Las cifras sobre la incapacidad de la economía chilena para ofrecer trabajo estable son preocupantes: casi un millón de trabajadores (9,5%) que quieren trabajar están desempleados; 2,5 millones de personas viven en la informalidad (27%); y 950 mil personas están inactivas, ya sea por elección o circunstancias especiales, es decir, no participan del mercado laboral. Por tanto, el potencial de la inteligencia nacional que no se aprovecha plenamente es considerable, si se tiene en cuenta que la totalidad de la fuerza de trabajo es 10,4 millones de personas.
Sergio Arancibia dice que “nada en la economía tiene sentido si no logra darles trabajo, esperanza y dignidad a todos y a cada uno de los hombres y mujeres que pueblan el país” (El Mostrador, 22.09.2026). Tiene toda la razón porque las cifras de desempleo e informalidad son elevadas desde hace años y no solo en 2026.
La pregunta es entonces: ¿es que la economía tiene dificultades estructurales para atender a toda la fuerza de trabajo o se vive solo una coyuntura difícil?
Lo estructural
Desde que se instaló el modelo económico neoliberal, el eje productivo pasó a ser hegemonizado por el extractivismo, junto al rentismo comercial y financiero. Así, la actividad industrial se ha reducido desde el 20% del PIB a comienzos de los años noventa a menos del 10% en la actualidad. Y mientras más cerca la actividad económica de la materia prima menos empleo genera; es el caso, por ejemplo, del cobre, la sal de litio, madera en astillas, salmones vivos.
El cobre y el litio, y en general la minería, son actividades intensivas en capital. Tanto el cobre como el litio representan en Chile el 15% del PIB y más del 50% de las exportaciones, pero generan apenas un 3% de empleo directo.
El asunto se agrava en años recientes con la inteligencia artificial (IA) y el extractivismo moderno es cada vez más intensivo en capital; en la minería destacan los camiones autónomos, las plantas desaladoras automatizadas, chancadores teleoperados desde Santiago. Por tanto, cada vez se necesitan menos mineros y más ingenieros. También en la agricultura el empleo ha cambiado como consecuencia de la mecanización, reduciéndose desde 20% en los años noventa, en el total, a un 7% en el presente.
Tanto la derecha como la Concertación asumieron que sin intervención del Estado los mercados podían generar buen crecimiento y empleo, sin embargo, lo que así fue en los primeros años de la transición ha cambiado. Es que la subordinación del Estado a los mercados y la apertura al mundo liquidaron la industria nacional y potenciaron al extremo el extractivismo y el rentismo comercial y financiero. Y, en los últimos años, con la automatización y la IA tanto el extractivismo, como el comercio y el sector financiero han reducido su capacidad para ofrecer trabajo.
Por tanto, una respuesta estructural y de largo plazo al desempleo y a la informalidad exige un Estado activo que oriente el capital nacional y extranjero en favor de la transformación industrial de los sectores extractivos para agregar el mayor valor posible a los recursos naturales. Y, al mismo tiempo, ante el impacto de la IA en el empleo, el sistema educacional se convierte en prioridad porque se hace responsable de priorizar las nuevas profesiones emergentes y afines al cambio tecnológico.
En consecuencia, ahora que el litio y el hidrógeno verde son los nuevos recursos abundantes del país, lo lógico sería reindustrializarlos para convertir, por ejemplo, el carbonato de litio en baterías y el hidrógeno verde en acero, pilas de combustible o motores de combustión; y, por cierto, intentar de una vez por todas que el concentrado de cobre se convierta en cobre refinado y en manufacturas de cobre.
Por tanto, siguiendo las recientes sugerencias de la CEPAL en Rupturas y oportunidades (Rupturas y oportunidades: propuestas para que América Latina y el Caribe prospere en la nueva era geopolítica | CEPAL) o las de Ha Joon Chang y de Stiglitz en sus distintos libros, se requiere política industrial para avanzar al desarrollo. Recuperar la política industrial, con un Estado activo es el camino para generar empleo y reducir la informalidad. El puro crecimiento con extractivismo ya no da los mismos frutos de los años noventa.
En efecto, hay que recordar que en los años noventa se instalaron actividades mineras como la Escondida (1990), Collahuasi (1999), Pelambres y Candelaria, las que utilizaron miles de trabajadores como maestros, soldadores, montajistas, camioneros. Y, una vez que entraron en operación, el empleo se redujo sustancialmente; es lo que sucede hoy día.
Hay que agregar que la tecnología cambió y esto impacta el empleo. En 1995, un camión minero lo manejaba una persona. Hoy en Escondida y Gabriela Mistral el 30% de los camiones son autónomos, manejados por una persona, desde una sala en Antofagasta; y está la presencia de perforadoras autónomas, y chancado automatizado.
La automatización no sucede solo en la minería. También está presente en el comercio, ya que en los años noventa un supermercado necesitaba 20 cajeros y en cambio hoy las cajas son de autoservicio. También sucede en el sector financiero: antes un banco necesitaba 15 sucursales, con 10 personas cada una y hoy basta una app para cumplir esas funciones.
Resulta curioso que haya menos trabajadores, mientras los clientes se atienden solos en el supermercado y por vía remota en el banco no bajan los precios de los bienes ni las comisiones bancarias. Es el capitalismo digital.
Las empresas prefieren automatizar antes que contratar y, por tanto, la relación crecimiento y generación de empleo no es igual a la de los años noventa; pero, el establishment de economistas y políticos no deja de repetir: hay que crecer, hay que crecer, sin darse cuenta que ello no asegura el empleo.
La tendencia hacia una mayor intensidad de capital y reducción o estancamiento de la fuerza de trabajo directa es un fenómeno estructural y particularmente visible en la minería, aunque crece en la agricultura y la pesca, también ejes de la economía chilena.
En la minería el envejecimiento de los yacimientos y la menor ley de los minerales ha obligado a masivas inversiones en camiones autónomos, plantas desalinizadoras y automatización, mientras el empleo directo viene cayendo sistemáticamente.
En el campo, hay fuerte aumento de capital en sistemas por goteo, drones para monitoreo y cosechadoras mecánicas, lo que disminuye la demanda por trabajadores tradicionales. Y, en pesca y acuicultura, el salmón esta automatizado casi por completo y la pesca se realiza con barcos de alta complejidad (Wellboats) que requieren tripulaciones mínimas, pero de alta calificación. En fin, son algunos ejemplos.
Entonces, los capitales y las máquinas no bastan para crear empleo. Hay que cambiar el paradigma. Impulsar una nueva estrategia de desarrollo en favor de la industrialización, con cambios sustantivos en educación, ciencia y tecnología.
La coyuntura
Pero, en la hora actual como estamos con elevado desempleo y persistente informalidad, con inflación al alza, y dolores cotidianos, resulta imprescindible que el Estado actúe con agilidad para apoyar a la familia chilena.
Como el mercado no está en condiciones de ofrecer nuevos trabajos y existe alto desempleo no hay más alternativa que aplicar políticas keynesianas para construir viviendas, obras de infraestructura y entregar subsidios al trabajo. Es el camino para actuar en la coyuntura.
Por ello es interesante la propuesta de Nodo XXI de crear trabajo con escasa inversión pública (SE PODRÍAN CREAR HASTA 300 MIL EMPLEOS INVIRTIENDO SOLO 0,1% DEL PIB – Fundación Nodo XXI)
En esta propuesta se señala que es posible crear 300 mil nuevos empleos con una inversión pública de 0,1% del PIB, gracias a seis iniciativas:
– Shock de ejecución en inversión pública en vivienda, obras públicas e infraestructura;
– Programa de capacitación e intermediación laboral para la construcción, financiado con recursos ya disponibles del Fondo de Cesantía Solidario;
– Fortalecimiento del Subsidio Unificado al Empleo (SUE), ampliando cobertura y flexibilizando requisitos;
– Subsidio de seguridad social para la contratación de 100 mil jóvenes;
– Mejoramiento del proyecto de Sala Cuna Universal, eliminando el copago y financiando la red pública;
– Ampliación real del Programa 4 a 7, hoy con cobertura marginal (este se refiere a la Sala Cuna Universal que cubre a los niños más pequeños, hasta los dos años).
La propuesta es interesante y realista. Es de esperar que el gobierno de Kast la acoja (o la mejore), habida cuenta que tiene la obligación de resolver el grave problema del desempleo en el país, sobre todo porque durante sus primeros meses se perdieron 177 mil puestos de trabajo.
En suma, la condición del trabajo en Chile presenta un problema estructural resultante del modelo económico en curso que solo su modificación resolverá, lo que requerirá un cambio político de envergadura. Sin embargo, el desafío actual es enfrentar ese 9,5% de desempleo dentro del modelo económico vigente, con medidas urgentes y una decidida acción del Estado. El millón de desempleados no puede esperar.
*Roberto Pizarro Hofer, exdecano de la Facultad de Economía Política de la Universidad de Chile, es economista.
