El municipalismo, los gobiernos locales, es ese lugar donde la política deja de ser una consigna y se transforma en una calle pavimentada, una plaza recuperada, una atención de salud oportuna o una comunidad organizada.
Vivimos tiempos complejos.
No solo en Chile. En el mundo entero observamos el avance de proyectos autoritarios, ultraconservadores y antidemocráticos que buscan convertir el miedo en programa político y la desigualdad en sentido común.
Frente a la incertidumbre económica, las transformaciones tecnológicas, la crisis climática y la fragmentación social, sectores reaccionarios ofrecen respuestas simples a problemas complejos. Levantan muros donde se necesitan puentes. Promueven la exclusión donde se requiere comunidad. Alimentan la desconfianza cuando lo que nuestras sociedades necesitan es volver a encontrarse.
Si queremos comprender cómo se enfrenta este desafío, debemos mirar una verdad fundamental: las personas no conocen el Estado a través de un ministerio. Lo conocen a través de su municipio.
El municipio es la primera puerta de entrada a la democracia.
Es donde una vecina busca ayuda cuando no llega a fin de mes, donde una familia acude cuando necesita atención de salud y donde una organización social golpea una puerta para mejorar su barrio.
Es donde la ciudadanía evalúa, todos los días, si la política sirve para algo o no.
Las municipalidades no pueden ser solo administraciones comunales. Deben ser gobiernos locales transformadores. Espacios donde la democracia se fortalezca, los derechos se hagan efectivos, la participación deje de ser una promesa y se convierta en práctica cotidiana. Donde la transparencia no sea un discurso, sino una forma de gobernar. Y donde el Estado vuelva a demostrar que puede mejorar la vida de las personas.
Lo vemos en Maipú, donde se recuperó una municipalidad golpeada por la corrupción y se devolvió la confianza en lo público.
Lo vemos en Viña del Mar, donde se ha demostrado que la gestión puede estar al servicio de las personas y no de los privilegios.
Lo vemos en Valdivia, en Valparaíso y en tantas otras experiencias locales donde el progresismo ha logrado combinar responsabilidad, participación, transformación y sentido de urgencia.
No son experiencias perfectas, pero sí son una demostración clara de algo primordial: nuestras ideas funcionan cuando se convierten en gestión.
El progresismo no es solamente un horizonte ético. También puede ser una forma eficiente, moderna y cercana de gobernar. Desde los territorios también se puede pensar en un proyecto de país.
Durante mucho tiempo, desde la izquierda chilena pensamos la transformación principalmente desde el Estado central, pero no existe transformación nacional sin arraigo territorial. No existe mayoría social sin comunidad organizada. No existe proyecto histórico si no somos capaces de mejorar la vida cotidiana de nuestro pueblo.
Debemos consolidar una identidad municipalista. Una identidad que reconozca a los gobiernos locales como protagonistas de un proyecto político progresista, que promueva la descentralización efectiva del poder, que combata las profundas desigualdades territoriales que existen en Chile, que avance hacia una democracia más participativa y que construya un sello reconocible basado en los cuidados, la inclusión, la transparencia y la justicia social.
Necesitamos que las experiencias locales dialoguen entre sí. Y necesitamos compartir aprendizajes, formar nuevos liderazgos, construir capacidades.
Porque la disputa que tenemos por delante no es solamente electoral. Es cultural. Es ética. Es una disputa por el sentido de país.
El gobierno ultraconservador que hoy encabeza Chile pretende convencernos de que el individualismo es inevitable, que la desigualdad es natural y que el mercado puede resolverlo todo.
Nosotros creemos exactamente lo contrario.
Creemos que la libertad solo es posible cuando existen derechos, que la seguridad también se construye con cohesión social, que el desarrollo debe llegar a todos los territorios, creemos que la democracia debe ampliarse y no restringirse, y creemos profundamente en la capacidad de nuestro pueblo para construir un futuro mejor.
Las grandes transformaciones nunca han sido obra de minorías iluminadas. Han sido obra de mayorías esperanzadas.
Y esas mayorías se construyen escuchando, organizando, gobernando bien y demostrando, con hechos, que otro Chile es posible. Desde los territorios, desde los barrios, desde los gobiernos locales. Asumiendo la responsabilidad histórica de volver a ofrecerle al país un horizonte de esperanza.
*Bladymir Muñoz, militante del Frente Amplio, es concejal de Maipú.
** Esta columna está basada en un documento difundido por el autor en el contexto del Primer Congreso Ideológico del Frente Amplio.