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Marcelo Alvarado Meléndez / A cien años de una denuncia del imperialismo en Chile: Chuquicamata Estado yankee del joven Ricardo A. Latcham. 1926-2026

2 octubre 2026
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40 Min de Lectura
Sin título (1920 x 1080 px) - 11
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La justeza de una denuncia

En nuestra literatura social y política ocupa un lugar destacado la obra Chuquicamata Estado yankee que en 1926 –hace ya un siglo– dio a las prensas el joven intelectual Ricardo Antonio Latcham Alfaro (1903-1965) quien entonces tenía solo 23 años. El libro venía a alertar a la conciencia nacional de la peligrosa penetración del capitalismo norteamericano en el país, que no solo se apropiaba de nuestra principal riqueza, sino que intervenía en los asuntos internos, atropellando desembozadamente nuestra soberanía. Su denuncia no era retórica, pues estaba respaldada por un incisivo examen de la situación en el yacimiento cuprífero:

Contenidos
  • La justeza de una denuncia
  • Sociabilidad minera
  • Atropellos a la soberanía nacional
  • “Utilidades excesivas” y elusión de impuestos de la Compañía
  • La explotación del minero
  • Persecución, represión y soplonaje a la actividad sindical
  • El dantesco accidente del 29 de julio de 1926
  • Perspectivas de la obra

“Una larga estada en el mineral de Chuquicamata, el íntimo consorcio con sus jefes y dirigentes, el análisis de los procedimientos de explotación que allí se emplean, el sentimiento innato que todos llevamos en el corazón y mil causas más, determinaron el nacimiento de esta obra… Nos guiaron en su confección el más puro sentimiento nacionalista y el deseo de que sea un grano de arena arrojado en la obra de despertar como nación consciente”. (1)

Para Latcham era el momento del “sacudimiento de una conciencia nacional adormecida”, exhortando al pueblo a reaccionar frente al “servilismo de esta hora claudicante”.

El joven Latcham era entonces militante del Partido Conservador y miembro de cofradías católicas; sin embargo, abrigaba convicciones nacionalistas y los incesantes abusos de los que fue testigo, interpelaban su conciencia para denunciar a sus autores. Como muchos otros ensayistas y voces críticas de las primeras décadas del siglo XX, Latcham advertía una profunda crisis que atravesaba todos los ámbitos de la vida nacional, pero, en su opinión, esta se había agudizado a partir de 1920 bajo el gobierno de Arturo Alessandri, a quien imputa su complicidad en la enajenación de nuestra soberanía:

“Chile, país de estructura moral débil y liquidado en su organización política y social por un desgobierno de cinco años, que dirigió una manada inconsciente y un César vesánico, es una tierra propensa, como pocas, al predominio del más fuerte, del capitalista yankee que, junto con arrebatarnos la soberanía, nos arrebata los últimos jirones de la libertad moral”.

Lo indignante de esta situación era no solo el silencio que guardaban muchos ciudadanos frente a los abusos, sino el inusitado celo con que defendían los intereses de la Chile Exploration Company, prestándose para las campañas de propaganda de la empresa a través de la prensa, elogiando el fascinante bienestar material que supuestamente traería para el país.

Sociabilidad minera

El trabajo de Latcham bien puede calificarse como un exhaustivo análisis sociológico del campamento minero, revestido no solo de un carácter documental, sino también de una radical reflexión crítica sobre la situación en que se hallaban sus pobladores. Partía con una patética descripción de la localidad de Calama, puerta de entrada y centro comercial del mineral en el que los trabajadores dilapidaban sus exiguos salarios en el alcohol y otros vicios sociales:

“Calama, como todas las demás poblaciones pampinas de escape libre se halla poblado por innumerables lupanares, donde se canta, se baila y se remuele en forma fantástica… Calama ¡Calamidad! Pueblo con muchos garitos y prostíbulos. Pueblo que hoy es capital de un departamento grotesco… Lo peor que encierra es la imitación del Far West”.

Asimismo, en Chuquicamata se podía percibir el contraste entre los más modernos adelantos al servicio de la industria minera coexistiendo con la peor miseria ya no solo material, sino de la condición humana degradada por el insaciable ímpetu de la acumulación capitalista. Se reforzaba esta tensión con el bajísimo concepto de la solidaridad humana del extranjero para con el nacional: “Casi todos los yankees que se hallan en Chuquicamata han salido de Estados Unidos ávidos de ganar dinero, no poseen, por tanto, gran sentido moral”. La fría racionalidad económica y el exclusivo fin de lucro que motivaba al gringo contrastaba con la desaprensiva, aunque no por ello menos esforzada existencia del trabajador autóctono:

“El chileno, por lo general, es bizarro, activo, enérgico, dado a la bebida, indócil y orgulloso. Sus defectos los compensa con sus brillantes cualidades… El chileno es trabajador; pero no provee nunca para las necesidades del porvenir. Casi siempre vive al día. También es idealista, pendenciero, amatonado y amigo de andar en motines, peleas y farras”.

Pero el autor no se limitaba a exponer la degradación social del centro cuprífero, sino que esta, a su juicio, se extendía a la generalidad de las localidades del Norte Grande vinculadas a las actividades extractivas. Se trataba, pues, de un problema sistémico generado por el impacto traumático del capitalismo depredador en un país económica y socialmente atrasado como el nuestro, similar tal vez al que se producía en otras latitudes: “Como observación general de la pampa salitrera de Antofagasta, anotamos que el alcoholismo, aunque disminuido, está muy lejos de ser extirpado, lo mismo que las enfermedades venéreas que diezman a la población de obreros y de empleados”. Añadía que, al visitar Unión, se encontró con

“un pueblo sórdido, lleno de prostíbulos y construcciones comerciales, donde pulula una multitud de gente ambigua y de tipos curiosos, que parecen extraídos de California o del Far West. Las cantinas y prostíbulos hacen el fuerte de ese pueblo originalísimo, dentro de su repugnante fisonomía y donde todo repele, desde muchas de sus autoridades hasta sus moradores: sórdidos comerciantes, hampones, carabineros, croupiers, prostitutas, agitadores obreros, reversos de las últimas y moralistas protestantes, que gritan sus mercancías bíblicas”.

En estos páramos, había surgido un sujeto social parasitario: el gestor venal al servicio de la Compañía, recolector de prebendas personales, escalador y arribista. En Chuquicamata, anota el autor, “hay un ejemplar raro de hombre, el chileno arribista, el molusco que se afirma sólidamente en la roca de la dominación extranjera, imitando sus vicios y defectos, exagerándolos y compartiendo con el yankee”. Para Latcham, el tipo arribista se caracterizaba por su doblez: por un lado, una desafección hacia los obreros desprotegidos a quienes trataba con soberbia y, por otro, su sumisión ante los poderosos representantes de la Compañía, frente a los cuales no ahorraba adulaciones, exhibiendo así el “lacayismo más servil y rastrero que conocemos”.

Para Latcham, el régimen económico y productivo imperante en el mineral instalaba condiciones en las cuales era muy fácil corromper la convivencia social y muy difícil desarrollar una cultura cívica basada en la honradez y la probidad: “El chileno que surge en estas tierras no siempre es el mejor. Por eso el astuto, el fariseo, el rastrero desplaza al honrado, al inteligente, al laborioso. La simulación en la lucha por la vida entra mucho en esa manera de ser y de obrar”.

Atropellos a la soberanía nacional

Una de las denuncias más graves que hacía Latcham a la Chile Exploration Company era su abierta intervención en la política nacional “por medio de subvenciones dadas a políticos, por coimas y comisiones y por la intromisión en asuntos electorales”. Pero tales intervenciones no eran unilaterales, sino que contaban con la complicidad de los propios políticos y gobernantes, las cuales se habían acrecentado el último lustro con la venia “del yankófilo presidente don Arturo Alessandri Palma, que entonces regía como dictador de Chile”.

Donde se podía observar en forma más palmaria la intervención yankee en la política interna era en el pueblo de Calama, en cuyo municipio se ventilaban los cuantiosos intereses del mineral y, por tanto, tenía un innegable valor estratégico para la empresa. Todas las reparticiones públicas, partiendo por la Gobernación, el Juzgado, las notarías, oficinas de partes y la policía estaban capturadas por los agentes norteamericanos, pues a través de ellas se tramitaban los millones de dólares de las ganancias, de los cuales algo caía a los funcionarios responsables de administración local:

“El dominio de la municipalidad de Calama –anota– siempre ha tenido interés para la compañía americana, pues de este depende el “control” de los impuestos municipales y aún cierta influencia política general que repercute en las elecciones de senadores y diputados por la provincia”.

Aunque para afuera la Compañía declaraba no tener preferencias por ningún bando político, combatía públicamente a los comunistas y a los grupos denominados asalariados, “pues en ellos ve una bandera abiertamente hostil y representativa de la resistencia y aún de la rebeldía social”. Asimismo, nuestro crítico señalaba que era evidente que las acciones de la empresa beneficiaban al Partido Radical, “cuya gente en el norte es fácilmente dúctil y maleable, ha encontrado valiosos servidores y abnegados gestores”. Inculpa al alcalde de Calama, militante radical, de servir “como un perro leal y bien mantenido los intereses del capitalismo norte americano”.

Las autoridades y funcionarios municipales recibían permanentes sobornos de parte de la Compañía a cambio de concesiones de cualquier índole que beneficiara a la empresa: “Calama, aunque es un poblacho indecente, con autoridades inmorales y reñidoras, tiene grandes entradas municipales que avivan la codicia de los politicastros… No olvidemos que todos los municipales de Calama y su alcalde dependen en cuerpo y alma de la factoría yankee”.

Por otra parte, una de las prácticas más irritantes que se registraba en Chuquicamata era la prepotencia y el racismo con que el yankee trataba al chileno, pues se arrogaba “el título de raza superior” menospreciando a nuestros ciudadanos:

“Los nativos, como los llaman con desprecio, son, para ellos, un pueblo de inferiores, al cual hay que mantener bajo los pies, sin dejar por eso, de explotarlo en su inagotable paciencia y con el objeto de lograr sus fines comerciales o concupiscentes. Este odio y desprecio se percibe en todas las esferas, de la Gerencia al último capataz yankee, con sus raras excepciones”.

Otra de las formas que adquiría la intervención política norteamericana era la deliberada manipulación de la información, para lo cual utilizaba los periódicos locales. Latcham indica que la Gerencia de la Chile Exploration censuraba y decidía todas las informaciones que correspondieran a los sucesos del mineral, publicando noticias favorables o sesgadas que distorsionaban los hechos:

“Cuando hubo un accidente se procuró evitar su publicación, cuando se moría un obrero despedazado por un tiro o aplastado por un derrumbe, lo que era muy frecuente, cuando los carabineros, siempre al servicio de los extranjeros, detenían gente con injusticia, cuando, por fin, pasaba cualquiera cosa ingrata a su conveniencia, se hacía funcionar la máquina neumática de su deseo de silencio”.

El control de la información estaba, también, mediatizado por el miedo. Muchos incidentes desafortunados e iniquidades perpetradas en el campamento eran silenciadas por las víctimas o testigos porque sobre ellos pesaba la amenaza de la expulsión del mineral si divulgaban noticias contrarias a la imagen de la Compañía, “como ha sucedido tantas veces, o si se animan, tienen que hacerlo de una manera anónima que pierde su fuerza y eficacia”.

“Utilidades excesivas” y elusión de impuestos de la Compañía

Como contrapartida de las migajas entregadas a los políticos, gestores y empleados públicos, la Compañía obtenía un lucro desproporcionado con respecto a la inversión y a sus gastos operacionales. “No exageramos diciendo que, durante los diez años en cuestión, la empresa ha obtenido una utilidad de más de 100 millones de dólares”, escribe Latcham, agregando que, pese a estas cuantiosas ganancias, la Gerencia se las arreglaba para eludir el pago de las contribuciones conforme a sus beneficios: “Resulta entonces que el Fisco deja de percibir el impuesto de primera categoría, sobre el valor de 57.000.000 de dólares, o sea 330 millones de pesos. El impuesto que debe recibir anualmente sobre esta suma y que no se paga por defectuoso avalúo, pasa de $ 1.7000.000 m/c. al año”.

Ya entonces era evidente que las empresas norteamericanas enquistadas en el país obtenían “rentabilidades excesivas”, sin que aportaran parte de sus ingentes recursos al mejoramiento del bienestar de las clases trabajadoras y sin que las autoridades nacionales adoptasen ninguna medida para revertir el desangre de nuestras riquezas:

“Todo esto hace más intolerable la mezquindad con que procede con los obreros y empleados chilenos, estrujados de una manera vergonzosa, para incrementar las ganancias de los que han lucrado con creces y duplicado y triplicado el valor de las acciones originales… El Gobierno Chileno no cree estas cosas, o, si las cree, no hace caso”.

La explotación del minero

Latcham, gracias a su dominio del inglés, se incorporó al Departamento de Bienestar de la empresa, correspondiéndole la tarea de inspeccionar los campamentos y conocer directamente las condiciones de vida de obreros y empleados. Su conocimiento en terreno le permitió desmontar una de las campañas propagandistas más fraudulentas de la empresa, respaldada oficiosa y oficialmente por los agentes del poder político: “Hemos demostrado que el famoso bienestar económico es un mito. La leyenda del bienestar social es igualmente falsa. Ni lo uno ni lo otro existe en el mineral, a lo menos, en cuanto atañe a los obreros y empleados chilenos”. Comentaba que muchos ministros, parlamentarios y periodistas habían visitado el yacimiento y publicado elogios que ayudaban a propalar la idea del “buen tratamiento recibido por el empleado y el obrero en las manos de la Chile Exploration Company. Pero todo lo dicho por esa gente es, en buen romance, emborrachar la perdiz. Ellos ven lo que se quiere que vean… Lo sórdido, lo vergonzoso, lo que da asco, no lo ha visto nadie, no se le muestra a nadie”.

Ejerciendo sus funciones de inspector del Welfare Departament, Latcham comprobó la insuficiencia de los salarios de los operarios chilenos y el deterioro del poder adquisitivo del peso: “La Compañía debía fijar todo jornal y sueldo a base de oro, ya que sus entradas las percibe en esta moneda; pero en vez de hacerlo así, especula con el cambio, a costa de sus empleados y obreros”. Paralelamente, denunció el fraudulento mecanismo del monopolio del expendio de artículos de primera necesidad y la prohibición del libre comercio en el campamento. Las pulperías fijaban arbitrariamente los precios de sus mercaderías, esquilmando severamente los ya exiguos ingresos de los trabajadores:

“En el mineral, la vida es excesivamente cara, debido a que la Compañía y sus favoritos toman parte activa en un inicuo sistema de explotación. Por esto resultan las cosas más caras que en otras regiones del norte. Hay monopolios irritantes de todo: la botica es monopolio, lo mismo los almacenes, que se llaman ‘concesiones’… Los yankees solo permiten establecerse comercialmente a personas gratas, de su amaño. Han pagado con pequeñas y grandes concesiones comerciales los servicios prestados en el municipio de Calama por algunos políticos venales… El resultado final de las pulperías es estrujar a los obreros en vez de beneficiarlos”.

Pero quizás la situación más apremiante, que Latcham estimaba como un deber de conciencia denunciar, era la miseria material y moral en que estaba atrapada la población proletaria. Asumiendo su misión de intelectual crítico, procuró entregar un vívido testimonio de las ignominias y el abandono de los obreros que las autoridades y visitantes conocían, pero que silenciaban con indolencia rayana en la vileza:

“Lo que no ve nadie son las habitaciones estrechas, mal olientes, pésimamente construidas, malsanas, insalubres como un cuarto de conventillo de Santiago. Tampoco se percibe el hambre, la miseria tortuosa, el pestífero reguero de las lacras sociales, la sífilis, que se combate rudimentariamente, en tanto hinca su diente en las entrañas de sus moradores del mineral, la prostitución clandestina, que amparan y defienden ciertos jefes, la escualidez escrofulosa de millares de niños y mujeres, la blenorragia dominante, los abortos que se propician, las mancebías de los jefes, la corrupción de menores, que en el pasado tiempo llegó a manchar la Escuela de Mujeres”.

Sobre las viviendas obreras, Latcham elaboró un detallado informe entregado a la Compañía y reproducido en el libro. En general, sus apreciaciones de las condiciones habitacionales eran negativas:

“Dichos campamentos son una calamidad, hallándose en igual o peores condiciones que los más asquerosos conventillos de la capital… En estos, las casas son estrechas, malsanas y, en general su estado de conservación es lamentable… Un cuarto les sirve de comedor y pieza de vivir, y el otro es el único dormitorio. Se puede imaginar el estado de insalubridad que tiene que resultar de este hacinamiento de seres humanos en un mal oliente y mal ventilado cuarto, que a menudo no mide más que 3 x 4 metros. Si agregamos a esto el mal efecto moral de tanta promiscuidad de sexos, en aquellas familias que tienen hijos grandes, veremos que la situación es más desastrosa”.

El estado sanitario era del todo deplorable, ya que no se contaban con las más mínimas medidas higiénicas con las aguas servidas, pues solo se habían construido escasos alcantarillados. De la misma forma, describe los llamados “buques” o “grandes barracones” que servían de dormitorios para los empleados solteros que trabajaban en la Compañía. El debido descanso después de las jornadas solo se hacía en jergones colectivos, donde los trabajadores dormían hacinados y amontonados: “Los “buques” para empleados revisten un franco carácter de repugnante amalgama. En ellos hay gentes de diversas condiciones revueltas en un océano de mugre y abandono”.

Persecución, represión y soplonaje a la actividad sindical

En la época en la que escribía su ensayo, Latcham era un activo cruzado del catolicismo y seguidor de las incipientes ideas democratacristianas. Denunciaba la inmisericorde explotación capitalista, pero también rechazaba “todo lo que huele a socialismo y comunismo”, propiciando como alternativa la propagación de la vida religiosa en el mineral. A su juicio, una de las principales causas de la degradación moral y social de los habitantes de la población minera nacía de la falta de fe y piedad: “El norte de Chile ha sido siempre un foco de impiedad y de ignorancia religiosa que se hace más sensible por la escasez de clero, por la pobreza de las parroquias y porque no existen católicos ricos e ilustrados en número suficiente para fortificar obras santas del apostolado religioso”. Concebía el catolicismo social como obra paternalista y de control pastoral, auspiciando entonces la formación de la “Unión Social Católica de Hombres” entre los trabajadores.

Sin embargo, admitía el papel insustituible que tenían las organizaciones sindicales no confesionales y el valor de las movilizaciones obreras en pro de sus demandas:

“A fines de abril –anota–, los obreros solicitaron que, para poder aumentar sus míseros salarios, se les abonaran los “sobretiempos”, el trabajo nocturno y los trabajos especiales de los domingos con algún sobrecargo. La Compañía no solamente no accedió, sino que anunció que seguiría idéntico el régimen del trabajo nocturno, que suprimiría los sobretiempos, con lo cual los sueldos quedarían bajísimos. Agregaba que el que tuviera contrato y trabajara el domingo, perdía sus bonos, es decir, lo que le pertenecía legítimamente por su trabajo”.

No obstante la justica de estas peticiones, la empresa prohibió la asociación sindical y exhibió un castigo ejemplar a sus líderes, contando para esos fines con las fuerzas represivas del Estado y cuerpos armados mercenarios:

“A las cuatro de la mañana de uno de los primeros días de mayo, se presentaron a las casas de los dirigentes obreros que estudiaban las leyes sociales, colocándose grupos de carabineros en las puertas de entrada y dándoles orden de salida en el plazo de una hora. Se dio instrucciones para que los objetos de estas personas se echaran en unos sacos que llevaron los esbirros y que las familias de los dirigentes obreros salieran en ese plazo en camiones de la Compañía… Pronto se organizaba una milicia cívica, especie de guardia blanca, que tuvo ochocientos individuos armados con revólveres, carabinas, palos, herramientas”.

A despecho de estas persecuciones, comenta, los obreros lograron constituir un Sindicato Industrial, eligiendo la directiva en un proceso donde participaron cerca de 4800 votantes, pero su organización fue malograda por la intervención delictuosa de las autoridades:

“Los cándidos obreros comenzaron a dar sus cuotas, llegaron a dos mil los que cubrieron las suyas correctamente. En seguida, los dirigentes acordaron comprar un auto camión Ford que costaba seis mil pesos, con el propósito de trasladar obreros a Calama, mediante el pago de módicos precios, a la vez que con el objeto de inscribir trabajadores en los registros electorales, diligencia que debía hacerse en ese pueblo. Dos meses más tarde, por orden de la Compañía, el alcalde de Calama, Enrique Maturana mandó al Capitán Villouta, Comandante de Carabineros a presentarse contra la Mesa Directiva del Sindicato por mala inversión de fondos. A la vez que se apresaba obreros y se expulsaba a otros, para mayor escarnio el Capitán Villouta secuestró el camión, utilizándolo para diversiones y paseos… Enrique Maturana se aprovechó por modo admirable de todas estas incidencias y pasó una de sus largas listas solicitando la expulsión de un gran número de obreros que estaban inscritos en los registros electorales. De esta manera triste se disolvió el Sindicato, quedando los obreros bajo la penosa impresión del miedo”.

Latcham también denuncia la práctica del soplonaje, extendida según relata en todo el mineral, la cual permitía a los jefes de la Compañía estar informados de las actividades de los obreros e investigar las de los visitantes que llegaban a la localidad. Si las averiguaciones hallaban al forastero “indeseable”, la empresa acudía a una “Guardia Especial” que lo expulsaba “violentamente del gran feudo de la Chile Exploration Company”.

Paralelamente, los aparatos policiacos y represivos del Estado estaban al servicio de intereses privados y no de los ciudadanos comunes. Su papel de guardianes de los privilegios de la empresa extranjera lo exhibieron con ocasión de una huelga obrera: “Los carabineros adoptaron en la huelga una actitud descomedida y torpe. La actuación de los jefes no correspondió a la gravedad del momento y sus órdenes fueron precipitadas, fanfarronas y provocativas. Los obreros se portaron correctos y demostraron una rara mansedumbre de carácter. Durante la huelga se pidió tropa a Calama con el fin de resguardar las casas de los jefes yankees”.

El dantesco accidente del 29 de julio de 1926

Estando en Chuquicamata, el joven Latcham fue testigo de una de las peores catástrofes laborales de la historia de Chile, ocurrida el 29 de julio de 1926. La madrugada de ese día, a raíz de una explosión, toneladas de piedras fueron arrojadas por las galerías de la mina, dejando a decenas de obreros fallecidos. Latcham describe el dantesco espectáculo y las maniobras para silenciarlo por los beneficiarios directos de la explotación proletaria y sus serviles empleados que, obedeciendo órdenes, se prestaron para falsificar los hechos:

“No menos de un centenar de hombres estaban perdidos para siempre. Unos 70 cadáveres se pudieron identificar desde el primer momento; pero órdenes nerviosas, emanadas de la Gerencia, hacían disminuir el número de las víctimas. Frente a la Plaza del campamento una obscura y palpitante multitud invadía las vecindades de la Oficina de Casas solicitando noticias. Una pizarra enclavada frente a este local comenzó a ser devorada por centenares de miradas ávidas. ‘El número de los muertos en la catástrofe de la ‘Mina’ alcanza a quince o diez y seis solamente’ decía con lacónica gravedad de tragedia. Voces incontenidas, vagos deseos de protesta estallaban, mientras las parejas de carabineros, enfundados en sus uniformes verdes, rodeaban precautoriamente a la multitud”.

Una década más tarde, nuestro autor, ante una nueva tragedia minera ocurrida esta vez en Coquimbo –su provincia natal–, evocó los dramáticos momentos que le tocó presenciar:

“Hace años viví en Chuquicamata. Durante dos largas temporadas sentí su palpitación poderosa, de grandes máquinas, de rojas luces, de tragedias anónimas y colectivas. Ahora, una catástrofe de contornos nacionales pone de actualidad el mineral cuyas intimidades denuncié en un libro hace ya un decenio. Revivo a través de estos queridos muertos, de los obreros del norte, de coquimbanos a cuya vera me crie, algo de lo mucho que luché y padecí a su lado en la roja montaña de cobre. Capataces inhumanos y bestiales, explotadores sin entrañas, chilenos a sueldo del capitalismo yanqui, mil veces peores que las hienas, carabineros, agentes, gansters, políticos, gestores, intendentes. Todo un río turbio donde florecían los instintos y en cuyo seno habitaban las alimañas… Puedo decir además que el dolor proletario de Chuquicamata me llevó a las ideas redentoras de la revolución. Desde entonces marché al lado de los trabajadores chilenos y puse mi pluma al servicio de su causa”.

Comprometido entonces con el ideario socialista, Latcham representaba el sentido anhelo de las fuerzas avanzadas por la nacionalización de nuestras riquezas básicas, meta que solo se consumaría después de más de tres décadas de trabajosa demanda nacional: “Pienso también que el dolor y la desesperación de tantas familias más que palabras contienen un latido de redención. Solo cuando las minas sean expropiadas por el futuro Estado socialista volverá el bienestar a sonreír en esas peladas laderas. Y entonces la vida del hombre será algo más que una cifra en un libro del hospital o un número en las planillas del Seguro Obrero” (Ricardo A. Latcham, “Chuquicamata o la tumba del Norte”, Consigna, 30 de enero de 1937).

Perspectivas de la obra

Chuquicamata Estado yankee, leída a cien años de su publicación, no deja de ser un testimonio desgarrador del sufrimiento y la opresión padecida por miles de seres humanos “de carne y hueso” que, desde el pasado, interpelan a las generaciones posteriores clamando una justicia aún pendiente en nuestra historia. El joven Latcham tuvo la oportunidad de acomodarse a los beneficios de la maquinaria inicua del capitalismo emergente –como lo hicieron muchos de sus contemporáneos–, pero prevaleció su espíritu rebelde, que le impidió convertirse en un encubridor de las aberraciones que ocurrían en el mineral. Inspirado entonces por las doctrinas socialcristianas, tomó la decisión políticamente incorrecta, pero éticamente valiente, de denunciar con nombres y apellidos a autoridades corruptas, políticos sobornables, magistrados venales, gestores inescrupulosos, y policías serviles al poder económico. Ni el propio primer mandatario de la época escapó a su índice acusador.

La obra de Latcham constituye un magistral documento sociológico que reúne observaciones en terreno de la vida de los mineros, de las condiciones miserables con que sobrevivían, las prácticas abusivas y hasta despóticas de los representantes de la empresa y un contundente expediente de los atropellos a la dignidad nacional perpetrados por los agentes norteamericanos en el país. En tal sentido, el autor fue un visionario en la denuncia de la presencia del imperialismo norteamericano en nuestro suelo. Sin referirse a la célebre obra de Lenin sobre el imperialismo ni apelar a categorías marxistas, comprendió tempranamente el fenómeno de la penetración del capitalismo extranjero que formaba un verdadero enclave foráneo en el territorio nacional, causando daños enormes a nuestra alicaída economía que se prolongarían por décadas.

Una de las lecciones más concluyentes que fluyen del libro es que, el imperialismo para penetrar y luego dominar económica y políticamente a las naciones bajo su órbita –y este es uno de sus rasgos inmanentes– requiere de yanaconas dispuestos a servir sus intereses. Los pueblos sufren el sometimiento de las potencias opresoras porque cuentan con la complicidad, abierta o solapada, de individuos ávidos de prebendas, políticos falsarios, autoridades corruptas y gobernantes entreguistas que acometen crímenes de lesa patria a cambio de una parte de los latrocinios. Nuestro autor desenmascara al propio Arturo Alessandri que so capa de un reformismo progresista, se prestó para servir los intereses extranjeros, tal como siguieron haciéndolo la mayoría de los gobernantes democráticamente elegidos del siglo XX, la dictadura fascistoide de Pinochet y gobiernos posdictatoriales, siempre con el discurso justificativo, pero fraudulento, de que los convenios traerían beneficios para el país. La única excepción histórica a esta conducta fue la del Gobierno de Salvador Allende que, por impulsar un programa de recuperación de la dignidad nacional que contravenía esos intereses antinacionales y antipopulares, tuvo un fin trágico en 1973.

Chuquicamata Estado yankee, con todas las limitaciones, prejuicios y sesgos ideológicos de su autor, es una obra luminosa que se sitúa en el elenco de los clásicos del pensamiento nacional-antimperialista latinoamericano. Sus páginas escritas con vigoroso coraje contienen, en embrión, un proyecto emancipador, porque, ante todo, constituyen una exhortación, de cabo a rabo, a recuperar la dignidad de nuestro pueblo mancillada por un sistema imperial extranjero y por sus lacayos internos. Este proyecto emancipador sigue viviendo porque tiene por corazón el ideario de recuperación de la dignidad nacional. Pero la construcción de ese proyecto exige una radical ruptura con los sometimientos indebidos y las intromisiones foráneas, pues solo el reconocimiento de la igualdad entre pueblos soberanos permite relaciones armoniosas entre las naciones.

En nuestro tiempo este proyecto emancipador parece una quimera inalcanzable porque las mismas actitudes y comportamientos que denunciara Latcham en otro contexto histórico parecen dominar el escenario mundial y nacional, ahora revestidos de nuevas prácticas, soportes comunicacionales y dispositivos tecnológicos. De la misma forma, el imperialismo –del cual se ha dejado de hablar en los debates públicos, como si no existiera– junto con alcanzar un poderío económico, militar y político como nunca antes, reforzado por las nuevas tecnologías de control de las conciencias, exhibe su rostro más grosero y criminal. Pisotea a su antojo el Derecho Internacional, destruye pueblos enteros y perpetra genocidios oprobiosos. Va tras las materias primas para alimentar sus industrias, de los mercados para vender sus manufacturas y del control estratégico del mundo para acrecentar sus riquezas e imponer su voluntad de dominio. Todo ello al precio de la miseria de millones de gentes excluidas del bienestar de las sociedades modernas que no ven otra salida que emigrar de sus países. Sin embargo, también inventa guerras para enriquecer sus empresas armamentistas y no pocas veces para humillar a pueblos enteros por motivos ideológicos, xenofóbicos y hasta religiosos, jactándose de un mesiánico supremacismo racial, propio de los más delirantes sicópatas prohijados por el fanatismo y el irracionalismo.

Ante este panorama desolador, en donde las palabras son impotentes para dar cuenta cabal de la crueldad inconmensurable de nuestros días, rememorar este libro centenario importa porque, como el mismo autor afirma al comienzo, viene a sacudir “una conciencia nacional adormecida”. Todas las miserias humanas, registradas por el joven escritor en una localidad y en un tiempo determinados, no difieren en su esencia de las que en nuestra época están extendidas a escala planetaria. No obstante, la obra nos lega una visión contrahegemónica y postula un proyecto emancipador que tiene como eje fundamental la conquista de la dignidad de nuestro pueblo. Tarea ardua y trabajosa que supone reasumir una conciencia nacional antiimperialista y plasmarla en programas políticos con demandas concretas que vayan en esa dirección y no resignarse a la sola administración del orden existente, sino aspirar a una radical transformación social. Finalmente, pero no por ello menos importante, la obra por ser una defensa de la dignidad de nuestro pueblo –y por extensión a todos los pueblos denigrados por sus opresores– conserva, después de vivir un siglo, una concepción valórica y de principios políticos absolutamente vigente. Parafraseando al recordado Víctor Jara podríamos decir que un libro que ha sido valiente, siempre será un libro nuevo…

(1) Ricardo A. Latcham, Chuquicamata Estado yankee (Visión de la Montaña Roja), Santiago, Editorial Nascimento, 1926, 192 pp. Todas las frases y párrafos que están entre comillas –de no mencionar otra fuente– son reproducciones literales del libro. Hemos omitido las referencias a las páginas y agrupado los contenidos por temas para facilitar una lectura más fluida de los planteamientos del texto. Asimismo, hemos colocado cursivas para destacar aquellos conceptos que nos parecen relevantes.

*Marcelo Alvarado Meléndez es escritor.

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