceso al gobierno.

Los análisis sobre el auge de la extrema derecha otorgan un papel importante a la crisis migratoria, la xenofobia, el envejecimiento de la población y la desconfianza en las instituciones y los partidos políticos. Otra explicación apunta al deterioro paulatino de servicios como la educación y la salud, así como al desempleo y la pérdida de calidad de vida. Todas son hipótesis plausibles. La vida cotidiana se ha precarizado en estos estados y la incertidumbre sobre el futuro de las familias y sus hijos se ha transformado en una angustia a la que los gobiernos no han sabido responder con suficiente premura. En Alemania, la pobreza y la desigualdad han aumentado durante la última década y se han situado en el centro de las explicaciones sobre por qué la extrema derecha triunfa precisamente en zonas donde estos problemas persisten. Veamos algunos datos.

Treinta y seis años después de la reunificación, las diferencias económicas entre el Este y el Oeste de Alemania se han reducido enormemente, pero no han desaparecido. Según la Oficina Federal de Estadística alemana (Destatis), en 2024 el salario bruto mensual promedio de un trabajador a tiempo completo era de 3.973 euros en el Este y de 4.810 euros en el Oeste, una diferencia superior al 20 %. Más significativa todavía es la brecha patrimonial. Según el Bundesbank, en 2023 el patrimonio neto mediano de un hogar oriental era de 35.900 euros, frente a 143.200 euros en el Oeste. También existe una diferencia importante en la propiedad de la vivienda: un 29 % frente a un 45 %. Estas desigualdades también se transmiten entre generaciones: en 2024, las herencias y donaciones sujetas a tributación equivalieron a unos 1.600 euros por habitante en el Oeste, frente a poco más de 400 euros en el Este y Berlín.

A esto se agrega una transformación demográfica profunda. Desde 1990, los estados orientales —sin incluir Berlín— perdieron alrededor del 16 % de su población, mientras que los occidentales aumentaron la suya en un 10 %. Sajonia-Anhalt perdió un 26 % y Turingia, un 20 %. Se marcharon especialmente jóvenes y personas cualificadas, mientras muchas localidades envejecieron y fueron perdiendo empresas, comercios y servicios.

Sin embargo, creo que quedarse en estos indicadores es justamente parte del problema.

Las desigualdades no existen solamente en las estadísticas. Se viven. Se experimentan en el salario y el patrimonio, pero también en las oportunidades de los hijos, el territorio, los servicios disponibles, las expectativas de futuro y algo mucho más difícil de medir: la percepción del valor que la sociedad atribuye a la propia trayectoria de vida.

Por ejemplo, una persona de Dortmund y otra de una pequeña localidad de Turingia pueden tener ingresos parecidos y, sin embargo, experimentar su posición social de manera diferente. La primera puede pensar: «Yo estoy abajo», mientras que la otra puede agregar: «Yo estoy abajo frente a mis pares, pero, más aún, sigo estando abajo respecto de mis compatriotas del Oeste».

La desigualdad entre el Oeste y el Este de Alemania no es solamente vertical, entre quienes tienen más y quienes tienen menos. Tiene también una dimensión territorial, histórica y colectiva, marcada por los distintos procesos de transformación posteriores a 1989. Mientras que en el Oeste las cosas no cambiaron sustancialmente con la caída del Muro de Berlín, en el Este cerraron empresas, desaparecieron instituciones, cambiaron profesiones y formas de vida, determinados conocimientos perdieron valor y muchas trayectorias laborales fueron interrumpidas. Para una parte de la población, aquello significó también una experiencia de desclasamiento y pérdida de reconocimiento social, en especial al compararse con sus pares del Oeste.

Hay un dato de las elecciones de Sajonia-Anhalt que me parece particularmente revelador. Según el análisis postelectoral de la Konrad-Adenauer-Stiftung, basado en datos de Infratest dimap, el 83 % de los simpatizantes de la AfD considera que los alemanes orientales siguen siendo, en muchos ámbitos, Bürger zweiter Klasse (ciudadanos de segunda clase).

Pero piensan lo mismo el 75 % de los simpatizantes de Die Linke (La Izquierda), el 68 % de los de la CDU y el 65 % de los del SPD.

Esto cambia la pregunta. Si los votantes de la AfD y de Die Linke pueden compartir la percepción de ocupar una posición subordinada, entonces sentirse perjudicados no determina automáticamente qué hacen políticamente con ese sentimiento.

La pregunta ahora sería: ¿cómo puede una experiencia semejante de desigualdad y falta de reconocimiento convertirse, para unos, en una demanda de redistribución y, para otros, en nacionalismo, exclusión y extrema derecha?

Aquí es donde hay que mirar a la política y no solamente a la estructura social.

Una desigualdad no trae incorporada necesariamente una explicación de sus causas. Tener un salario bajo no nos dice quién es responsable. Vivir en una localidad que pierde población tampoco nos dice contra quién debemos dirigir el malestar. Alguien tiene que darle un significado político a esa experiencia.

Y una de las fortalezas de la AfD ha sido precisamente su capacidad para ofrecer responsables, articulando experiencias materiales reales —desigualdad territorial, inseguridad, declive demográfico, pérdida de reconocimiento y desconfianza institucional— en una explicación sencilla: las élites han abandonado al pueblo alemán.

Una lectura redistributiva podría hablar de salarios bajos, concentración de la riqueza, debilitamiento de los servicios y necesidad de inversión pública. La AfD propone otra: mientras ustedes fueron olvidados, el Estado encontró recursos para refugiados, Bruselas, Ucrania o una transición ecológica diseñada desde las grandes ciudades.

La desigualdad no desaparece de este discurso. Cambia de significado.

Un conflicto que podría organizarse entre ricos y pobres, entre capital y trabajo o entre territorios beneficiados y rezagados empieza a organizarse alrededor de otras fronteras: pueblo y élites, nacionales y extranjeros, periferias y Berlín.

Un estudio reciente de Noah Schulz y Conrad Ziller, de la Universidad de Duisburg-Essen, permite observar algo parecido en la interpretación de la Wiedervereinigung (reunificación). Los investigadores analizaron nueve oleadas de la encuesta social alemana ALLBUS (Allgemeine Bevölkerungsumfrage der Sozialwissenschaften, Encuesta General de Población de las Ciencias Sociales) entre 1991 y 2023.

En 1991 eran los alemanes orientales identificados con la izquierda quienes evaluaban la reunificación de manera más crítica que quienes se situaban a la derecha. Con los años, su evaluación se hizo más positiva. En 2023 ocurrió lo contrario: quienes se ubicaban a la derecha evaluaban la reunificación significativamente peor que quienes se identificaban con la izquierda.

Pero también cambió el contenido de la crítica. En los años noventa estaba asociada fundamentalmente a desigualdades sociales y económicas. Desde 2006, y especialmente desde 2018, la evaluación negativa entre quienes se sitúan a la derecha aparece crecientemente asociada a posiciones contrarias a la inmigración y, en 2023, también a la preferencia por la AfD. Los autores son cuidadosos: la AfD no creó esta fractura. Recogió una línea de conflicto preexistente, la intensificó y le dio un lugar partidario.

El agravio no desapareció. Cambió la manera de interpretarlo.

Una crítica que podía expresarse en términos de desigualdad económica y diferencias Este-Oeste comenzó a ser traducida a un lenguaje de identidad, inmigración y pertenencia. Es lo que podríamos llamar una rearticulación política de la desigualdad.

Esto ayuda también a entender por qué la AfD puede obtener excelentes resultados donde viven pocos extranjeros. En Mansfeld consiguió el 43,1 % de los segundos votos en las elecciones federales de 2025, mientras los extranjeros representaban apenas el 3,7 % de la población.

No es necesario convivir a diario con muchos inmigrantes para que la inmigración opere simbólicamente como explicación de la propia situación: ¿quién merece recibir los recursos del Estado? «Para ellos hay; para nosotros nunca hubo».

En la literatura alemana existe un concepto para parte de este fenómeno: Wohlfahrtschauvinismus (chovinismo del bienestar). Se trata de la defensa del Estado social acompañada de la idea de que sus beneficios deben reservarse prioritariamente para la comunidad nacional. Una cuestión distributiva se convierte así en una cuestión de pertenencia.

Pero los discursos políticos necesitan encontrar experiencias con las cuales puedan resonar. «Las élites deciden por ustedes» puede ser una consigna abstracta. Para alguien cuya trayectoria incluye el cierre de su empresa, la partida de sus hijos hacia el Oeste y la transformación de su localidad, puede significar algo diferente: otros vuelven a decidir sobre nosotros.

Por eso el reconocimiento importa tanto como la economía. Una persona no necesita ser pobre para sentir que su trayectoria perdió valor, que su región importa menos o que las instituciones no la escuchan. La desigualdad se convierte también entonces, en un problema de dignidad y reconocimiento. Aquí la extrema derecha ofrece una suerte de reparación simbólica: no eres tú quien fracasó; te abandonaron. No eres atrasado; perteneces a la Alemania real. No eres invisible; nosotros sí te escuchamos.

Se puede llamar a esta reacción resistencia identitaria: una forma particular de responder a experiencias reales de subordinación que intenta recuperar voz, reconocimiento, pertenencia y control mediante la redefinición de quiénes somos «nosotros» y quiénes son «ellos», sin modificar necesariamente las estructuras que produjeron las desigualdades originales.

Pero esto no puede explicarse mirando solamente a la AfD. También debemos preguntarnos qué ocurrió con quienes históricamente daban otro significado político a las desigualdades.

Durante décadas, los partidos socialdemócratas y de izquierda, los sindicatos y las organizaciones sociales —históricamente fuertes en Alemania— transformaron experiencias individuales en interpretaciones colectivas. Cuando esas organizaciones se debilitaron, las desigualdades perdieron a algunos de sus principales intérpretes. Allí se abrió un vacío político que hoy también ocupa la extrema derecha.

La derecha democrática enfrenta otro problema. Ha intentado mantener la Brandmauer institucional —negarse a gobernar con la extrema derecha— y, al mismo tiempo, ha debilitado en ocasiones la frontera discursiva que la separa de ella. Cuando la inmigración, los refugiados y las fronteras se convierten en el prisma principal para interpretar problemas de vivienda, escuelas, seguridad o Estado social, también desde la centroderecha, se corre el riesgo de confirmar parte del diagnóstico de la AfD y fortalecer su posición.

Los Verdes (Die Grünen) enfrentan una dificultad diferente. Para algunos sectores de las periferias orientales pueden representar una Alemania urbana y cosmopolita que prescribe transformaciones cuyos costos no se distribuyen de manera equitativa. Renunciar al automóvil significa una cosa en un barrio acomodado de Múnich, con metro, tranvía y autobuses, y otra en una pequeña localidad de Turingia sin suficiente transporte público. Y la AfD ha logrado transformar esa diferencia material en un conflicto cultural: las élites urbanas contra la gente normal.

Por eso, la respuesta a la extrema derecha tampoco puede reducirse a repetir que la AfD es extremista. Una Brandmauer institucional no sustituye la representación social. Decirle a alguien por qué no debería votar por la AfD no responde todavía a la pregunta que subyace a su malestar: ¿por qué mi vida, mi territorio o mi futuro se sienten de esta manera?

Quizás por eso deberíamos abandonar una relación demasiado mecánica entre desigualdad y extrema derecha.

Las desigualdades no votan. Las personas que las viven sí.

Y entre una cosa y la otra ocurre todo lo que sociológicamente importa: las personas comparan su situación, interpretan lo que viven, evalúan si es justo, buscan responsables y encuentran actores políticos capaces de convertir esa experiencia en una explicación colectiva.

Si el 83 % de los simpatizantes de la AfD y el 75 % de los de Die Linke coinciden en que los orientales siguen siendo Bürger zweiter Klasse (ciudadanos de segunda clase), quizás la diferencia decisiva no esté solamente en la desigualdad que experimentan, sino en el significado político que terminan atribuyéndole.

La AfD no necesita crear las desigualdades. Tampoco necesita resolverlas. Necesita conseguir que quienes las viven acepten su explicación acerca de qué significan, quiénes son los responsables y contra quién debe dirigirse el malestar. Y en esa tarea ha demostrado una notable eficacia política.

La disputa contra la extrema derecha en Alemania es, por eso, también una disputa por la interpretación política de las desigualdades: una discusión que un país tan pequeño y lejano de Europa como Chile debe mirar con atención.

Referencias

Statistisches Bundesamt (Destatis). 35 Jahre Deutsche Einheit. 2025.

Deutsche Bundesbank. Vermögen und Finanzen privater Haushalte in Deutschland: Ergebnisse der Vermögensbefragung 2023. Monatsbericht, abril de 2025.

Neu, Viola y Sabine Pokorny. Wahlanalyse der Landtagswahl Sachsen-Anhalt am 6. September 2026. Konrad-Adenauer-Stiftung, 7 de septiembre de 2026.

Schulz, Noah y Conrad Ziller. Estudio sobre el desplazamiento político de la crítica a la reunificación alemana, Universidad de Duisburg-Essen, 2026, de próxima publicación en Politische Vierteljahresschrift.

Die Bundeswahlleiterin. Bundestagswahl 2025, resultados y datos estructurales del distrito electoral de Mansfeld.

*Claudia Maldonado Graus es dra. en Sociología (Freie Universität Berlin).

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