En Chile, septiembre tiene un nombre: Allende.
No es una afirmación sentimental ni una consigna partidaria. Es una constatación política. Cada septiembre, el país vuelve a encontrarse con Salvador Allende, con el proyecto que encarnó, con sus errores y contradicciones, pero también con aquello que hizo posible su derrota: la intervención brutal de Estados Unidos, la acción de sectores de una derecha que dejaron de concebir la democracia como un límite, la violencia política y, finalmente, el golpe de Estado y la brutal represión de las Fuerzas Armadas.
Recordar todo esto no debería consistir en construir una loa retrospectiva. Tampoco en convertir a Allende en un héroe sin contradicciones, liberado de sus errores y de las responsabilidades políticas de su tiempo. Una democracia madura no necesita santos. Necesita memoria y capacidad crítica.
Precisamente por eso, septiembre se llama Allende.
Porque su experiencia obliga a volver sobre una pregunta esencial: ¿qué ocurre con un proyecto político cuando la voluntad de transformación se encuentra con una sociedad profundamente dividida, instituciones tensionadas y una incapacidad creciente para construir acuerdos democráticos?
Esta pregunta importa hoy, aunque Chile sea otro.
No vivimos una repetición de 1973. Sería irresponsable sugerirlo. Pero tampoco podemos tratar aquel episodio como una pieza de museo. La intervención estadounidense en Chile no es una anécdota de la Guerra Fría cuando Estados Unidos continúa utilizando su poder económico y político para presionar a gobiernos latinoamericanos que considera adversarios, como ocurre hoy con Venezuela y Cuba. No se trata de equiparar situaciones radicalmente distintas, sino de recordar que la relación entre las grandes potencias y las democracias latinoamericanas sigue siendo profundamente asimétrica.
Y septiembre obliga también a recordar algo que incomoda todavía más: los errores de un gobierno democrático no legitiman su derrocamiento por la fuerza.
Eso vale para ayer y para hoy.
La democracia puede producir malos gobiernos, gobiernos incompetentes o gobiernos que cometen graves errores. Para eso existen las elecciones. El remedio democrático a un mal gobierno es otro gobierno. No un golpe de Estado, no la intervención extranjera, no la violencia.
Chile lo aprendió de la peor manera.
Pero las democracias también pueden deteriorarse sin tanques en las calles. Cuando los derechos comienzan a considerarse negociables, cuando la seguridad se presenta como incompatible con las libertades, cuando el adversario político deja de ser un rival legítimo y pasa a ser un enemigo.
La extrema derecha chilena no es la derecha de 1973, ni Chile es aquel Chile. Pero sería ingenuo ignorar la reaparición de discursos que desprecian los límites institucionales, relativizan violaciones a los derechos humanos o presentan la democracia como válida solo cuando produce los resultados que se consideran aceptables.
La historia no se repite. Pero las culturas políticas pueden regresar.
Y aquí aparece una de las paradojas del Chile actual: hay mucha política, pero poco liderazgo; abundan las posiciones, pero escasean los proyectos; sobran declaraciones, pero falta conducción.
La politología puede hablar de fragmentación partidaria, volatilidad electoral, crisis de representación y desafección. Una persona común probablemente lo dirá de una manera más sencilla: «nadie se hace cargo».
Esa frase debería preocupar más a las élites políticas que cualquier encuesta.
Porque cuando nadie conduce, alguien termina ofreciendo hacerlo. Y entonces aparecen liderazgos que prometen certezas fáciles, enemigos reconocibles y soluciones rápidas para problemas complejos.
Pero septiembre no obliga a mirar solo hacia la derecha. También interpela a la izquierda.
La experiencia de la Unidad Popular no puede reducirse al relato de un proyecto virtuoso derrotado exclusivamente por fuerzas externas. Hubo intervención estadounidense, sabotaje, oposición política y económica y una estrategia de desestabilización. Pero también hubo errores políticos, dificultades para construir mayorías estables, tensiones dentro de la propia coalición y una creciente incapacidad para contener la confrontación.
Reconocerlo no disminuye a Allende. Lo hace políticamente más relevante.
Aprender de un dirigente significa discutir también sus decisiones y sus límites. La memoria que solo elogia se convierte en mitología.
Y Chile necesita menos mitología política. Necesita aprender.
Aprender que ningún proyecto de transformación puede prescindir de la mayoría. Que las instituciones democráticas no son obstáculos para alcanzar determinados fines: son parte del fin. Que gobernar exige construir poder democrático, pero también capacidad de persuadir, negociar y conducir.
Y las oposiciones tienen hoy una responsabilidad particular.
No basta con esperar el fracaso del gobierno. Una oposición no se convierte en alternativa por estar en contra. Debe ofrecer un país distinto.
Debe tener respuestas para la seguridad, la economía, los derechos sociales, la migración y la convivencia democrática. Pero, sobre todo, debe recuperar la capacidad de conducir a una sociedad que no quiere elegir entre autoridad y derechos, entre crecimiento y justicia social, entre seguridad y libertad.
Porque la política no consiste solamente en interpretar el malestar.
Consiste también en conducirlo.
Hoy Chile no necesita elegir entre memoria y futuro. Necesita memoria para construir futuro.
Y necesita recordar algo que debería ser una convicción transversal: las Fuerzas Armadas están subordinadas al poder civil; el adversario político no es un enemigo; los derechos no son concesiones; y las derrotas políticas se resuelven en las urnas.
No basta con recordar el golpe. Hay que construir las condiciones para que nunca vuelva a ser imaginable como salida política.
Por eso septiembre se llama Allende.
No porque debamos repetir a Allende.
No porque debamos absolverlo de sus errores.
No porque su nombre pueda resolver las preguntas del Chile de hoy.
Se llama Allende porque su experiencia sigue planteando una de las preguntas políticas más difíciles para cualquier democracia: cómo transformar una sociedad sin romperla, cómo disputar el poder sin destruir las reglas comunes y cómo conducir un proyecto de cambio cuando la sociedad no está unida detrás de él.
Chile todavía está aprendiendo la respuesta.
Y quizás por eso, cincuenta y tres años después, septiembre sigue llamándose Allende.
