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Portal Socialista > Privado: Contenido > Política > Cambiar el mundo > Andrés Contreras D. / ¿Volver a los 80’? Algunas líneas en contra de la nostalgia (y la esperanza)
Cambiar el mundoDestacadosPolítica

Andrés Contreras D. / ¿Volver a los 80’? Algunas líneas en contra de la nostalgia (y la esperanza)

2 octubre 2026
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12 Min de Lectura
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Hace unas semanas se ha hecho viral la tendencia nostálgica de “cómo me vería en los 80” -que, además, la IA se ha encargado de homogenizar-. Esta tendencia no solo es un tema puntual de estos días; hay también todo un algoritmo asociado a esto. Quizás más de alguno ha visto algún comentario famoso en un post actual de niños jugando en el colegio y alguno que otro comentario diciendo: «Esos niños están jugando bien porque están jugando como ‘antes’», o «qué lindo era el acento chileno antes», o más de algún otro post haciendo alusión a los tiempos pasados. «En ese tiempo la gente se pasaba de mano en mano la plata del pasaje de la micro para hacerlo llegar al chofer y luego el vuelto volvía intacto». Hay una nostalgia en el ambiente que podemos reducir a la frase «todo tiempo pasado fue mejor».

No es casual: son los movimientos conservadores -no solo en Chile, sino en el mundo-. Es el mismo movimiento de quien añora «los cuarenta años de prosperidad» luego de los setenta. También la ocupa quien dice: «Antes éramos pobres, pero felices». No es azaroso que quienes nos gobiernan, y el algoritmo también, nos quieran llevar al pasado. Y es un error.

No porque el pasado no haya tenido nada de bueno -de seguro lo tuvo- y lo sabemos por la música, por prácticas de resistencia en un país -y en la región- en momentos muy complejos. Es un error porque la nostalgia frente a la vida es una pésima forma de vivirla.

Hay una palabra en portugués muy interesante, saudade, que no tiene una traducción exacta al castellano y diría que tampoco en nuestro léxico chileno. Esta palabra nombra la experiencia de echar de menos aquello que está ausente por ser un hecho del pasado, pero sin reducir esa experiencia a la tristeza por su pérdida, como ocurre con la nostalgia. La saudade puede contener dolor, pero también afecto, gratitud e incluso alegría por aquello que alguna vez estuvo presente. Es, en ese sentido, una forma particular de relacionarse con el pasado: reconocer su ausencia sin convertir esa ausencia en un deseo de regresar a él.

Hay ciertos estudiosos de la lengua que dicen que las palabras también son expresión de nuestros pensamientos. Y, si nos falta esa palabra en nuestro léxico, sospecho que, junto con la palabra, nos falta también algo de esa forma de pensar y actuar frente al mundo. Una cosa es añorar el pasado hasta querer recuperarlo y otra muy distinta es poder reconocer lo que hubo de valioso -y no solo lo valioso- en él sin por eso dejar de habitar el presente, donde el pasado no vuelve ni volverá.

La nostalgia conservadora funciona así: idealiza un pasado que, mirado con cuidado, no era tan bueno. En nuestro país fue un periodo de terrorismo de Estado. Además, cualquiera que haya visto una serie como Los 80 sabe que retrata, con toda su gracia, a un país profundamente pobre. Pero preferimos quedarnos con la estética y no con la pobreza que la rodeaba. Sirve para no mirar el presente, para no exigirle nada al futuro, para instalar la idea de que el mejor lugar posible ya lo vivimos -incluso estéticamente- y que lo único que queda es intentar volver o, al menos, entristecernos porque no se puede.

Esto no es casualidad ni azaroso. Aunque pareciera que el algoritmo fuese neutral, es funcional a un proyecto de mundo, a una forma de ver la vida. Si el pasado fue mejor, entonces el problema no es la desigualdad de hoy, ni el modelo, ni las instituciones: el problema es que nos alejamos de algo que funcionaba. Cuando los niños juegan «hoy» como se jugaba antes, juegan bien, porque lo que está bien es lo que estaba antes. Y ahí aparecen las preguntas -ojalá ni siquiera fueran retóricas- que ya se están haciendo los gringos: ¿por qué no volvemos a cuando las mujeres estaban en la casa o cuando no votaban? O, como «metaforiza» nuestro presidente: ¿por qué no volvemos a la mano dura que había antes? ¿Por qué no volvemos a cuando había más «orden»?

¡Las cosas funcionaban antes! Dicen.

La nostalgia no es inocente. Es una herramienta de reacomodo, podríamos decir a nivel de nuestras almas, una forma de instalar el deseo de retroceder disfrazándolo de una emoción al parecer positiva.

Hay una vieja tradición de pensamiento que distingue entre pasiones alegres, que aumentan nuestra capacidad de actuar en el mundo, y pasiones tristes, que la disminuyen. La nostalgia es, en ese sentido estricto, una pasión triste. Nos deja inmóviles, mirando hacia atrás, incapaces de desear otra cosa que no sea el regreso de lo que ya no existe. No construye, no propone, no imagina creativamente: es una melancolía. Y una sociedad instalada en la melancolía es una sociedad triste y fome (el famoso gobierno de los fomes que quiere la sociedad de los fomes), que ha renunciado, sin decirlo, a la creatividad de algo distinto.

¡Mejor volvamos a los 80!

Bien, espero dejar el punto claro de mi reticencia sobre la nostalgia, entonces: ¡mejor tener esperanza!

Ojo, pestaña y ceja: veamos la segunda derivada. La esperanza -que uno podría decir que es propia de los movimientos progresistas- sufre exactamente del mismo problema. También es, en el fondo, una pasión triste. Y no es casualidad que comparta raíz con la espera: esperanza es, literalmente, esperar que algo ocurra. Es la promesa de que algo bueno viene, de que la alegría ya llega (ese slogan lo conocemos bien), de que basta con aguantar un poco más. Fue la base del optimismo con que llegaron los movimientos de izquierda al poder en la historia reciente (y muy, muy reciente también), y con el cual se fracasó también en las últimas elecciones. La esperanza construye ilusión, comunidad, ganas de participar. Pero también instala una posición pasiva: esperamos que otros, en algún momento, nos traigan lo prometido. Se basa en la promesa, y la promesa requiere creer en ella; la creencia en ella y en quien promete, y la fe en quien promete que cumplirá en un tiempo, requieren espera. Esperanza.

Así lo pensaron por ejemplo quienes diseñaron el CAE. El crédito universitario que prometía no solo el acceso a la educación superior (que en alguna medida lo cumplió) Sino también la promesa de que la educación superior era un ascensor social (que no lo cumplió). Y terminó siendo, para buena parte de una generación, una deuda de por vida (eso no lo prometió, pero si lo cumplió). Y así también muchas cosas se prometieron y se han prometido en nombre de la esperanza. No son necesarios más ejemplos.

Quien promete esperanza y, por tanto, una forma de decir “espérame”, y no cumple, desilusiona. Y quien está desilusionado está triste; quien está triste no tiene ánimo, y quien no tiene ánimo no tiene ganas de hacer nada. Una pasividad. Y quien es pasivo está menos dispuesto a creer que algo puede cambiar realmente, sea quien sea quien gobierne.

Entonces tenemos dos polos que parecen opuestos -la nostalgia de mirar atrás y la esperanza de mirar adelante- pero que, en el fondo, funcionan igual. Ambos nos ponen a esperar. Uno espera que vuelva algo que ya pasó; el otro espera que llegue algo que todavía no existe. Ambos nos sacan del presente. Ambos, en distintos grados, nos inmovilizan.

La salida no es fácil, y sería deshonesto decir que tengo una respuesta. Quizás tengo una pista. Hace un tiempo, un profesor me dijo algo, citando a un antiguo político del siglo XVI, que me quedó dando vueltas: “no hay necesidad de esperanza para actuar”.

Raro. Suena casi contradictorio, porque, claro, sin un horizonte hacia dónde caminar no hay esperanza ni promesa en la que creer. ¿Qué sentido tiene hacer algo? No hay motivación sin un horizonte claro. Pero, mirando el momento que vivimos -con el conservadurismo más rancio avanzando en buena parte del mundo, con una izquierda que no logra articular un proyecto compartido, o al menos algo valioso por lo cual valga la pena actuar, y que probablemente no lo logre en el corto plazo-, parece más honesto asumir que ese horizonte despejado no va a aparecer pronto. Y, aun así, hay que moverse.

Eso significa aprender a avanzar sin la garantía de que vamos hacia algo mejor. Sin brújula. Avanzar, retroceder, volver a avanzar de a poco. Esto funciona, esto no, esto sí; ah, no, era el camino equivocado. Eso lo sabe bien cada uno. Construir lazos, por pequeños que sean, que generen algo real ahora, no una promesa para después.

La comunidad del vuelto pasando de mano en mano en la micro amarilla -eso que la nostalgia usa como excusa para añorar el pasado completo- en realidad apunta a algo valioso: lo comunitario, lo pequeño, lo que se construye entre personas concretas en un momento preciso. Obvio que hay que valorar esas noblezas. El error sería pensar que eso solo existió ahí, en las micros amarillas, en los 80, y que, por ende, eso podría llevarnos al pensamiento errado de que hay que volver a todo ello. Esa es la trampa del conservadurismo. En vez de construirlo de nuevo, aquí y ahora, con lo que tenemos. Quizás no es en la micro amarilla. Busquemos dónde.

Ese es, me parece, el lugar de la saudade: es la alegría de lo vivido sumada al reconocimiento de que no volverá. Es la versión mejorada de la nostalgia.

Por otro lado, si no hay esperanza, podemos -mientras- avanzar sin ella.

*Andrés Contreras D. es estudiante de Magíster en Filosofía en la Universidad Alberto Hurtado.

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