Cada cierto tiempo, y especialmente cuando las derechas avanzan en todo el mundo, vuelve la misma discusión. Hay quienes sostienen que la izquierda debe dejar atrás las llamadas «agendas identitarias» y volver a concentrarse en los problemas «reales»: el crecimiento económico, el empleo, los salarios, la seguridad. En ese relato, el feminismo se tilda de distracción o de agenda de segundo orden, o, usando la etiqueta de moda, una expresión de la política «woke».
El argumento parte de un diagnóstico equivocado. Porque supone que el feminismo es una agenda particular, cuando en realidad constituye una de las reflexiones políticas más profundas que ha producido la izquierda contemporánea sobre la democracia, la igualdad y el poder.
Reducir el feminismo a una discusión sobre lenguaje inclusivo o representación simbólica es desconocer su aporte histórico. Desde hace décadas, los feminismos vienen preguntándose por cuestiones que están en el corazón de cualquier proyecto transformador: quién realiza el trabajo indispensable para sostener la vida, cómo se distribuyen el tiempo y los cuidados, quién puede participar efectivamente en política, cómo operan las violencias para excluir a determinados grupos del espacio público y de qué manera las instituciones reproducen relaciones de dominación incluso cuando proclaman la igualdad formal.
En otras palabras, el feminismo nunca dejó de hablar de las condiciones materiales de existencia. Lo hizo ampliando el concepto mismo de justicia.
Durante demasiado tiempo, la política entendió la desigualdad casi exclusivamente como un problema de distribución del ingreso. Sin embargo, las sociedades democráticas también producen exclusión cuando niegan reconocimiento a ciertos grupos y cuando impiden que todas las personas participen en igualdad de condiciones de las decisiones colectivas. No basta con redistribuir riqueza si el trabajo de cuidados continúa descansando de manera desproporcionada sobre las mujeres. No basta con reconocer derechos si la violencia sigue limitando la libertad de millones de personas. No basta con abrir formalmente los espacios de poder si existen barreras estructurales y materiales que impiden habitarlos en igualdad.
Quizás por eso el feminismo ha sido una de las corrientes políticas que con mayor claridad ha insistido en que la democracia no puede medirse únicamente por la existencia de elecciones libres o de derechos escritos en una Constitución. Una democracia también se juega en quién tiene tiempo para participar, quién puede vivir sin miedo, quién dispone de autonomía económica, física, reproductiva y quién carga silenciosamente con el trabajo que sostiene a toda la sociedad.
Algunos plantean que, frente al avance de las extremas derechas, la izquierda debe «volver a los trabajadores». La afirmación es correcta, tenemos que volver a hablar de desigualdad, precariedad y redistribución. Pero resulta profundamente equivocada si supone que ello exige abandonar el feminismo. O no entiende el poder transformador de la agenda feminista de izquierda. Porque la clase trabajadora del siglo XXI tiene rostro de mujer. Incluye a quienes sostienen dobles y triples jornadas entre el empleo remunerado y los cuidados no remunerados; a trabajadoras informales; a mujeres migrantes; a quienes sobreviven en empleos precarizados o en plataformas digitales. Ignorar esa transformación no fortalece una política de clase: la vuelve incapaz de comprender la realidad que pretende transformar.
De hecho, una parte importante del éxito de las nuevas derechas consiste precisamente en haber comprendido que la disputa ya no es solamente económica. El autoritarismo contemporáneo busca restaurar jerarquías sociales que el feminismo ha contribuido a cuestionar. Por eso los ataques contra los derechos sexuales y reproductivos, las políticas de igualdad, la educación sexual o la participación política de las mujeres nunca aparecen de manera aislada. Forman parte de un mismo proyecto que reivindica el orden, la autoridad y una determinada idea de familia como fundamento de la organización social.
No es casual que el antifeminismo se haya convertido en uno de los principales puntos de encuentro de las derechas radicales a nivel mundial. Han entendido que el feminismo no amenaza únicamente determinados privilegios masculinos. Sino que también desafía formas históricas de concentración del poder y propone una democratización mucho más profunda de la sociedad. Eso es lo que buscan combatir.
Un proyecto de izquierda actual debería aprender una lección de esa constatación, porque el feminismo ha sido capaz de elaborar una de las propuestas más completas sobre cómo construir igualdad en sociedades complejas. Necesitamos crecimiento, empleo, mejores salarios y sistemas de protección social robustos. Pero nada de eso es suficiente sino entendemos las formas interseccionales de opresión. También tenemos que pensar en distribuir cuidados, democratizar y legitimar instituciones, erradicar violencias, ampliar la participación política y reconocer que la igualdad exige transformar relaciones de poder profundamente arraigadas.
El feminismo no reemplaza la política económica ni la discusión sobre el empleo. Las completa, las complementa. Las vuelve más democráticas. Las hace capaces de responder a la sociedad que efectivamente existe y donde habitan múltiples formas de desigualdad y discriminación. En un momento en que el autoritarismo avanza ofreciendo certezas simples, jerarquías rígidas y nostalgias de un pasado desigual, la izquierda necesita ofrecer un horizonte distinto. No uno que abandone el feminismo para parecer más competitiva en elecciones, sino uno que comprenda que, sin cuestionar todas las formas de concentración del poder, no existe proyecto democrático capaz de perdurar.
El feminismo no es un desvío de la izquierda. Es una de sus mejores herramientas para imaginar y construir futuro.
*Mistral Ensignia Fries es abogada, feminista y académica universitaria.