¿Puede el socialismo, el capitalismo o el neoliberalismo garantizar la construcción de sistemas de apoyos y cuidados eficientes? La respuesta exige mirar más allá de los discursos y observar la evidencia.
Mientras el capitalismo organiza la vida económica en torno al mercado y la búsqueda de ganancias, y el neoliberalismo promueve la reducción del papel del Estado y la responsabilidad individual como eje de la vida social, el socialismo sostiene que el bienestar colectivo debe ocupar un lugar central en la organización de la sociedad.
Los sistemas nacionales de cuidados requieren una fuerte articulación entre Estado, comunidad y familias. No pueden depender exclusivamente de la capacidad de pago de las personas ni quedar sujetos a las reglas del mercado. Cuidar a niños, personas mayores, personas con discapacidad o personas con dependencia, y sostener, día a día, la vida de todos los seres humanos, no es una mercancía: es una necesidad social y un derecho humano.
Durante décadas, las tareas de cuidado han permanecido invisibles para la economía tradicional. Cuidar a un hijo, acompañar a una persona mayor, asistir a una persona con discapacidad, alimentar una familia, entre muchas otras, son actividades indispensables para el funcionamiento de cualquier sociedad, pero rara vez son reconocidas como trabajo. Estas actividades han recaído históricamente sobre las mujeres, profundizando desigualdades económicas, laborales y sociales que persisten hasta nuestros días.
Cuando el Estado renuncia a su responsabilidad en materia de cuidados, son las familias quienes absorben los costos económicos y emocionales de esa decisión. En la práctica, esto significa que miles de personas deben abandonar empleos, reducir sus ingresos o postergar sus proyectos de vida para atender necesidades que deberían ser compartidas por toda la sociedad. El cuidado deja de ser un derecho para transformarse en una carga privada.
La experiencia internacional demuestra que las sociedades con mayores niveles de bienestar han comprendido que el cuidado es una inversión social y no un gasto. Servicios públicos de apoyo, licencias parentales, centros de atención para personas dependientes y políticas de corresponsabilidad fortalecen la cohesión social, reducen desigualdades y amplían las oportunidades para millones de personas.
Por ello, los sistemas de cuidados dialogan de mejor manera con los principios socialistas que con los modelos capitalistas y, especialmente, con las concepciones neoliberales. Mientras el neoliberalismo tiende a trasladar la responsabilidad del cuidado a los individuos y sus familias, el socialismo reconoce que la reproducción de la vida es una responsabilidad colectiva que debe ser protegida mediante políticas públicas universales y una activa participación de la comunidad.
La discusión sobre los cuidados trasciende las políticas públicas. En el fondo, expresa una diferencia fundamental entre dos proyectos de sociedad. Mientras el neoliberalismo concibe a las personas como individuos responsables de resolver por sí solos sus necesidades, el socialismo entiende que existen desafíos —como el cuidado, la salud o la educación— que solo pueden abordarse de manera colectiva. Allí radica la principal fortaleza de los sistemas de cuidados: reconocer que la vulnerabilidad es parte de la condición humana y que sostener la vida es una responsabilidad compartida.
La evidencia internacional es clara. Países como Suecia, Dinamarca o Noruega han desarrollado amplias redes públicas de cuidados que les permiten exhibir algunos de los mejores indicadores de bienestar y cohesión social del mundo.
En América Latina, Uruguay avanzó en la misma dirección con la creación del Sistema Nacional Integrado de Cuidados durante el gobierno de Tabaré Vázquez y el Frente Amplio, una coalición de izquierda y centroizquierda que impulsó una visión del cuidado basada en los derechos sociales y la corresponsabilidad. Esta política partió de una premisa fundamental: sostener la vida no puede ser una responsabilidad exclusiva de las familias.
Estas experiencias muestran que cuando el cuidado se entiende como un derecho y una responsabilidad colectiva, los resultados sociales son superiores a aquellos modelos donde el acceso depende principalmente de la capacidad de pago.
El debate sobre los cuidados es también una discusión sobre el modelo de sociedad que queremos construir. Si aceptamos que el mercado debe organizar todos los aspectos de la vida, entonces el acceso al cuidado dependerá inevitablemente de los ingresos de cada familia. Pero si entendemos que la dignidad humana debe estar por encima de la capacidad de pago, resulta indispensable avanzar hacia sistemas universales que garanticen apoyo tanto a quienes cuidan como a quienes necesitan ser cuidados.
Pensar que las ideas socialistas están obsoletas es ignorar una realidad evidente: cuando el cuidado se entiende como una responsabilidad colectiva y no como un problema individual, las sociedades logran mayores niveles de cohesión, justicia social y bienestar.
Cuidar la vida es un acto de resistencia política frente a un sistema que ha hecho del individualismo una virtud. Cada gesto de cuidado nos recuerda que la vida no se sostiene en soledad, sino a través de la solidaridad, la cooperación y la responsabilidad colectiva.
*Claudio Muñoz Vergara es magíster en Dirección y Gestión Pública, y padre y cuidador de Emilia.