En mis primeros años de militancia en la Juventud Socialista de Chile, a comienzos de los 2000, había una costumbre que se repetía con una naturalidad que en ese momento no cuestionábamos: ninguna reunión comenzaba a la hora. Ninguna. La convocatoria podía ser a las 19:00, pero sabíamos —todos— que partiría a las 20:00 o más tarde. A eso le llamábamos, con cierta complicidad, la “puntualidad socialista”. Por supuesto, yo también la practiqué.
Algunos compañeros más antiguos decían algo profundamente incómodo: en dictadura, llegar tarde podía significar la muerte de un compañero. La puntualidad no era una formalidad, era una ética. Era cuidado, disciplina y responsabilidad con el otro.
Y así, casi sin darnos cuenta, empezamos a habitar un desfase. No solo en el tiempo de las reuniones, sino en algo más complejo: en la relación entre nuestras prácticas y el mundo que efectivamente existía.
Ese desfase —que en principio parecía menor— es una buena metáfora del problema actual.
La izquierda socialista chilena no está en crisis por falta de ideas ni por ausencia de convicciones. Está en crisis porque sigue operando con códigos, ritmos y supuestos que corresponden a un mundo que ya cambió. Como esa reunión que siempre empieza una hora después, hoy actuamos como si el tiempo fuera otro.
El socialismo chileno —en todas sus variantes— se construyó sobre una base sólida: el trabajo como eje organizador de la vida social. El trabajo no era solo empleo. Era identidad, comunidad, conflicto y proyecto. Era el puente entre la economía y la política. Desde ahí se estructuraba la sociedad y, por lo tanto, desde ahí se pensaba su transformación.
Ese mundo ya no existe en esos términos.
No desapareció por completo, pero perdió su capacidad de integrar. Hoy el trabajo no garantiza trayectorias estables, no ordena el tiempo, no construye identidad colectiva de forma sostenida. En muchos casos, ni siquiera permite proyectar la vida. El salario dejó de organizar la existencia: lo reemplazó el endeudamiento. La jornada dejó de ser el límite; la disponibilidad es permanente.
Esto no es una consigna. Es la condición material sobre la que hoy se mueve la política.
Gran parte de la izquierda sigue pensando como si el trabajo todavía organizara la sociedad. No es que sus diagnósticos sean completamente errados. Es que están desfasados. Llegan tarde o se aplican sobre una base que ya no organiza el sistema.
Por eso las respuestas se sienten insuficientes. No porque carezcan de valor, sino porque operan sobre un eje debilitado. La reducción de la jornada laboral era necesaria. La negociación colectiva sigue siendo relevante. Pero ninguna de esas herramientas, por sí sola, recompone una sociedad donde el trabajo ya no integra.
No es un problema de voluntad. Es un problema de época.
Mientras tanto, el poder se ha desplazado. Ya no se juega únicamente en la relación entre capital y trabajo, sino en algo más estructural: la infraestructura que organiza la vida contemporánea. Energía, datos, redes, logística y plataformas. Ahí se define hoy gran parte de la capacidad de mando. Ahí se juega la soberanía real.
Este desplazamiento desarma categorías conocidas y nos obliga a mirar más allá del conflicto laboral clásico: a preguntarnos quién controla los sistemas que hacen posible la vida económica y social. Obliga, en definitiva, a actualizar el mapa.
Y, sin embargo, buena parte de la discusión política sigue anclada en el mapa anterior.
Aquí aparece otra capa del problema: la mala fe. No como acusación moral, sino como descripción. No ver lo evidente, a esta altura, no es simplemente equivocarse. Es elegir no ajustar la mirada. Es más fácil seguir hablando en un lenguaje conocido que asumir que ese lenguaje ya no alcanza. Es más cómodo sostener certezas heredadas que construir otras nuevas en un terreno inestable.
La política no premia la comodidad.
Hoy, mientras el progresismo discute cómo recomponer el relato, otros actores están ocupando posiciones concretas de poder. No necesariamente con mayor densidad teórica, pero sí con una lectura más operativa del momento. Entienden que la disputa no es solo discursiva, sino institucional. No solo programática, sino estructural. No solo sobre el trabajo, sino sobre las condiciones que hacen posible ese trabajo.
Esto no convierte a nadie en portador de una verdad superior. Pero sí evidencia un desfase que se viene acumulando hace años.
Frente a esto, hay dos salidas tentadoras, fáciles y ambas insuficientes. El cinismo, que reduce la política a la administración del desgaste —traducido orgánicamente en ganar elecciones y gobernar desde el aparato estatal sin alterar sus fundamentos estructurales—. Y el voluntarismo, que cree que basta con reafirmar convicciones para que el mundo vuelva a ordenarse —traducido moralmente en indignación constante, superioridad ética y una política que se agota en decir lo correcto sin poder hacerlo efectivo—. Ninguna de las dos resuelve el problema.
La alternativa es más exigente: habitar la fragmentación.
Habitar la fragmentación no es celebrarla ni resignarse. Es reconocer el terreno real. Es aceptar que no hay síntesis total disponible, que no hay sujeto histórico claro, que no hay promesa fácil que ordenar. Y, aun así, construir desde ahí.
Construir implica sostener la tradición socialista —su ética, su vocación de igualdad, su compromiso con la justicia— sin convertirla en refugio. Implica actualizar sus herramientas sin diluir su sentido. Implica ampliar el campo de disputa: del trabajo a la infraestructura, de la fábrica a la red, del sindicato a los sistemas que organizan la vida cotidiana.
Nada de esto es inmediato. Nada de esto garantiza éxito. Pero evita dos errores que hoy son igual de peligrosos: la nostalgia y la negación.
El socialismo chileno tiene una historia demasiado relevante como para quedar atrapado en sus propias formas. Leer la época no es traicionar esa historia. Es la única manera de continuarla.
Porque la pregunta ya no es si el trabajo puede volver a organizar la sociedad como lo hizo en el siglo XX.
La pregunta es otra: ¿qué eje va a cumplir esa función en el siglo XXI, y quién va a ser capaz de nombrarlo sin mala fe?
Ahí se juega todo.
Y ahí, todavía, reina la “puntualidad socialista”.