No conocí personalmente a Luis Sierra. Me contaron de él los compañeros del Portal Socialista cuando me invitaron a escribir este texto. Al buscar información, encontré una carta. La había escrito en marzo de 2009 para renunciar al Partido Socialista, en plena crisis financiera global. En 2022, cuando Lucho murió, Felipe Ramírez leyó ese mismo texto en su funeral, bajo el título “Una renuncia como punto de partida, una muerte como un inicio”. Al leer la carta ahora, lo primero que asoma es la sorpresa, pero después te hace pensar: ese es, en realidad, nuestro comienzo. Así que vale la pena detenerse y repasar, porque aún está completamente vigente. Efectivamente, lo que Lucho escribió al irse de un partido fue, en realidad, el punto de partida de un proyecto que hoy sigue siendo el nuestro.
La carta comienza con un gesto poco comúnen la política chilena: el reconocimiento honesto. Lucho no escribe desde el resentimiento ni con ánimo de destruir lo que abandona para justificar su salida, sino desde el inconformismo. Lucho reconoce los logros de la Concertación: la vigencia de los derechos civiles y políticos después de la dictadura, la reducción sostenida de la pobreza extrema y de la pobreza, los avances concretos en materia de justicia respecto de los crímenes de derechos humanos, y una conducción económica que durante años permitió un crecimiento que expandió la libertad de las personas. Sin embargo, ese reconocimiento no es condescendiente; es el piso desde el cual construye un diagnóstico más exigente.
El diagnóstico que hace en marzo de 2009 es el de un país que ha acumulado tres tensiones profundas que todos los avances logrados en los años previos no han podido resolver. La primera tensión, en sus propias palabras, es que “la mayoría del país vive una situación de inseguridad sostenida”. Inseguridad laboral, inseguridad previsional, inseguridad en materia de enfermedades, inseguridad educacional y inseguridad ciudadana. A ello agrega: “De todo ello, el socialismo chileno, desgraciadamente, no ha sido capaz de dar cuenta real.”
Más allá de la inseguridad económica, describe una inseguridad que atraviesa todas las dimensiones de la vida cotidiana: la precariedad laboral de quienes trabajan sin contratos estables ni derechos colectivos reales, la fragilidad previsional de quienes ahorran toda su vida en un sistema que los expone a la volatilidad de los mercados financieros globales, y la segregación en salud y educación. Una sociedad donde el bienestar individual depende de la capacidad de pago más que de la condición de ciudadanía es una sociedad estructuralmente insegura, y esa inseguridad no desaparece con el crecimiento del PIB.
La segunda tensión que Lucho identifica es que “vivimos una forma, justamente desprestigiada, de realizar la política: las aspiraciones personales y de grupos se anteponen a los intereses comunes, y los proyectos individuales a los colectivos”. Es el desprestigio de las élites, tanto las económicas como las políticas. Una clase dirigente que administró la transición con indudable eficacia técnica fue perdiendo, al mismo tiempo, la capacidad de representar a quienes quería gobernar. La política se había reducido a la gestión del aparato estatal, desconectada de la organización social de base, que fue quedando sin canales institucionales para procesar sus demandas. Y la desigualdad de la riqueza y el poder económico, hizo que no se pudieran equilibrar los contrapesos que debería garantizar una democracia real.
La tercera tensión, la más política de las tres, es “el abuso… es materia de todos los días sin que se perciba una clara actitud para ponerles coto”. Lucho nombra el abuso no solo como denuncia moral, sino también como categoría de análisis. En una sociedad donde el poder económico se concentra sin contrapesos, donde el Estado no alcanza a cumplir su rol de garante de derechos básicos, y donde la política pierde su capacidad de representación, el abuso se transforma en una consecuencia estructural.
Ese diagnóstico, escrito en marzo de 2009 en medio de la crisis financiera global, es casi exactamente el relato que el estallido de octubre de 2019 escribió en las calles diez años después. Cuesta pensar en este como en un relámpago en un cielo despejado, cuando, una década atrás, ya había una tesis sobre una sociedad que vive en la inseguridad, el desprestigio y el abuso.
Lucho no se queda solo en el diagnóstico, sino que propone una reorientación profunda en dos dimensiones inseparables: económica y política. En lo económico, plantea transformar la forma de inserción internacional del país en función de las necesidades de mayor productividad laboral, con un desarrollo productivo y tecnológico que “debe ser desde y con América Latina”. No está pidiendo cerrar la economía al mundo ni recuperar el proteccionismo del siglo pasado. Está pidiendo algo más difícil y más necesario: relacionarse con el mundo desde capacidades propias, no desde la dependencia y la subordinación a lo que otros decidan invertir, producir o comprar. Un Estado que deje de ser subsidiario para convertirse en conductor del desarrollo nacional, capaz de orientar recursos, coordinar actores y sostener a las personas cuando los mercados fallan.
En lo político, la propuesta es igualmente ambiciosa. Una democracia distinta, real, participativa, descentralizada, que no se agote en el acto de votar cada ciertos años, sino que construya fuerza desde los territorios y las organizaciones sociales. Una democracia que consagre como derechos garantizados por el Estado no solo los derechos civiles y políticos que la transición recuperó, sino también los derechos económicos y sociales en salud, educación, previsión y vivienda. Esa es la propuesta que Lucho escribe en 2009, al mismo tiempo que renuncia al partido que gobernó durante veinte años. Al parecer, sabe que en otra ubicación se puede construir.
El mundo que Lucho alcanzó a ver se ha transformado de maneras que él intuyó, pero no pudo anticipar del todo. La crisis climática, que en 2009 era todavía un problema de largo plazo para las cumbres internacionales, hoy organiza la disputa geoeconómica central. El litio, el cobre y otros minerales críticos que Chile posee en abundancia se han vuelto estratégicos para la transición energética global: sin ellos no hay baterías, no hay vehículos eléctricos, no hay infraestructura de energías renovables. Chile tiene los recursos imprescindibles, pero no genera el mayor valor a lo largo de la cadena de valor. La propuesta que Lucho hacía sobre desarrollo productivo y tecnológico, es hoy más urgente que nunca.
A eso se suma un orden internacional fragmentado por razones económicas. El sistema multilateral que parecía irreversible cuando Lucho escribía se rompe hoy en bloques y en una guerra comercial entre Estados Unidos y China que cambia de reglas semana a semana. La incertidumbre que genera la administración Trump no es solo volatilidad económica; es una impugnación deliberada de las reglas que durante décadas organizaron el comercio global y en las que países como Chile confiaron para generar crecimiento económico. Para una economía pequeña y abierta, construida sobre la premisa de que las reglas del comercio internacional son estables, ese escenario es exactamente la vulnerabilidad que Lucho describía, solo que ahora visible para todos.
Y el margen para responder se ha reducido. En 2008, Chile llegó a la crisis siendo acreedor neto del resto del mundo, con ahorros fiscales acumulados durante los años de bonanza del cobre que le permitieron financiar su respuesta con recursos propios. Ese colchón se ha ido agotando de forma sostenida en los años siguientes, y hoy la posición fiscal es muy distinta, con menos margen para responder a los cambios internacionales. La institucionalidad fiscal que en 2008 demostró su valor fue construida con mucho esfuerzo político. Reconstruir el margen perdido requerirá el mismo o más esfuerzo.
La tesis que plantea Luis Sierra en 2009 está en la base del diagnóstico que el Frente Amplio construyó una década después. En la convicción de que Chile necesitaba no solo mejores políticas, sino también un pacto social radicalmente distinto. No llegamos ahí solos ni desde cero. Lucho y otros como él habían trazado el mapa antes de que nosotros supiéramos que lo necesitábamos. Lo que resulta más difícil de procesar al leer la carta hoy es que Lucho escribió todo esto en 2009, cuando hablar de vulnerabilidad estructural sonaba a pesimismo ideológico y la discusión sobre desarrollo productivo propio parecía anacrónica. Escribir ese diagnóstico entonces requería una claridad que no se adquiere solo con inteligencia. Requería también cierta disposición para asumir el costo de mantenerla. Y requería, por supuesto, cierta convicción de que se podía alcanzar más.
Entiendo que a las personas que se anticipan al futuro con tanta exactitud suelen llamarlas visionarias. Pero al leer esta carta no pienso solo en la anticipación. Pienso en lo que significa permanecer intentándolo. Lucho escribió este texto a los 53 años, después de décadas en la política, después del Mapu, del socialismo, de la renovación de los noventa, de años enseñando economía en la Usach a generaciones de estudiantes que después, muchos de ellos, fueron parte del mismo proyecto político que él ayudó a imaginar. No era un joven que no sabía cuánto costaba mantener una convicción a lo largo del tiempo. Era alguien que, consciente de los costos, decidió seguir de todas formas, de otra manera, desde otro lugar, con otra fuerza. Eso no es solo visión. Es una forma de entender que los proyectos políticos no pertenecen a quienes los inician. Pertenecen a quienes los continúan.
Un artesano moldea el barro con sus manos, pero su obra la termina moldeando el tiempo. Un proyecto que trasciende es aquel que convierte la tierra en memoria. Lucho nos recuerda, una vez más, que esta obra nos trasciende. No la empezamos ni la terminamos nosotros. Quizás no la terminen los que vienen después. Pero cada vez que alguien busca, encuentra la carta y reconoce en ella las preguntas que también son las suyas. Esa es la única forma de inmortalidad que le importa a la política cuando es honesta consigo misma: no el nombre en un edificio sino la pregunta que sobrevive a quien la formuló.
*Publicado originalmente en Cuadernillos del Avión Rojo. Pensar el socialismo a partir de Luis Sierra (vvaa, agosto 2026).
**Claudia Sanhueza, militante del Frente Amplio y economista, se desempeñó como subsecretaria de Hacienda y de Relaciones Económicas Internacionales en el Gobierno del presidente Gabriel Boric.
