Septiembre es un mes extraño en el calendario chileno. Conviven la conmemoración del golpe de Estado con la inauguración de las fondas, el recuerdo de los detenidos desaparecidos con el olor a asado, el duelo con la celebración. Esa contradicción se repite cada año, pero últimamente convive con algo más. Un discurso instalado en el debate público que relativiza lo ocurrido en dictadura, que la presenta como un costo necesario, o que simplemente elude condenarla. No es exclusivo de Chile. En buena parte de la región crecen liderazgos que administran esa ambigüedad con soltura y que, además, desconfían abiertamente de la prensa, la protesta y la disidencia, libertades que hasta hace poco parecían fuera de discusión.
En ese contexto, las fotografías que Michael Mauney guardó durante cincuenta años, reunidas en el libro “Chile 1971, los primeros días de Allende”, tienen una vigencia particular.
Mauney llegó a Chile en marzo de 1971 enviado por la revista Life con la misión de retratar a Salvador Allende. Mientras esperaba que el Negro Jorquera —jefe de prensa del presidente— le abriera las puertas de La Moneda, recorrió Santiago, Valparaíso, Viña del Mar y Temuco. Capturó la vida cotidiana en las calles del centro, en las micros llenas, en las caras de niños jugando en las poblaciones, en las miradas de un pueblo que por primera vez se sentía protagonista de su historia. Todo quedó registrado en 461 diapositivas Kodachrome a color que Mauney conservó durante medio siglo y donó a la Biblioteca Nacional. Hoy están digitalizadas en alta calidad y disponibles para todo el público.
La memoria visual que tenemos de la UP, del golpe y de los años que siguieron es, casi por completo, en blanco y negro. Eso fue lo que tuvieron los fotógrafos chilenos para trabajar. En contraste, ver ese Chile a través del lente de Mauney, a todo color, vivo, cotidiano, esperanzado, es un ejercicio de memoria necesario en los tiempos que corren.
Hay un relato interesado que necesita que ese Chile haya sido un caos, que el golpe haya sido inevitable, que la UP, una borrachera colectiva que se destruía a sí misma. Esa versión traslada la responsabilidad desde quienes rompieron la institucionalidad hacia quienes la defendieron. Ese relato es sostenido por quienes gobiernan hoy el país, que en su juventud celebraron la dictadura y fueron rostro de las campañas que buscaban su continuidad. Ambas cosas suelen ir juntas. Quien defiende el golpe, necesita un país gris y caótico que lo justifique.
El país que retrató Mauney es la evidencia visual de que nada de eso era inevitable. Fue un Chile que discutía sus diferencias en la calle y las resolvía en las urnas, que confiaba en cambiar las reglas del juego sin romperlas. Ese Chile esperanzado, a color, protagonista de su propio destino, es justamente lo que ese relato necesita que dejemos de ver. Volver a mirarlo es memoria, reencontrarnos con quienes hemos sido y quienes somos. Y, quizás, la prueba de que ese país sigue siendo posible.
