Mientras el debate público sigue concentrado en productividad y automatización, el capitalismo algorítmico ya está transformando algo más profundo: la manera en que las personas construyen identidad, buscan reconocimiento y aprenden a valorarse a sí mismas dentro de sistemas de evaluación permanente.
Entre Wall Street y American Psycho hay algo más que dos películas sobre ambición financiera. Vistas desde hoy, parecen fragmentos sucesivos de una misma historia cultural. La primera retrató el momento en que las finanzas comenzaron a ocupar el centro moral de Occidente. La segunda mostró qué ocurre cuando esa lógica deja de limitarse a la economía y termina entrando en la intimidad humana. La inteligencia artificial (IA) podría estar empujándonos hacia una tercera etapa todavía más inquietante: la automatización del vacío.
En Wall Street todavía existía deseo. Gordon Gekko era despiadado, arrogante y voraz, pero creía profundamente en el poder, en la conquista y en la expansión ilimitada. Su mundo estaba atravesado por la codicia, aunque conservaba algo parecido a una épica. El capitalismo financiero de los años ochenta prometía ascenso, reconocimiento y movilidad social. La ambición todavía parecía capaz de llenar la vida de sentido.
Con Patrick Bateman todo cambia. El dinero sigue ahí, igual que los restaurantes caros, los cuerpos perfectos y las oficinas impecables. Sin embargo, ya no queda entusiasmo. Solo repetición. Las conversaciones son automáticas. Las personas parecen intercambiables. Nadie escucha realmente a nadie porque todos están demasiado ocupados administrando su propia imagen.
Ese tránsito importa porque revela una mutación profunda. Wall Street mostraba el triunfo de la financiarización de la economía. American Psycho anticipaba algo más radical: la financiarización de la personalidad. Ya no se trata únicamente de producir riqueza. Se trata de convertir la propia identidad en un activo competitivo.
Y quizá ahí la IA comienza a adquirir una dimensión mucho más perturbadora de lo que solemos admitir.
Porque la IA no está transformando solamente el mercado laboral. Está reorganizando silenciosamente la manera en que las personas se relacionan consigo mismas. Los algoritmos ya deciden buena parte de lo que vemos, consumimos y deseamos. Determinan qué cuerpos adquieren visibilidad, qué opiniones circulan y qué formas de éxito obtienen reconocimiento social. Poco a poco también empiezan a moldear emociones, expectativas y formas de autoestima.
Entonces ocurre algo extraño. La gente comienza a adaptarse emocionalmente a sistemas algorítmicos invisibles. Ya no basta con trabajar. Tampoco basta con vivir. Ahora hay que optimizarse constantemente. Volverse visible. Mantener presencia. Administrar reputación. Construir una versión competitiva de uno mismo que nunca deje de circular.
Las redes sociales aceleraron brutalmente ese proceso. Instagram, LinkedIn o TikTok funcionan muchas veces como mercados permanentes de validación simbólica donde reputación, atractivo y reconocimiento fluctúan minuto a minuto. Las personas observan la vida de otros, comparan trayectorias, miden cuerpos, carreras, viajes, opiniones y éxitos cotidianos. Todo se vuelve cuantificable. Incluso el estado de ánimo.
Patrick Bateman anticipaba precisamente eso. Su obsesión no era el dinero en sí mismo. Era la comparación infinita. La célebre escena de las tarjetas de presentación sigue resultando incómoda porque captura algo profundamente contemporáneo: adultos emocionalmente devastados por diferencias mínimas de textura, tipografía o diseño. Hoy esa escena ocurre millones de veces al día en plataformas digitales. Solo cambió el soporte.
La IA lleva ese fenómeno un paso más allá. Convierte la evaluación permanente en infraestructura invisible de la vida social. Cada interacción deja datos. Cada conducta puede medirse. Cada preferencia alimenta sistemas que clasifican y jerarquizan individuos de manera continua. El resultado no es únicamente vigilancia tecnológica. Es una forma de agotamiento subjetivo mucho más profunda.
Porque mientras más se organiza la vida alrededor de métricas, más difícil se vuelve experimentar algo fuera de la lógica del rendimiento. El ocio comienza a parecer improductivo. El silencio incomoda. La intimidad pierde espacio. Incluso las emociones empiezan a administrarse como recursos dentro de una economía de atención ininterrumpida.
La paradoja resulta difícil de ignorar. Nunca existieron tantas herramientas para comunicarnos y, sin embargo, crecen la sensación de aislamiento, la ansiedad y la fragilidad emocional. Nunca hubo tantas posibilidades de proyectar identidad y, al mismo tiempo, tanta incertidumbre respecto de quiénes somos cuando desaparece la mirada de los demás.
Ahí aparece la dimensión verdaderamente inquietante del capitalismo algorítmico. El vacío deja de ser un accidente del sistema. Se transforma en una condición funcional. Un individuo inseguro consume más, se expone más, produce más datos y permanece más tiempo conectado buscando validación. La insatisfacción constante se convierte en combustible económico.
Por eso Wall Street y American Psycho parecen hoy menos separadas de lo que creíamos. La primera mostraba el nacimiento de una sociedad organizada alrededor de la valorización financiera. La segunda retrataba el desgaste psicológico de vivir dentro de ella. La IA amenaza con consolidar esa lógica como estructura permanente de la experiencia cotidiana.
Tal vez la gran pregunta de nuestra época ya no sea solamente tecnológica. Tampoco económica. Es, sobre todo, humana.
¿Qué ocurre con una sociedad cuando las personas comienzan a relacionarse consigo mismas como activos que deben optimizar continuamente para seguir siendo visibles dentro de sistemas que nunca dejan de evaluarlas?
Quizás la respuesta ya estaba escondida hace años en American Psycho. No en la violencia. Ni siquiera en la locura. Estaba en ese vacío elegante y perfectamente funcional que hoy empieza a expandirse silenciosamente por toda la cultura digital contemporánea.
*Diana López es cientista política.