Fue un lugar común que los estudiosos del sistema político chileno del siglo XX subrayaran la peculiar coexistencia de dos partidos populares de inspiración marxista, omitiendo a una tercera fuerza de izquierda que subsistió durante más de cuatro décadas. Por tal motivo reviste el doble carácter de novedoso y reparatorio el libro Historia del Trotskismo en Chile 1931-1973 (Santiago, Ariadna Ediciones, m arzo de 2026, 344 páginas), el cual, como todas las publicaciones de Ariadna, puede descargarse libremente en el link https://ariadnaediciones.cl/images/pdf/HistoriaDelTrotskismo.pdf (también puedes encontrar el libro en la Biblioteca del Portal Socialista www.portalsocialista.cl).
Sin ser trotskista ni un experto en su historia –aclaro–, sino conocedor en algo de las vicisitudes de su petite histoire y con una posición frente al libro, me permito anotar algunas observaciones con el ánimo de contribuir al debate que esta obra debiera abrir.
Una contribución historiográfica
El libro que nos convoca rescata no solo la historia del trotskismo local y sus ramificaciones nacionales e internacionales, sino facetas olvidadas del pasado de nuestras izquierdas fundadas en un amplio aparato informativo. Sus autores son Andrey Schelchov, historiador ruso especializado en historia de la izquierda chilena y que ha hecho numerosas estadas en nuestro país; Manuel Loyola, historiador con estudios de posgrado en Filosofía Política e impulsor de diversas iniciativas editoriales, como la revista Izquierdas y la Editorial Ariadna; y Matías Villa, investigador mucho más novato generacionalmente que los anteriores, pero que sorprende por su erudición y laboriosidad con la cual ha formado un vigoroso archivo histórico que generosamente ofrece a quienes le solicitan información.
La obra hace un recorrido por la presencia del trotskismo en Chile desde fines de la década de 1920 –cuando Stalin concentra todo el poder en la Unión Soviética desplazando a todas las otras tendencias dentro del Partido Bolchevique–, hasta la derrota del gobierno de la Unidad Popular en 1973, aunque la investigación se prolonga a los años posteriores al golpe de Estado. El libro incluye una bibliografía actualizada del tema, documentos que ilustran las concepciones políticas del trotskismo en diversos momentos, semblanzas biográficas y una notable iconografía de algunos de sus destacados militantes.
En cierto modo, esta obra viene a ser una reparación, más que a partidos determinados, a una cultura política estigmatizada por la tradición estalinista: “El propio nombre de trotskismo –escriben los autores– adquirió un significado denunciatorio en boca de sus oponentes, sin entrar en la discusión sobre la esencia de las contradicciones y divergencias en la problemática de la revolución socialista y del movimiento comunista. Los que fueron odiosamente calificados de trotskistas, trotskistas-fascistas, etc., preferían considerarse “bolcheviques-leninistas”, “marxistas revolucionarios”, “comunistas-internacionalistas” y, solo después de la muerte de Trotsky, el nombre “trotskista” fue llevado con orgullo por sus seguidores, independientemente de las innumerables escisiones y los enfrentamientos que se produjeron en el seno del movimiento que llevaba este nombre” (pp. 14-15).
Dentro de estas prácticas “denunciatorias”, una de las más acerbas fue la de Carlos Contreras Labarca, quien en su folleto El Trotzkismo (1937) señalaba: “Hace años que el trotzkismo dejó de ser una corriente política. Hoy no es más que una banda de delincuentes de derecho común, contra la cual la justicia proletaria –en defensa de la revolución mundial– está aplicando su puño de acero” (p. 5); “El proletariado mundial ha sabido comprender la profunda significación del enjuiciamiento y castigo de los trostzkistas por el pueblo soviético, no sólo en interés de la Patria Socialista, sino en interés de la clase obrera del mundo entero” (p. 9).
“En los procesos de Moscú, el juez fue el pueblo soviético, glorioso y heroico, que muestra al mundo el camino de la redención y su sentencia salvaguardia la paz y la libertad de todos los pueblos de la tierra. Los condenados eran los últimos restos de las clases explotadoras y parasitarias que no se resignan a morir sin intentar los crímenes más abominables contra el proletariado triunfante: eran hombres que trabajaban por entregar el mundo a la barbarie capitalista, a la esclavitud del fascismo” (p. 46).
Citas de este tono –algunas de las cuales hemos destacado con cursivas–, ya no solo de Contreras Labarca, sino de la ingente prensa comunista se podrían aumentar indefinidamente sin alterar el (pre) juicio de fondo que entrañan. Tales juicios, ciertamente, no fueron ajenos al naciente Partido Socialista de comienzos de la década de 1930, pero, después del ingreso de un sector de la Izquierda Comunista, el socialismo vernáculo silencia sus reparos y comienza a incorporar las obras de Trotsky a su acervo doctrinario.
Por otro lado, el libro enriquece la bibliografía sobre el trotskismo chileno ya que, si bien existen múltiples ensayos, artículos monográficos e incluso memorias, solo se disponía de un trabajo globalizador: Contribución para una historia del trotskismo chileno 1929-1964 (2000), de Nicolás Miranda, descargable en el link https://www.archivochile.com/Izquierda_chilena/vision_gen/ICHvisiongen0025.pdf, el cual –hay que decirlo– ha sido utilizado con provecho en este nuevo estudio. Desde luego, la nueva obra no agota el tema, pero si representa un valioso esfuerzo por recuperar episodios, figuras y la presencia político-ideológica del trotskismo en nuestro medio.
La disidencia comunista y la controvertida figura de Manuel Hidalgo
La obra comprende diversos capítulos, sin embargo, subyace en ella una división básica: expone, primero, la constitución de la llamada “disidencia comunista” y, luego, el desarrollo de las organizaciones posteriores a su disolución ligadas, más tarde, a la(s) Cuarta(s) Internacional(es).
En la primera parte, se aborda la genealogía de la disidencia comunista en la Unión Soviética y sus repercusiones internacionales, luego se pasa a los inicios de las desavenencias dentro del Partido Comunista chileno bajo la dictadura de Ibáñez (1927-1931) dejando, empero, un antecedente valioso sin revisar: la presencia de la figura de Trotsky y la recepción de su obra intelectual durante la década que precede al destierro del “profeta” como lo llama Isaac Deustcher. Para ello, habría bastado revisar publicaciones de avanzada como las revistas Juventud, Numen y Claridad de la FECH que constataría esa presencia. Del mismo modo, no menos relevante habría sido consignar la temprana publicación del libro de Trostsky, El bolcheviquismo ante la guerra y la paz del mundo, editado por Numen en Santiago en 1919. Habría sido valioso, destacar, asimismo, que el libro-reportaje de Recabarren Rusa Obrera y Campesina (1923) reproduce un informe de Trotsky y pondera favorablemente su personalidad política. Referencias similares pueden hallarse en los libros Tierra de Águilas (1929) y En el país de Lenin (1932) del ensayista Eugenio Orrego Vicuña, visitante de la URSS en la década de 1920 y del que nuestros investigadores dejan constancia en su estudio (p. 104).
En los años siguientes, habrá una eclosión de publicaciones de obras de León Bronstein en las prensas nacionales que indican una demanda del público lector por conocer su pensamiento y por los núcleos de izquierda distantes del estalinismo de asimilarlo (esto, sin registrar las abundantes ediciones que llegaban de Argentina, México y España). Así, en 1933 se publican en Santiago: La revolución permanente; El fracaso del Plan Quinquenal; y, Lenin: su vida y su obra. En 1935: Lucha contra el fascismo. En 1936 la Editorial Ercilla publica en cinco tomos Mi vida, autobiografía del caudillo. Luego, en 1936 la misma editorial edita La revolución traicionada y, un año más tarde, Zig-Zag imprime Los crímenes de Stalin. En 1939 aparecen: Lecciones de Octubre; Su moral y la nuestra; y, España, última advertencia. Finalmente, en 1940, año de su asesinato, el Manifiesto sobre la guerra: IV Internacional. Cabe agregar en este listado La orgullosa vida de Trotsky, de Pierre Fervacque, publicado por Editorial Cultura en 1935. Señalamos estos datos porque el llamado giro de la “historia intelectual”, a menudo pone más énfasis en el “impacto” editorial de ciertos autores que en los contenidos de sus doctrinas, siendo este uno de los criterios indicadores de la circulación de las ideas, sin embargo, este tópico no está visibilizado en el libro.
A la figura de Manuel Hidalgo, al “hidalguismo” y a la formación de la disidencia comunista, el libro dedica cuatro capítulos con cerca de 70 páginas, representando un tercio del cuerpo de la investigación, lo cual justifica detenernos en su tratamiento. El libro registra la expulsión de Manuel Hidalgo del PC, debida primordialmente a su decisión de desarrollar una línea política nacional con cierta autonomía del SSA (Secretariado Sudamericano de la Komintern o Tercera Internacional). Sus desobediencias, como muestra esta historia, causaron la irritación de los agentes del estalinismo: “La Komintern denunció la línea política de los hidalguistas de preferir las formas legales de la lucha política pues ello hacía peligrar la organización del partido frente a las acciones policiales de la dictadura, e insistió en reforzar el trabajo clandestino. El SSA calificó la posición hidalguista de liquidacionista y oportunista de derecha. El emisario del SSA, Vittorio Codovilla, concluyó que todos los miembros del Comité provisional no cumplían los criterios bolcheviques y, por tanto, debían ser sustituidos por otro Comité Central” (p. 37).
Huelga añadir que en esos años la dirigencia comunista se empeñó en una campaña denigratoria contra Hidalgo. Muestra reveladora de esta tentativa es el folleto Manuel Hidalgo. Colaborador profesional con la burguesía. Carta del Comité Central del Partido Comunista a los trabajadores que siguen a Hidalgo (1934), texto no incluido en el repertorio bibliográfico de la investigación, pero atingente a ella porque refleja toda la concepción delirante del estalinismo nativo durante el “Tercer Período”. Del rosario de epítetos incluidos en el libelo bastaría con copiar algunos subtítulos para formarse una idea de su contenido: “El hidalguismo, agencia burguesa en el campo proletario”, “Hidalgo, liberal burgués, profundamente reaccionario”, “Defensor del imperialismo”, “Defensor del Estado feudal-burgués”, “Social-patriota”, etc. Basta, asimismo, citar un argumento de la “Carta” para convencerse de que Hidalgo encarnaría en su persona todas las inmoralidades de un político venal: “Hidalgo es un desperdicio del viejo Partido Socialista que no asimiló jamás los principios del marxismo-leninismo, que sigue siendo aún hoy día (…) trotzkista, un vulgar liberal burgués reaccionario, que es un ayudante consciente y perseverante de las clases dirigentes, que lucha con encarnizamiento contra la alianza de los obreros y campesinos (…) que dedica todas sus energías a colaborar con los diversos bloques de hacendados y capitalistas” (pp. 54-55).
Todavía en 1952 Luis Corvalán escribía en su libro Ricardo Fonseca, combatiente ejemplar que los trotskistas “capitaneados por Manuel Hidalgo, se habían arrogado, en 1933, el nombre del Partido Comunista adherido a la Internacional Comunista”, pero una vez desenmascarados pasaron a llamarse Izquierda Comunista, “adherida a la inexistente Cuarta Internacional. Pero los obreros chilenos no querían nada con Hidalgo ni su Izquierda Comunista” (p. 87). A lo cual agregó a la edición de 1971, es decir, 20 años más tarde cuando Hidalgo ya había fallecido, que aquel, por el hecho de declarar haberse acomodado al ambiente parlamentario, “el pueblo lo bautizó Don Acomodado Hidalgo” (p. 69). Como se puede observar, Hidalgo fue un fantasma que penó a los comunistas por varias décadas…
La imagen de Hidalgo presentada por los publicistas estalinistas semeja la llamada falacia del “hombre de paja”, esto es, una construcción hecha con retazos de sus actuaciones, frases truncas de sus intervenciones y atribuciones de índole moral que dan por resultado un ser abominable para hacer más digerible su aniquilación como figura política. Después de ser desahuciado como trotskista, tuvieron que pasar varias décadas para que la imputación de este “delito” fuera completamente descartada por la desaparecida investigadora Olga Ulianova. Su trabajo “La figura de Manuel Hidalgo a través de los archivos de la Internacional Comunista” (en el libro Por un Rojo Amanecer, editado por Manuel Loyola y Jorge Rojas, Santiago, 2000) demuestra que no hay ningún antecedente serio que permita sostener esa acusación.
En general, la historiografía ha sido escueta para tratar la figura de Manuel Hidalgo y ponderar su legado, pese a ser un actor de primera línea en las izquierdas. Por lo mismo, queda pendiente –para futuras investigaciones– un trabajo monográfico que, sin canonizarlo, reconstruya su larga trayectoria política de más de seis décadas, desde comienzos del siglo XX hasta su muerte en 1967.
Asimismo, convendría revisar sus escritos de prensa, correspondencia y discursos parlamentarios. Sus textos tal vez no exhiban un pensamiento original, pero mostrarían el estado de asimilación de la doctrina socialista por uno de los principales dirigentes nacionales del PD (en cuya calidad presidió el Congreso Social Obrero de 1910), del POS, del PC, de la IC y luego, del PS. Y, si bien es cierto que no fue un “teórico” de oficio, era en cambio un obrero ilustrado y al corriente de los acontecimientos históricos.
La recopilación de sus obras y el examen crítico de ellas sorprendería a muchos estudiosos que rastrean la recepción del marxismo en Chile y sus intentos de aplicarlo creadoramente para interpretar nuestra realidad. Con todas sus explicables insuficiencias, Hidalgo se atrevió a acometer esta tarea, contribuyendo al establecimiento de una continuidad ideológica e histórica entre las agrupaciones socialistas de comienzos del siglo XX encabezadas por Recabarren y las tendencias emergentes de la década de 1930 bajo el liderazgo de Marmaduke Grove, Eugenio Matte y del joven médico Salvador Allende.
Prueba de esta aserción es una síntesis de su ideario político presentado para un reportaje en medio de la crisis del capitalismo:
“El socialismo es el sistema con organización social en que los medios de producción están socializados. Yo soy socialista porque, frente al régimen actual, de completa desorganización en la producción, y en el que el maquinismo ha creado el problema irresoluble de la cesantía y el hambre como consecuencia de éste, no hay otro camino para salvar el progreso de la humanidad que ir a la socialización como único medio de regular la producción y suprimir, así, el hambre que azota a las masas productoras (…). Y es que el maquinismo al perfeccionarse en su lucha, desesperada por desplazar a los competidores del campo de la producción, ha llegado a sistemas tan perfectos, que desplazan casi en su totalidad a la masa obrera (…). Después de la Guerra, se arruinó a todos, los economistas burgueses creyeron que el capitalismo seguiría manteniéndose y que se salvaría al mundo de la miseria, yendo a una producción interna; pero la producción que se desarrolló con tanta fuerza en los países capitalistas, no alivió en forma alguna el desastre económico que agobia a la humanidad en estos días; porque si ayer la falta de producción era la causa de la miseria, hoy lo es por exceso de producción. Y esta es la fundamental razón por la cual nos encontramos ante la absurda paradoja de que, en el mundo capitalista, las masas productoras se retuercen de hambre. Yo creo que el socialismo será el único régimen que puede solucionar el problema (…). Soy socialista porque creo que no es el producir o el no producir en la forma en que actualmente está organizada la producción lo que salvará a las multitudes hambrientas, sino el cambio de los sistemas que rigen hoy al mundo, por una nueva, brillante y sólida implantación del régimen socialista” (Manuel Hidalgo, “Por qué soy socialista”, Lectura N° 1, 13 de octubre de 1932, p. 46).
Los trotskistas en la vida política nacional
Una de las dificultades presentadas para los lectores de este libro es seguir, sin perder el hilo, el decurso centrífugo de las fuerzas trotskistas en nuestro ambiente, ya que las sucesivas divisiones –muchas de ellas generadas por disputas internacionales– dan nacimiento a múltiples organizaciones fugaces. Para no perderse en las nomenclaturas de estos agrupamientos ayuda en algo consultar con frecuencia el glosario, pero sus abreviaturas son limitadas para dar cuenta de las numerosas capillas.
A pesar de estas proliferaciones, el Partido Obrero Revolucionario (POR) se constituyó en la principal fuerza trotskista con presencia nacional. Fundado en 1936 con el sector de la Izquierda Comunista que rechazó ingresar al PS, su vida se prolongó hasta 1964 cuando se fusionó con otros grupos para crear el efímero Partido Socialista Popular que más tarde sería una de las fuerzas integrantes del MIR. Sobre las características del POR, el libro nos dice: “No fue un gran partido, pero tuvo una vida interna rica en discusiones, intercambio de ideas e información. Fue un grupo propagandístico que no pretendió la gran política nacional (…). Al pasar el tiempo, en los 60, la vida interna del POR (T) se redujo al estudio de las decisiones del SI y de las ideas de su líder Juan Posadas. Los problemas nacionales en su prensa siempre ocuparon un lugar secundario. Esta peculiaridad del posadismo lo llevó al sectarismo y autoaislamiento sobre todo en los 60-70” (pp. 186-187).
Pero este juicio, más bien reduccionista, contrasta con la información proporcionada por el propio libro, donde se lee que el POR tuvo un papel significativo en el movimiento popular chileno desde la década de 1940 en adelante. Desarrolló un trabajo vecinal y sindical, consiguiendo una importante presencia en el Magisterio, en los gremios de los trabajadores de la Salud, de la Construcción, Ferroviarios, Mineros del Carbón, del Vidrio, Obreros Municipales, Metalúrgicos, Textiles. Participaron en la CUT logrando elegir dirigentes nacionales en ese organismo. Del mismo modo, respaldaron candidaturas en la FECH y sus militantes participaron activamente en la “Revolución de la Chaucha” de 1949 y el levantamiento popular del 2 y 3 de abril de 1957.
Respecto a su participación en los procesos electorales, se revela que el POR también tiene una historia, aunque esta sea exigua y zigzagueante. El libro da algunos datos: en 1938 el POR rechazó incorporarse al Frente Popular por considerar su política una “forma de la colaboración con burguesía” (p. 106). En 1940 levantó la candidatura senatorial en Santiago del obrero baldosista Marcos Contreras quien obtuvo “un poco más de mil votos, que no fue un mal resultado” (p. 120). En 1942 propuso su propio candidato presidencial que fue el obrero de la construcción Humberto Valenzuela Montero: “La tesis principal de su campaña fue la propaganda de la vía revolucionaria, condenando la política colaboracionista del PC y PS. El resultado, siendo modesto, no fue mísero: 5.732 votos, mientras el PS había obtenido apenas 12.000 votos. El POR confirmó su línea de frente único de clase, de lucha contra el reformismo en el movimiento obrero, la política de “clase contra la clase” y de la independencia de la clase obrera” (p. 120). No obstante estas incursiones electorales, los trotskistas, anotan nuestros autores,
“adoptaron una posición flexible sobre la vía electoral, por un lado, denunciando el propio proceso como farsa y lleno de falsificaciones, así como un campo de maniobras políticas para los oportunistas del movimiento obrero, comunistas y socialistas, y por otro, proponiendo la alternativa “por abajo”, contraria a las alianzas partidistas –“por arriba”– que practicaban el PS y el PC, a través de la nominación de candidatos obreros desde los sindicatos. Sin embargo, tal línea no podría realizarse sin la participación de los mismos socialistas y comunistas, ya que el POR carecía de número e influencia en los sindicatos (…). Los trotskistas recurrieron a otra táctica para participar en las elecciones municipales a través de los Comités Independientes formados localmente, que nominaron candidatos de los trabajadores (como en Nueva La Legua, 1956). Estos comités buscaron el apoyo de otros partidos de izquierda, pero sin éxito, lamentablemente para el POR” (p. 155).
Un nudo no resuelto que deja esta investigación –al igual que la de Nicolás Miranda– es la ausencia del POR de las justas parlamentarias ya que episodios aislados no constituyen en sí una política orientada a conseguir una representación directa en las tramitaciones legislativas. Política inexplicable en un país como el nuestro en el que sustraerse de las lides parlamentarias equivale a dejarle el terreno libre a los representantes de las clases privilegiadas para que legislen impunemente a favor de sus intereses particulares. ¿Fue por una incapacidad orgánica o por posiciones de principios que los trotskistas no tuvieron inserción parlamentaria? Este asunto queda abierto porque sin la presencia del POR en esos comicios es muy difícil cuantificar el respaldo ciudadano real a sus políticas.
Respecto a las elecciones presidenciales, el libro da más noticias. Relata que el POR participó en la Convención del FRAP de 1957 respaldando la candidatura de Salvador Allende, decisión que “iba en contra de toda la tradición política del POR”, pues calificaban al candidato de ser “un portavoz del reformismo de derechas, y que ni siquiera hablaba de un gobierno de naturaleza socialista, sino democrático”, pero que, “la campaña electoral y la lucha por la victoria de Allende era un campo importante para educar y elevar la conciencia de las masas, sin olvidar ni por un momento el objetivo de la lucha por el socialismo” (p. 167).
Del mismo modo, los trotskistas en las presidenciales de 1964 apoyaron a Allende sumándose a los Comités Allendistas por todo el país y, además, llamaron a las organizaciones de base del FRAP, a los Comités Allendistas, “a ser un germen del poder popular, garantizando el reconocimiento de la futura victoria de Allende, siendo un embrión de los soviets y el futuro poder dual” (p. 192).
En vísperas de las elecciones de 1970, los viejos trotskistas, ya militando en el MIR, coherentes con sus posiciones anteriores, manifestaron su apoyo a la candidatura de Allende. Luis Vitale y Humberto Valenzuela “fueron partidarios de una política más ágil, de discutir en el partido la actitud a la candidatura de la Unidad Popular, del bloque de los socialistas y comunistas” (p. 199). En cambio, Miguel Enríquez, “estuvo a favor del boicot”, lo cual provocó la crisis del movimiento. El texto describe la reunión del Comité Central del MIR del 27 de julio de 1969, donde se expulsó a los trotskistas del MIR. Sin embargo, cabe agregar que esta expulsión fue, literalmente, “a punta de pistola”, pues seguidores de la posición de Enríquez concurrieron al evento premunidos de armas que, en el momento más álgido de la discusión, las exhibieron como “última ratio” porque el boicot contra las elecciones debía comenzar por la casa propia. Todavía hay testigos de estos incidentes que la historia ha silenciado porque no es políticamente correcto ventilarlos.
Intelectuales trotskistas
El trotskismo siempre contó con un importante elenco de intelectuales, hecho que no está suficientemente destacado por el libro. Fuera de los mencionados y reseñados en el apéndice –Mendoza, Waiss, Vitale y otros–, se han omitido importantes figuras, entre ellos a Abraham Pimsteim, ensayista y pensador de nota, fundador de la Escuela de Bibliotecología de la Universidad de Chile. Entre sus obras se cuentan Teilhard de Chardin, la evolución desfigurada, una crítica al estructuralismo de Althusser publicada en la caraqueña revista Nueva Sociedad y varias obras inéditas, entre las cuales destaca un estudio sobre Luciano de Samosata. Falleció exiliado en Venezuela en 1989.
Gabriel Smirnow es autor también de una vasta obra teórica, entre la que sobresale La revolución desarmada: Chile 1970-1973, publicado por la editorial trotskista mexicana Era en 1977, y Multinacionales y dictaduras en América Latina, editado en Madrid en 1979 con el seudónimo de Gabriel Santana. Una figura olvidada es el profesor de Filosofía León Grimberg (fallecido en 1974) quien dejó también importantes ensayos como una “Teoría sobre la Justicia”, estudios históricos sobre los esenios y extensas cartas de apoyo a las candidaturas de Salvador Allende desde 1964 en adelante.
Otro gran intelectual de filiación trotskista –a su modo– fue el escritor Manuel Rojas, quien en su magnífico libro De la poesía a la revolución (1938) incluye el ensayo “León Trotsky y la dinámica revolucionaria”, y dos años después, escribe su emotivo homenaje “El último combatiente”, aparecido en la revista Babel en la edición de enero-abril de 1941, con ocasión del asesinato de Trotsky. Manuel Rojas fue un asiduo participante en las llamadas “misas rojas”, que realizaba la comunidad trotskista chilena cada 20 de agosto como un ritual laico para rememorar la figura del fundador del movimiento en los aniversarios de su martirio.
Entre las intelectuales militantes del POR, destacó Stella Díaz Varín, “La Colorina”, poeta telúrica y rupturista de la Generación del 50, de gran ascendiente en las letras nacionales. Recordamos con afecto a Manuel Gaete Anfossi –yerno y discípulo de Abraham Pimstein–, ingeniero civil de gran dominio de las ciencias exactas y sociales, militante socialista hasta sus últimos días, con larga estancia en Venezuela y autor de una tesis de posgrado sobre las teorías de Friedrich von Hayek. También cabría hacer un levantamiento de la producción de Federico García Morales, calificado por algunos de sus contemporáneos como una de las “lumbreras” de los años 60, quien desarrolló trabajos de Antropología Cultural y análisis político en Estados Unidos y México, país donde falleció, respaldando hasta el final al Movimiento Zapatista.
Por fin, evocamos al mencionado Martín Zárate, a quien Stella Díaz recuerda como un obrero puro, pero también como “un verdadero cientista político” que “sabía más que todos nosotros” (p. 188). Tales conceptos no pueden ser más acertados, pues Martín Zárate fue un hombre cultivado cuyo saber eclipsaría a muchos de los actuales posgraduados habilidosos en papers indexados. Durante años mantuvo un carro de libros usados que vendía a la salida del antiguo Pedagógico, departiendo e intercambiando ideas de alto vuelo con estudiantes y académicos. En sus últimos años vivió modestamente con una pensión esmirriada por el saqueo perpetrado por la dictadura contra los jubilados.
A modo de cierre de esta rápida revisión, no podemos dejar de recalcar la aportación de la revista Babel que este libro –al igual que el de Nicolás Miranda– acredita (pp. 104-105), pues en nuestros días el mundo académico la conceptúa como una de las tribunas del pensamiento crítico más lúcidas del Continente en la pasada centuria.
Trotskistas dentro del Partido Socialista
La parte final del libro aborda la presencia del trotskismo durante la Unidad Popular, informando sobre las dos orgánicas entonces existentes con ligazones a la escindida Cuarta Internacional: el Partido Obrero Revolucionario (Trotskista) y el Partido Socialista Revolucionario, del cual se reproduce un “Informe Político Nacional”, presentado para su Congreso de fundación en diciembre de 1972, en el cual hay un análisis histórico donde se advierte la inconfundible mano del maestro Luis Vitale.
Queda, sin embargo, un vacío: no se explora la presencia de ex trotskistas, filo trotskistas y cripto trotskistas dentro del Partido Socialista en ese período. Sin duda, muchos de los dirigentes con impronta trotskista indicados en los capítulos anteriores siguieron operando dentro del PS. Pero, ¿qué pasó con ellos? Este es un asunto que requeriría seguir el complejo itinerario de la cultura trotskista dentro del socialismo. No obstante, se puede hacer un esquema general de su periplo, limitado, como todo esquema y sujeto a mejoramientos.
Quizás uno de los trotskistas más destacados del PS fue el Dr. Jorge Mac-Ginty, quien era miembro de su Comisión Política al momento de la sublevación militar. Un dato relevante –dado a conocer verbalmente por el desaparecido dirigente socialista Alfonso Guerra– es que Mac-Ginty, amigo personal de Allende desde la Escuela de Medicina y los tiempos del grupo Avance, fue, en los hechos, el puente entre el presidente y los trotskistas, no solo del PS, sino de las otras orgánicas que actuaban fuera de la UP, manteniendo el mandatario si no el control de su hábil “muñeca”, al menos una coordinación con el conjunto del espectro trotskista.
Por otro lado, dentro de los múltiples datos consignados en el último capítulo, es necesario corregir uno erróneo: en la página 210 se afirma que el “principal representante” de los socialistas de izquierda habría sido Pedro Vuskovic. Esta afirmación no puede tenerse por exacta puesto que Vuskovic –quien en su juventud fue militante comunista y trabajó en las campañas de Salvador Allende desde 1952– ingresó al PS solo después del triunfo de la U.P., y no tenía pasado partidario ni cargos dirigenciales que le granjearan un liderazgo ante las bases históricas de la colectividad donde las trayectorias importaban.
Con todo, dentro del PS subsistía una tendencia trotskista –junto a otras abiertamente izquierdizantes– que durante el Gobierno Popular fue más proclive al trabajo con el “Polo Revolucionario” y crítico con la llamada ala “reformista” de la Unidad Popular (léase el PC). Sorprendentemente, muchos de sus dirigentes provenían del Partido Socialista Popular y habían tenido mayores afinidades con la línea de Ampuero que con la de Allende, por lo cual, creemos, que esta adscripción refluyó más tarde en el “fuego amigo” durante su mandato provocando la desazón del presidente con los mandobles de su propio partido… pero esto es asunto de otro examen que por ahora dejaremos de lado…
Parte de estos núcleos formaron la Coordinadora Nacional de Regionales (CNR), dada a conocer después del “tanquetazo” del 29 de junio de 1973 que, en la práctica, significaba una dirección paralela o, más bien, un trabajo fraccional que se materializó después de la contrarrevolución. No toda la CNR era trotskista, pero si importantes dirigentes de ella. Otro sector cercano al trotskismo (Adonis Sepúlveda, Oscar Waiss) permaneció dentro del PS, pero cuando se produjo la división de 1979, cerró filas con la colectividad encabezada por Altamirano porque recelaba de la cercanía de Almeyda con la órbita comunista.
Más tarde, a comienzos de la década de 1990, cuando se fusionaron las diversas orgánicas del socialismo chileno, concurrió al proceso de unificación un grupo de trotskistas liderado por el profesor de Filosofía Jorge Georgacopulos (conocido cariñosamente como “Zorba el Griego”) y donde participaban, entre otros, el joven dirigente sindical bancario Luis Mesina. Sería desdoroso calificar esta participación de “entrismo”, toda vez que en ese proceso si hicieron “entrismo” una serie de actores con una solapada adhesión ideológica liberal y una agenda pragmatista ajena a la tradición del socialismo chileno, ávidos de cargos y prebendas que audazmente obtuvieron bajo los gobiernos posdictatoriales.
Palabras finales
La obra comentada está elaborada con rigor y respaldada en fuentes documentales y estudios recientes, mérito de suyo sobresaliente, a lo cual hay que agregar que sus autores, según entendemos, no provienen de la cultura política trotskista y, por lo mismo, no nos proporcionan una mirada idealizada por el sesgo partidaria, sino que ponen en valor con cierta distancia y rigor metodológico la vida política de un sector de la izquierda chilena que durante más de medio siglo tuvo una inserción en el movimiento popular.
De este modo, el libro –como sostuvimos al comienzo–, reviste un carácter reparatorio para con un colectivo político que, pese a las estigmatizaciones, se la jugó, bien o mal, pero se la jugó al fin, por un cambio social. Invitamos, pues, a leer el libro no solo por su contenido informativo, sino porque la experiencia reseñada –con sus luces y con sus sombras– puede ser de gran valor para las nuevas generaciones que, en estos momentos dramáticos que vive la humanidad, abrazan los ideales emancipatorios de la transformación del mundo.
*Marcelo Alvarado Meléndez es escritor.