Fui mamá hace poco más de un año y todavía me cuesta dimensionar lo poco que está pensada la política para nosotras. Mantener el ritmo, sumarse a las asambleas y sostener la cotidianeidad en la militancia se vuelve una cuesta arriba de la que casi no se habla. Ese silencio nos arrastra a asumir que cuidar es un asunto irrelevante o un problema privado, por lo que me parece urgente ponerlo sobre la mesa.
Para hacer política se necesita tiempo y, cuando se es madre, ese tiempo se desvanece. Nos vemos obligadas a negociar nuestros horarios porque la sociedad y nuestro propio espacio nos asignan el cuidado por defecto. Compatibilizar la vida militante es mucho más complejo que turnarse las reuniones o pasarle la guagua al compañero para conectarse a un Zoom. Exige abandonar la autocomplacencia y cuestionar por qué la participación activa sigue siendo hostil para las mujeres, a pesar de que coincidamos en que el género organiza el poder en la sociedad.
Esta contradicción no es nueva. Julieta Kirkwood la formuló al analizar la tensión de la doble militancia, planteando que la simultaneidad de ser feminista y militante situaba a las mujeres en una encrucijada que los partidos difícilmente lograban resolver. Se nos pedía sumarnos a una lucha común contra la desigualdad mientras, puertas adentro, operaban horarios, jerarquías y exigencias que nos dejaban en desventaja.
Declararse de izquierda no basta para desmontar prácticas desiguales, un problema que no se ha resuelto con los años, sino que simplemente se ha administrado. Administrar la desigualdad ya no es tolerable y se vuelve indispensable ir a lo concreto. La mayoría de nuestras dinámicas se pensaron para militantes jóvenes sin hijos o para hombres que pueden delegar el cuidado y extender la discusión en un bar después de la pega donde se cocina la política real.
Aunque nadie lo haya diseñado con el fin explícito de excluir, la estructura del partido reproduce el mismo resultado desigual una y otra vez. Frente a esta inercia, no necesitamos disculpas ni soluciones condescendientes ante nuestras insistencias, pues de nada sirve un «disculpa si te hice sentir mal, no fue mi intención». Las brechas de género, la discriminación y la exclusión ocurren muchas veces sin la intención explícita de provocar daño, pero pasan igual y sus consecuencias calan hondo.
Necesitamos que cada militante de este partido cambie su aproximación hacia quienes ejercen labores de cuidado exclusivas, que tengamos espacios de reflexión más allá del Frente Feminista, y que los varones también se comprometan a revisar y cambiar sus propias prácticas, tanto en la división sexual del trabajo dentro de sus casas y familias, como dentro del partido.
Compañeros, no basta con declarar el socialismo feminista, hay que pensar realmente en esa intersección entre ser mujer, trabajadora, madre y militante. La mayoría de las mamás y papás de nuestro partido son trabajadores y trabajadoras que maniobran los cuidados en un contexto donde el Estado aporta poco y se nos enseñó que es un problema privado. La maternidad abre una discusión ineludible para un partido socialista y feminista, precisamente porque nos obliga a ser coherentes con nuestros ideales, a reconocer la labor de las compañeras que deciden tener hijos e hijas, y a seguir insistiendo en que una sociedad más justa es posible, empezando por nuestros espacios colectivos.
No abordar esta discusión seriamente es seguir reproduciendo las lógicas capitalistas y patriarcales que queremos cambiar. Cuidar a un recién nacido mientras te recuperas de un parto o una cesárea es un trabajo arduo que no debe entenderse como un sacrificio individual ni como una debilidad que deba disimularse. Que una dirigenta o representante decida ser madre jamás puede leerse como una baja en su compromiso político, sino que debe traducirse en corresponsabilidad del partido para respaldar su continuidad.
En última instancia, el descanso pre y posnatal es un derecho conquistado por la lucha histórica de las mujeres trabajadoras para hacer de los cuidados un asunto público. Adaptar horarios y habilitar espacios de cuidado ayuda, pero se agota rápido si no hay una transformación cultural profunda. Nuestro partido es una comunidad organizada políticamente que sostiene la premisa de que lo personal es político. Mirar hacia adentro y transformar nuestras propias prácticas de cuidado es indispensable; de lo contrario, en la cotidianeidad de nuestra propia militancia terminamos reproduciendo las mismas lógicas de abandono estatal.
Esto exige un esfuerzo sostenido de toda la militancia o seguirá siendo leído, de manera cómoda, como un problema exclusivo de las feministas. La coherencia política no se declara en un documento, sino que se ejerce diariamente. Un partido socialista y feminista no puede sostener su identidad en el programa mientras sus criterios de mérito militante penalizan las decisiones de vida de las mujeres. Nos queda una pregunta incómoda pero ineludible, ¿somos capaces de exigirnos a la interna lo mismo que le pedimos a la sociedad en materia de cuidados, o seguiremos abordando este tema de manera episódica solo cuando alguna compañera exprese que se siente vulnerada?
*Beatriz Roque López es militante del Frente Feminista del Frente Amplio.
