El joven Salvador Allende, como de costumbre, llegaba temprano al Liceo Eduardo de la Barra. El bullicio de la mañana se mezclaba con el olor a tiza y el aroma oceánico; los pasillos resonaban con risas, pasos apurados y el murmullo del oleaje. Entre ese ambiente escolar, Salvador aparecía circunspecto, distinto al jolgorio de sus compañeros. Alguien le preguntó si le pasaba algo. Nostálgico, respondió Chicho:
—Ayer estuve leyendo un discurso de mi abuelo Ramón Allende Padín, médico cirujano y parlamentario del siglo XIX. Siento una gran admiración por él. Lo llamaban El Rojo Allende porque desde su tribuna denunciaba las condiciones miserables que asolaban a las familias obreras y mineras de la zona de Atacama.
Explicaba que el rojo no era maldad, como decían algunos, sino promesa, herida y llama: el color de la dignidad obrera, del campesino que labra la tierra, del minero que trabaja con sus manos, de la madre que alimenta a sus hijos. En esas conversaciones, sus compañeros reconocían la penuria cotidiana: casas estrechas, letrinas, falta de agua potable, niños que debían dejar la escuela para ayudar en el trabajo.
—¡A eso no se le puede llamar vida! —decía Salvador, recordando las notas de su abuelo—. La pobreza engendra desesperanza.
Uno de sus compañeros comentó:
—No solo por eso lo llamaban “Rojo”. Algo más tendría que haber hecho para merecerlo.
Tras un denso silencio, Salvador respondió con firmeza:
—Si preocuparse por los pobres era ir contra la corriente, entonces merecía ser insultado. Esos señores que lo despreciaban miraban de lejos, desde sus mansiones, los pesares del trabajador. Mi abuelo defendió a quienes eran obligados a casarse por la Iglesia, a enterrar a sus muertos en cementerios clandestinos, a vivir sin derechos. Eso no es justo. Por eso mi respeto por él es profundo.
En la memoria popular quedaban escenas de desamparo: entierros laicos realizados de madrugada, con familias llevando antorchas para iluminar el camino hacia cementerios clandestinos; niños leyendo en bibliotecas comunitarias fundadas por Ramón, en las que la educación se volvía un acto de nobleza. Así lo recordaban el carpintero Demarchi y el zapatero Negro Ortúzar, al escuchar opiniones de trabajadores en la zona de Atacama.
Ramón Allende había impulsado el registro civil, promovido el matrimonio civil y dado marco legal a cementerios laicos. Fundó escuelas primarias, bibliotecas comunitarias y maternidades públicas; redactó un compendio de moral laicista y creó la Guía del Pueblo y del Deber. Combatió por la dignidad popular y la educación laica.
—¿Conversaste mucho con él? —le preguntaron.
—No alcancé a conocerlo —respondió—, pues murió joven, de diabetes. Se perdió prematuramente un médico del pueblo. Su presencia hoy habría bastado para remover los pilares de la injusticia.
En su juventud, Salvador Allende se reconoció heredero de esa tradición: la llama roja que su abuelo encendió en el siglo XIX seguía ardiendo en él, proyectándose hacia su futuro como médico, parlamentario y militante. Ramón fue precursor del laicismo y la salud pública; Salvador recogió ese legado y lo convirtió en sensibilidad social, enlazando la memoria obrera y popular con la acción política nacional. En Valparaíso —ciudad que, según Eduardo Labarca, parecía desafiar la ley de gravedad con sus casas colgadas en los cerros— Salvador Allende se reconocía íntimamente en sus vericuetos urbanos y en la heterogeneidad de su gente. Madrugador, caminaba por las calles empinadas como si la memoria de su abuelo lo acompañara en cada paso hacia su destino político. Desde 1930 dejó de ser solo heredero de una tradición para convertirse en protagonista de la vida nacional: su paso por el parlamento, primero como diputado y luego como senador, llegando a presidirlo; su rol en el gobierno de Aguirre Cerda; y más tarde como presidente de la República. Su preocupación por la organización obrera, las familias trabajadoras, las mujeres y los niños marcó un sello distintivo de su compromiso político y social, que se entrelazó con la historia de Chile hasta el golpe de 1973.
*Fernando Díaz Herrera es profesor universitario, teatrista, educador popular y militante del Frente Amplio de Puerto Montt.