Hay una pregunta que cada generación de izquierda tiene que responderse a sí misma, sin evasiones y sin nostalgia: ¿qué significa ser socialista hoy? No en abstracto, no en los libros, no en la comodidad de la teoría bien construida. Sino aquí, con este mundo, con estas contradicciones, con estos adversarios que han aprendido a usar el lenguaje de la libertad para profundizar la desigualdad y el lenguaje de la modernidad para desmantelar los derechos que costaron generaciones conquistar. Este texto es un intento de responder esa pregunta con honestidad intelectual y con convicción política. Porque el socialismo no es una reliquia del siglo XX. Por el contrario, es la apuesta más exigente y necesaria del siglo XXI.
El socialismo como pregunta viva
Empecemos por lo más básico, que suele ser lo más difícil; el socialismo no es una respuesta dada de una vez para siempre. Es una pregunta que cada época tiene que hacerse con los materiales que tiene a mano. Eso no significa relativismo ni renuncia a los principios. Significa que una tradición política que no se interroga a sí misma se convierte en dogma, y los dogmas en política, son una forma de muerte lenta.
Piénselo así, un médico que solo aplica los conocimientos de hace cincuenta años sin actualizar su práctica no es leal a la medicina, es un peligro para sus pacientes. Lo mismo vale para una tradición política. La lealtad al socialismo no se demuestra repitiendo fórmulas, se demuestra poniéndolas a prueba frente a la realidad, corrigiendo lo que no funciona, y manteniendo con firmeza lo que sí.
El socialismo que vale la pena defender en el siglo XXI tiene que ser capaz de reconocer sus errores históricos sin abandonar su núcleo ético, la convicción de que una sociedad organizada alrededor de la igualdad, la justicia y la solidaridad no es solo deseable sino posible. Esa convicción tiene una historia larga y compleja, nació en el siglo XIX como respuesta a la brutalidad del capitalismo industrial, a niños trabajando doce horas en las minas, familias hacinadas en conventillos sin luz ni agua, trabajadores que producían la riqueza de otros y morían en la pobreza propia.
Los primeros socialistas, desde los utópicos que soñaron comunidades perfectas hasta Marx y Engels que analizaron el funcionamiento real del capital, compartían una intuición fundamental; la miseria de los muchos no era un accidente ni una fatalidad natural, era el resultado de un sistema organizado para extraer valor del trabajo ajeno y concentrarlo en manos de unos pocos. Esa intuición sigue siendo verdadera, los nombres han cambiado, la lógica es la misma.
La crítica al capital: no es economía, es humanidad
Marx no escribió El Capital como un libro de economía, lo escribió como una anatomía de la condición humana bajo el capitalismo, y lo que esa anatomía revela es perturbador, no porque sea pesimista, sino porque es precisa. El capital en el análisis marxista no es una cosa, no son las máquinas, no son los edificios, no es el dinero en abstracto; es una relación social entre quienes poseen los medios de producción y quienes solo poseen su fuerza de trabajo.
Una relación que parece libre (por ejemplo: nadie obliga a nadie a firmar un contrato), pero que en realidad está estructurada por una asimetría de poder tan profunda que la libertad formal se convierte en necesidad material. Para entenderlo, hagámonos una pregunta simple: ¿cuánto tiempo puede una familia trabajadora negarse a aceptar las condiciones que le ofrece el mercado laboral? Una semana. Dos, quizás un mes si tiene ahorros. Después, la necesidad le impone sus propias condiciones. Eso no es libertad, es coerción con otro nombre: “El trabajador libre es libre en un doble sentido: libre de poseer su propia fuerza de trabajo como su mercancía, y libre también de toda otra mercancía, es decir, desprovisto de todo lo necesario para poner en obra su fuerza de trabajo” (Karl Marx, El Capital, 1867).
Esta doble libertad que describe Marx —libre para vender su trabajo, libre de cualquier otra cosa, sigue siendo la condición de millones de personas en América Latina y en el mundo. El repartidor de aplicación “elige» sus horarios, pero no tiene seguridad social ni derecho a enfermarse. El migrante «decide» trabajar en condiciones inaceptables porque la alternativa que tiene es peor. La mujer realiza trabajo de cuidado invisible y no remunerado porque el mercado no lo valora, aunque la vida entera dependa de este. Todos son herederos de esa doble libertad que Marx describió hace ciento cincuenta años. La crítica al capital no es arqueología marxista, es diagnóstico contemporáneo de la sociedad.
¿Para qué sirve el concepto de alienación hoy?
La crítica de Marx al capitalismo va mucho más allá de señalar que los trabajadores reciben menos de lo que producen. En el centro de su pensamiento hay un concepto que toca algo profundamente humano: la alienación. El trabajador alienado no solo es explotado en términos económicos, también se pierde a sí mismo en el camino. Lo que fabrica con sus manos no le pertenece, la rutina que repite cada día no tiene sentido para él, los compañeros que lo rodean se convierten más en competidores que en aliados y al final, él mismo deja de ser una persona para volverse una pieza más de una maquinaria que no entiende y sobre la que no tiene ningún control.
¿Cuántas personas conocemos que trabajan en algo que no les dice nada, hacen tareas que no entienden para qué sirven y que al final del día sienten que el tiempo fue de otro y no de ellos? Eso tiene nombre: alienación. No es solo un problema económico. Es una mutilación de la humanidad. Y una política que no aspire a superarla no es verdaderamente transformadora.
La centralidad del trabajo y lo común
Para Marx, el trabajo no es solo una actividad económica, es la forma en que los seres humanos se realizan en el mundo, en que transforman la naturaleza y se transforman a sí mismos. El trabajo creativo, libre, no enajenado, es la expresión más plena de la humanidad. Por eso la propuesta socialista no es simplemente redistribuir mejor lo que el capitalismo produce, es transformar las relaciones bajo las cuales se produce, de modo que el trabajo deje de ser una mercancía y vuelva a ser una actividad con sentido, con dignidad, con reconocimiento.
Lo común, “el commons” en la tradición anglosajona, es el otro gran concepto que el socialismo contemporáneo necesita recuperar y ampliar. Lo común no es lo estatal, es lo que pertenece a todos y que ninguno puede apropiarse sin dañar a los demás. El agua, el conocimiento, el espacio público, el aire, la biodiversidad, los cuidados, la cultura. Todos son bienes comunes que el capitalismo sistemáticamente privatiza, cercando lo que antes era de todos para convertirlo en fuente de ganancia privada.
Un ejemplo concreto es el conocimiento científico sobre las vacunas contra el COVID-19 que fue desarrollado con financiamiento público (con impuestos de la ciudadanía) y luego patentado por corporaciones que cobraron precios que los países más pobres no podían pagar. Ese es el cercamiento de lo común en acción. La lucha por lo común es hoy una de las formas más concretas y urgentes de la lucha socialista: defender el agua pública contra la privatización, defender la educación pública contra la mercantilización, defender la salud pública contra el lucro, defender el espacio digital contra el monopolio de unas pocas corporaciones que se han apropiado de la conversación humana.
Elinor Ostrom, primera mujer en ganar el Nobel de Economía (2009), demostró empíricamente lo que el socialismo sostenía desde la teoría, que las comunidades humanas son perfectamente capaces de gestionar bienes comunes de manera sostenible y justa, sin necesidad de privatizarlos ni de dejarlos en manos de un Estado burocrático que decide por ellas. Las comunidades de regantes en España, las cooperativas pesqueras en Japón, las gestiones comunales de bosques en Suiza, las comunidades de agua en el secano costero del Maule que llevan generaciones administrando colectivamente un recurso escaso sin que nadie se los haya enseñado desde arriba, son ejemplos de que lo común no es una utopía sino una práctica histórica con siglos de existencia. No es una utopía de izquierda ni una nostalgia romántica. Es una práctica viva, con historia, con nombre propio y con personas reales detrás. El socialismo en ese sentido no tiene que inventar nada desde cero, tiene que escuchar lo que esas comunidades ya saben hacer y ayudarlas a crecer.
Salvador Allende lo entendió con una claridad que lo colocó décadas adelante de su tiempo. La Unidad Popular no fue un experimento fallido, fue un experimento interrumpido a balazos; interrupción financiada desde Washington y ejecutada por generales que sabían perfectamente que no podían ganar en las urnas lo que ganaron con los tanques. Allende demostró que era posible avanzar hacia el socialismo respetando las reglas democráticas, con paciencia, con convicción y con el apoyo creciente de un pueblo que se reconocía en ese proyecto. Lo que demostró el 11 de septiembre de 1973 no es que el socialismo democrático sea imposible. Es que el capital, cuando se siente amenazado abandona la democracia antes que sus privilegios. Pero, ante eso, Salvador Allende nos legó “la certeza de que la semilla que hemos entregado a la conciencia digna de miles y miles de chilenos no podrá ser segada definitivamente” (Salvador Allende, último discurso, 11 de septiembre de 1973).
Desde otra tradición y otro momento histórico, Rosa Luxemburg había formulado el mismo principio con una nitidez que sigue siendo insuperable. La libertad es siempre la libertad del que piensa diferente, no la libertad de los que ya están de acuerdo, no la libertad de los que aplauden, sino la libertad del que dice no, del que cuestiona, del que ve las cosas de otra manera. Una izquierda que solo tolera el disenso en el discurso, pero lo reprime en la práctica no está construyendo socialismo, está construyendo su propia futura tiranía. La democracia no es una táctica que el socialismo usa cuando le conviene, es una condición constitutiva de cualquier proyecto genuinamente emancipador.
Aprender de la historia sin rendirse ante ella
La elaboración política desde las experiencias históricas exige una doble operación intelectual que no es fácil, pero es imprescindible aprender de los fracasos sin concluir que el proyecto era imposible, y aprender de los éxitos sin idealizarlos hasta volverlos inútiles. El socialismo del siglo XXI necesita leer la historia con los ojos abiertos, no con los ojos del militante que busca confirmación de lo que ya cree ni con los ojos del derrotado que busca excusas para no intentarlo de nuevo.
¿Qué nos enseña la Unidad Popular?
Que la transformación social genera resistencias que el mercado organiza antes que el Estado reaccione. Que la burguesía puede sabotear una economía con más eficacia que cualquier ejército y en Chile lo hizo, escasez inducida, mercado negro, colas organizadas políticamente. Que la unidad de la izquierda no es un lujo táctico sino una condición de acumulación de fuerzas. Y que cuando el proyecto socialista tiene apoyo popular real, (Allende ganó con el 36% en 1970 y llegó al 44% en las elecciones parlamentarias de 1973, en medio del sabotaje), es capaz de resistir presiones extraordinarias. La lección no es que es imposible, la lección es que el adversario también aprende, y que hay que estar preparados para eso.
¿Qué nos enseñan las socialdemocracias nórdicas?
Que es posible construir Estados de bienestar robustos, sistemas de salud universales, educación pública de calidad y pensiones dignas, cuando existe una correlación de fuerzas favorable entre el trabajo organizado y el capital. Chile mismo lo demostró, a su manera: en los años 50 y 60, la Central Única de Trabajadores era una fuerza real, los mineros del cobre negociaban de igual a igual con el Estado, y gobiernos como el de Frei Montalva o el propio Allende construyeron sistemas de salud pública, vivienda social y educación que llegaron a lugares donde antes no llegaba nada. El Servicio Nacional de Salud fundado en 1952 fue, en su momento, uno de los más avanzados de América Latina. No porque Chile fuera rico, sino porque había una disputa organizada por el excedente. Suecia, Dinamarca, Noruega hicieron lo mismo, a mayor escala, construyeron esos sistemas cuando los sindicatos eran fuertes, cuando el capital necesitaba esa paz social para crecer, cuando existía un acuerdo de clases que beneficiaba a todos.
Las socialdemocracias nórdicas nos enseñan también que esos logros son frágiles. Chile lo sabe mejor que nadie. El 11 de septiembre de 1973 no fue solo un golpe político, fue la ruptura violenta de ese acuerdo de clases. Lo que vino después, el experimento de los Chicago Boys, el Plan Laboral de 1979 que desarticuló los sindicatos, la privatización de las pensiones con las AFP, la salud convertida en negocio con las Isapres, fue exactamente eso, el capital recuperando el terreno.
Cuando los sindicatos se debilitan, cuando el capital se globaliza y escapa a la regulación nacional, cuando la derecha conquista el relato cultural, los avances retroceden. Los chilenos lo viven en carne propia durante décadas, recibiendo pensiones miserables después de toda una vida de trabajo, haciendo filas en consultorios colapsados, endeudándose para que sus hijos puedan estudiar.
La socialdemocracia no fue una ilusión, fue un acuerdo de clases que funcionó mientras el capital lo necesitó. En Chile, ese acuerdo duró hasta que un sector de la élite decidió que prefería la certeza de un régimen militar a la incomodidad de negociar. Cuando dejó de necesitarlo, lo rompió.
¿Qué nos enseñan los gobiernos progresistas latinoamericanos del siglo XXI?
Venezuela, Bolivia, Ecuador, Brasil, Argentina: cada uno con su historia específica, con sus aciertos reales y sus crisis profundas. Lo que comparten es una lección sobre la fragilidad de la redistribución sin transformación estructural. Cuando bajan los precios de las materias primas, cuando el capital organiza la desinversión, cuando los medios de comunicación concentrados construyen el relato del fracaso, los logros sociales (las casas construidas, los niños que accedieron a la universidad, las mujeres que salieron de la pobreza), se erosionan con una velocidad que desalienta. Y que la comunicación política, la disputa por el sentido, la construcción de hegemonía cultural en términos gramscianos, no es un complemento del proyecto político, es su condición de sostenibilidad. Quien pierde el relato, pierde el gobierno. Y quien pierde el gobierno sin haber transformado las estructuras de poder, pierde también lo construido.
La izquierda chilena ha perdido el relato más veces de las que quisiéramos recordar, un ejemplo es el plebiscito del 4 de septiembre 2022 al que se llegó sin haber convencido a la mayoría de que esa Constitución que se plebiscitaba era suya, que hablaba de su vida, que resolvía sus problemas concretos. Los argumentos estaban, el relato no.
Y quien pierde el gobierno sin haber transformado las estructuras de poder, pierde también lo construido. Allende es el ejemplo más doloroso y más claro: tres años de gobierno popular, reforma agraria, nacionalización del cobre, salud y educación expandidas, y bastó un martes de septiembre para que todo empezara a deshacerse. No porque el pueblo no lo quisiera. Sino porque el poder judicial seguía siendo el mismo, porque los medios de comunicación seguían siendo los mismos, porque las Fuerzas Armadas seguían respondiendo a los mismos, porque la economía seguía dependiendo de los mismos.
El proyecto hoy: tres orientaciones concretas
¿Cómo se traduce todo esto en proyecto político concreto para hoy? No en una fórmula, porque las fórmulas son la muerte de la política. Sino en orientaciones que permitan navegar la complejidad sin perder el norte. Orientaciones que no son recetas sino brújulas, que señalan dirección, no el camino exacto.
Primera orientación. La igualdad en el centro, no como slogan, sino como práctica
No es la igualdad formal (un voto, una ley), sino la igualdad real, sustancial, la igualdad de condiciones, para que cada persona pueda desarrollar sus capacidades y vivir una vida que ella misma reconoce como buena. Una niña que nace en La Pintana y una niña que nace en Las Condes tienen los mismos derechos en el papel. Sus condiciones reales de vida no tienen nada que ver entre sí. Esa brecha no es un accidente, es el resultado de décadas de políticas que privilegiaron el mercado sobre la igualdad. Cerrarla requiere redistribución, sí. Pero también requiere reconocimiento, que las diferencias de género, de etnia, de territorio, de capacidad, dejen de ser fuente de subordinación. Y requiere representación real, es decir, que quienes han sido históricamente excluidos de los espacios de decisión tengan voz y voto en ellos, no como gesto simbólico sino como transformación del poder.
Segunda orientación. La justicia como práctica cotidiana, no como principio abstracto
Justicia fiscal: que quien más tiene, más aporte, y que nadie pueda evadir su responsabilidad con el conjunto a través de paraísos fiscales o ingeniería tributaria. Justicia laboral: que el trabajo tenga derechos, seguridad y dignidad, que nadie tenga que elegir entre comer y enfermarse. Justicia de género: que el trabajo de cuidado sea reconocido, redistribuido y remunerado, porque sin ese trabajo invisible la sociedad entera se detiene. Justicia intergeneracional: que las decisiones de hoy no hipotequen el planeta que habitarán quienes aún no han nacido. Justicia histórica: que los crímenes del pasado sean juzgados, no negados, porque la memoria no es nostalgia sino el fundamento ético de cualquier convivencia democrática. Construir estas orientaciones requiere voluntad política, instituciones fuertes e integridad en el ejercicio del poder. Sin esa integridad, el proyecto se vacía desde adentro.
Tercera orientación. La transformación como proceso colectivo, no como acontecimiento heroico
El socialismo de este siglo no puede esperar el gran día de la ruptura definitiva con el orden capitalista. Ese día no llega solo, y cuando ha llegado sin preparación previa, los resultados han sido trágicos. La transformación se construye cada día, en el sindicato que negocia mejores condiciones, en la asamblea de barrio que decide cómo se gasta el presupuesto, en la cooperativa que demuestra que otro modo de producir es posible, en la escuela pública que forma ciudadanos críticos en lugar de consumidores dóciles, en el congreso que legisla sabiendo que cada ley es también un mensaje sobre qué tipo de sociedad queremos ser. Transformar no es romper todo de una vez, es cambiar las correlaciones de fuerza de manera sostenida, construyendo mayorías que no se disuelvan cuando el adversario aprieta, porque esas mayorías están unidas por convicción y no solo por coyuntura.
Epílogo: la mujer de la asamblea
Hay una escena que vuelve cada vez que pienso en todo esto. Es una mujer de sesenta años, en una asamblea posestallido en el barrio en el que participo. Ha trabajado toda su vida limpiando casas ajenas. No ha podido ir a la universidad. Ha criado a sus hijos sola. Sabe lo que cuesta cada cosa porque lo ha calculado mil veces, en la feria, en la farmacia, en el almacén de la esquina. Tiene en la cabeza una contabilidad de la desigualdad que ningún economista ha sabido modelar.
Cuando toma la palabra en esa asamblea, habla con una claridad política que avergüenza a muchos con posgrado. Sabe que el sistema no está roto, está funcionando exactamente como fue diseñado. Sabe quién paga las crisis y quién las provoca. Sabe que sus derechos no le fueron dados, que fueron conquistados por mujeres que marcharon antes que ella, por trabajadores que hicieron huelga antes que ella, por estudiantes que pusieron el cuerpo antes que ella. Y sabe, con una certeza que no necesita bibliografía, que pueden serle quitados si ella deja de defenderlos.
Esa mujer es el socialismo. No la teoría, aunque la teoría importa y este texto existe para aportar herramientas a la discusión en nuestro congreso en desarrollo, el Primer Congreso del Frente Amplio, y así dibujar nuestra organización a la acción.
El socialismo es esa convicción, nacida de la experiencia propia y de la solidaridad con la experiencia ajena, de que este mundo puede ser distinto. De que la igualdad no es una utopía irrealizable sino una exigencia ética que la propia historia demuestra que es posible avanzar, aunque nunca de una vez y para siempre, aunque siempre con resistencia, aunque siempre a un costo.
La igualdad como horizonte. La justicia como práctica. La transformación como proceso colectivo e interminable. Eso es el socialismo en el siglo XXI. No una respuesta definitiva. Una apuesta renovada, asumida con ojos abiertos, con memoria de los fracasos y con la energía de quienes saben que rendirse no es una opción porque las consecuencias de rendirse las pagan otros.
El socialismo no es una nostalgia. Es una promesa que todavía no hemos cumplido.
Y mientras haya quien la defienda en una asamblea de barrio, sigue viva.
Lecturas que alimentan estas reflexiones
Allende, S. (1973). Último discurso. Transmisión radial, 11 de septiembre de 1973. Santiago de Chile.
Arendt, H. (1958). The Human Condition. University of Chicago Press.
Bourdieu, P. (1998). Contrafuegos. Reflexiones para servir a la resistencia contra la invasión neoliberal. Anagrama.
Fraser, N. (2019). The Old Is Dying and the New Cannot Be Born. Verso.
Gramsci, A. (1975). Cuadernos de la cárcel. Edición crítica del Instituto Gramsci. Era.
Luxemburg, R. (1918). La Revolución Rusa. [Ed. consultada: Fundación Federico Engels, 2017].
Marx, K. (1867). El Capital. Crítica de la economía política. Tomo I. [Ed. consultada: Siglo XXI, 2008].
Marx, K. (1844). Manuscritos económico-filosóficos. [Ed. consultada: Alianza Editorial, 2001].
Mouffe, Ch. (2018). Por un populismo de izquierda. Siglo XXI.
Ostrom, E. (1990). Governing the Commons: The Evolution of Institutions for Collective Action. Cambridge University Press.
Polanyi, K. (1944). The Great Transformation. Farrar & Rinehart.
Rawls, J. (1971). A Theory of Justice. Harvard University Press.
Sen, A. (1999). Development as Freedom. Oxford University Press.
Wright, E.O. (2010). Envisioning Real Utopias. Verso.
*Bernarda Pérez Carrillo es integrante de la Dirección Nacional del Frente Amplio.