En tiempos donde todo dura un instante, recordar se vuelve un acto de resistencia: frente a las guerras, las dictaduras y los sufrimientos que la inmediatez intenta convertir en ruido pasajero.
La memoria pública tiene algo de oleaje. Hay tragedias que durante unos días ocupan todas las pantallas, todas las conversaciones, toda la indignación posible. Luego retroceden. No porque hayan terminado, sino porque nuestra atención ya fue capturada por otra urgencia. Hace unos días, el retorno de ciudadanos de distintos países detenidos por intentar llevar ayuda humanitaria a Gaza volvió a poner por unas horas el conflicto en el centro. Las imágenes de los arrestos, de los aviones de regreso, de las declaraciones diplomáticas, devolvieron una pregunta incómoda: ¿en qué momento nos acostumbramos a convivir con guerras interminables como si fueran ruido de fondo?
La fragilidad de la memoria contemporánea no es un accidente; es casi una estructura cultural. Vivimos bajo la lógica de la actualización permanente, donde cada acontecimiento compite contra el siguiente por segundos de atención. La tragedia dura mientras es tendencia. Después, incluso el horror más brutal queda archivado en una carpeta mental llamada “ya lo vimos”. Gaza, Ucrania, Haití y otros que se han ido borrando: conflictos vivos tratados como noticias viejas.
Pero esta fragilidad no alcanza solo a las guerras. También amenaza la conciencia histórica. La memoria debe operar más allá de la viralidad del presente: para las dictaduras, para los pueblos sometidos, para las comunidades perseguidas, para las heridas colectivas que algunos preferirían convertir en pasado cerrado. Porque el olvido no siempre llega solo; muchas veces se administra, se dosifica, se vuelve una comodidad social.
La inmediatez tiene una capacidad peligrosa: nos convence de que lo único real es aquello que aparece ahora mismo frente a nuestros ojos. Todo lo demás se diluye. Así, los conflictos se vuelven una realidad consumida en minutos y reemplazada por otra. Las imágenes impactan, conmueven, circulan y desaparecen. Pero las estructuras de dolor permanecen intactas. La violencia sigue actuando incluso cuando deja de ocupar titulares.
Hay algo profundamente inquietante en esa velocidad del olvido. Porque las guerras no funcionan según el ritmo de nuestras pantallas. Mientras nosotros cambiamos de tema, la gente sigue enterrando muertos, huyendo, buscando agua, esperando medicinas, cruzando fronteras o sobreviviendo bajo bombardeos. Del mismo modo, mientras las sociedades avanzan hacia nuevas conversaciones, todavía existen sobrevivientes de dictaduras buscando verdad, familias esperando justicia, pueblos enteros viviendo bajo ocupación o represión.
Quizás uno de los mayores problemas de nuestro tiempo es haber confundido información con conciencia. Saber algo no significa incorporarlo moralmente. Podemos ver imágenes atroces cada día y aun así desarrollar una especie de anestesia emocional. El exceso de estímulos produce indiferencia, o peor: agotamiento. Entonces aparecen frases como “otra vez Gaza”, “otra guerra”, “eso pasó hace mucho”, como si la repetición o la distancia temporal redujeran la gravedad.
El regreso de quienes fueron detenidos intentando entregar ayuda humanitaria tiene algo simbólico precisamente por eso. Nos recuerda que todavía existen personas capaces de actuar como si las vidas lejanas importaran. Personas que se niegan a aceptar que la distancia geográfica implique distancia ética. Y también deja en evidencia nuestra contradicción colectiva: admiramos esos gestos, los comentamos unos días, y luego seguimos adelante hacia la próxima polémica, el próximo escándalo, el próximo algoritmo.
Tal vez la memoria sea hoy una forma de resistencia. Resistir la velocidad que trivializa, la inmediatez que venda los ojos, el flujo constante que vuelve intercambiable cualquier tragedia. Recordar no como ejercicio nostálgico, sino como acto político y humano. Porque una sociedad que pierde la memoria no solo se vuelve indiferente frente al sufrimiento ajeno: también queda expuesta a repetir sus propias sombras.
Y entonces las guerras, las dictaduras y las injusticias no desaparecen. Simplemente dejan de importarnos.
*Ro Carrasco Meza es profesora de Castellano, PUC; politóloga, PUC; y magíster en Gestión y Desarrollo Regional y Local, Universidad de Chile.