Durante el Foro de Madrid, recientemente realizado en un barrio acomodado de la capital, pudimos observar la impronta propia de quienes, en estos tiempos, dicen hablar en nombre de la libertad y el progreso, pero recurren a una retórica que recuerda las peores experiencias autoritarias de la historia de la humanidad.
Conviene decirlo: esta retórica no es patrimonio exclusivo de la ultraderecha contemporánea. Es mucho más antigua. Forma parte de una práctica política conocida y reiterada a lo largo de la historia: deshumanizar al adversario para convertirlo en una amenaza y, posteriormente, hacer aceptable su exclusión, persecución o exterminio.
Corrían los siglos II y III de nuestra era y el naciente movimiento cristiano era perseguido por el Imperio romano. Entre las acusaciones dirigidas contra los cristianos se encontraba una particularmente macabra: que en sus reuniones secretas sacrificaban niños y se alimentaban de ellos. La práctica eucarística, en la que los cristianos afirmaban comer el cuerpo y beber la sangre de Cristo, alimentó interpretaciones y rumores que terminaron convirtiéndose en una eficaz herramienta de estigmatización.
Muchos siglos después, una versión secularizada de aquella acusación reaparecería en la propaganda política para representar a los comunistas como seres moralmente monstruosos. En Chile, como en otros lugares, quedaron condensados en una expresión que todavía forma parte de nuestro lenguaje político: los “comeguaguas”.
La ironía histórica es que aquella cristiandad perseguida terminaría convirtiéndose, con la oficialización del cristianismo en el Imperio, en parte del propio poder imperial. Y el mecanismo que alguna vez había sufrido comenzaría a utilizarlo contra otros: paganos, herejes, brujas (mujeres) y todo aquel que pudiera ser presentado como una amenaza al orden establecido. La deshumanización cambiaba de destinatario, pero conservaba su lógica.
La paradoja resulta difícil de ignorar: el mismo Imperio que alguna vez persiguió y ejecutó al fundador de la fe cristiana terminó utilizando el nombre de Dios para legitimar la persecución de los demás.
Pero las peripecias de los abusadores de antaño no han sido tan distintas de las de la modernidad occidental. Los relatos destinados a construir enemistades suelen condensarse en conceptos simples, capaces de producir una frontera moral entre “nosotros” y “ellos”. El otro deja entonces de ser un adversario con derechos, una persona con dignidad, para convertirse en una amenaza, en un peligro, en alguien cuya existencia parece importar menos.
Después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, la llamada “guerra contra el terrorismo” abrió un nuevo ciclo en la política internacional. El terrorismo pasó a ocupar un lugar central en la construcción del enemigo global. Y junto con ello se extendieron expresiones de islamofobia y sentimientos antiárabes que afectaron a millones de personas que terminaron siendo asociadas, por su origen, religión o apariencia, con una amenaza que no les pertenecía.
No se trató solamente de una disputa militar o geopolítica. También fue una batalla por el lenguaje. Y el lenguaje nunca es inocente cuando se utiliza para construir categorías humanas. Porque toda idea de odio, cuando logra cristalizar políticamente, puede convertirse en ideología; y una ideología de odio puede transformarse en una herramienta para construir poder y hegemonía.
Lo fue en distintos momentos el Imperio romano. Lo fueron los regímenes totalitarios europeos. Lo fue el nazismo. Lo fueron el fascismo y otras experiencias políticas que necesitaron construir un enemigo inferior, peligroso o moralmente contaminado para justificar su propia violencia. Lo fue en la izquierda moderna el “gusano” y el “escuálido”, lamentablemente.
Y hoy vuelve a aparecer, con nuevos nombres y nuevos rostros.
Pero, ¿de qué sirve el terrorismo en la América Latina actual?
Hacía falta adaptar el relato a nuestra realidad. Ya no se trata necesariamente del árabe o del musulmán. El enemigo debe adquirir un rostro latinoamericano. Y entonces aparecen los “zurdos”, los “narcoterroristas”, los enemigos del orden, los supuestos agentes del caos.
Aquí radica, quizás, una de las operaciones más peligrosas que pudimos escuchar en el Foro de Madrid: la capacidad de importar una narrativa de guerra y convertirla en un lenguaje político aplicable a nuestras propias sociedades.
La estructura permanece intacta. Cambian los personajes.
Ahora el enemigo puede tener rostro indígena, campesino, pobre, izquierdista, feminista o ambientalista. Puede ser presentado como una amenaza contra la nación, contra la familia, contra la propiedad, contra la seguridad o contra Dios. La etiqueta importa menos que la función que cumple: convertir al adversario político en una encarnación del mal.
No es casual que este lenguaje encuentre también resonancia en ciertos discursos seudoreligiosos de la ultraderecha contemporánea. Cuando Javier Milei habla de una batalla entre el bien y el mal, no estamos simplemente ante una metáfora. Cuando la política se presenta como una lucha absoluta entre fuerzas moralmente puras y fuerzas esencialmente malignas, desaparece el espacio para el adversario, el diálogo y el reconocimiento mutuo.
Y cuando desaparece el adversario, aparece el enemigo. Ahí está el verdadero peligro. Esta operación retórica no es un exceso verbal ni una anécdota folclórica de la política contemporánea. Es una advertencia histórica.
Cuando la propaganda logra despojar al adversario de su condición humana, el paso siguiente consiste en hacer aceptable la supresión de sus derechos y, eventualmente, la violencia ejercida en su contra. Primero se le convierte en una amenaza; luego en un enemigo; finalmente, en alguien cuya vida, dignidad o derechos simplemente no importan.
La historia nos enseña que el fuego del extremismo rara vez se detiene en las fronteras de su primer enemigo. Una vez que aceptamos que existen seres humanos cuya dignidad puede relativizarse por sus ideas, su origen, su condición o su pertenencia política, comenzamos a erosionar el principio que protege a todos los demás.
Por eso, el problema no es solamente lo que se dice del adversario. El problema es aquello que ese lenguaje comienza a permitir. Porque cuando dejamos de reconocer humanidad en el otro, no solo ponemos en riesgo sus derechos. También comenzamos a perder los nuestros.
Y quizás esta sea la advertencia más urgente para nuestro tiempo: una democracia no se pone a prueba cuando defendemos los derechos de quienes piensan como nosotros, sino cuando somos capaces de defender la dignidad de quienes consideramos nuestros adversarios.
La barbarie rara vez comienza con la violencia.
Muchas veces comienza mucho antes: comienza cuando encontramos las palabras para justificarla.
*Amador Sepúlveda García, administrador público y administrativo contable, es asesor en Asuntos Religiosos y Asuntos Indígenas.
