Hay un nuevo viento de época que sopla con fuerza desde Silicon Valley, pero no trae consigo aroma a progreso. Trae olor a metal, algoritmo y sumisión. Me refiero al reciente manifiesto de Palantir Technologies, una empresa fundada con dinero de la CIA que hoy se erige como la vanguardia teórica del tecnofascismo aplicado al mundo laboral.
El texto, filtrado inicialmente por medios cercanos a círculos críticos de la inteligencia artificial, desató una polémica inmediata: mientras sus defensores lo celebran como un audaz ajuste de cuentas con la ineficacia del trabajo humano —argumentando que la subjetividad y el descanso lastran la productividad—, sus detractores lo han calificado de hoja de ruta para una gestión algorítmica totalitaria. En sus páginas, el trabajo humano queda reducido a una variable de optimización logística, la dignidad a un obstáculo y el disenso a un ruido que hay que filtrar con inteligencia artificial. La controversia no es menor: sindicatos tecnológicos han denunciado que el manifiesto propone sistemas de vigilancia continua, evaluaciones de desempeño en tiempo real sin derecho a réplica y la automatización de despidos basados en patrones predictivos. Incluso dentro de Palantir, algunas voces internas han señalado la paradoja de una empresa fundada bajo discursos libertarios que ahora aboga por el control absoluto del comportamiento laboral. Lo que antes era ciencia ficción distópica, hoy se presenta como manual de gestión.
Palantir nos propone un futuro donde los trabajadores serán «integrados» en plataformas de vigilancia total, con métricas de rendimiento en tiempo real, despidos predictivos y una «neutralidad algorítmica» que, como toda neutralidad falsa, oculta una jerarquía feroz. No es tecnología aplicada al trabajo: es tecnología para disciplinar el trabajo. Y lo más grave: lo venden como eficiencia, cuando en realidad es una restauración del vínculo feudal bajo envoltura de machine learning.
Pero no basta con denunciar. Frente a esta deriva, es necesario construir una defensa de la dignidad del trabajo desde una constelación de miradas que no se agoten en el socialismo clásico —aunque no lo excluyan—, sino que lo desborden con otras tradiciones vivas.
En primer lugar, la doctrina social católica, desde la Rerum Novarum de León XIII (1891) hasta el pontificado de Francisco, ha sostenido que el trabajo no es una mercancía ni un dato, sino una dimensión esencial de la dignidad humana. El Papa argentino lo expresó con contundencia en su encíclica Fratelli tutti: «No hay peor pobreza que la que quita el trabajo y la dignidad del trabajo». En sus últimas intervenciones públicas, ya como León XIV, Francisco —cuyo magisterio sigue siendo punto de referencia— insistió en que «el trabajo da unción de dignidad» y que «ganar el pan con esfuerzo es sagrado». Para esta mirada, el algoritmo que evalúa sin rostro es una moderna usura espiritual. La tecnología debe estar al servicio del cuidado de la casa común y de la persona concreta, no de su expolio.
Desde otra orilla, el paradigma de la transición justa ecológica nos recuerda que no hay trabajo digno en un planeta en ruinas. Palantir sueña con minas de litio monitorizadas por drones y granjas de servidores alimentadas con carbón. Nosotros oponemos una reconversión laboral planificada, con protección efectiva para los trabajadores de sectores en declive, y una democratización de las energías que impida que la «transición verde» sea simplemente un nuevo extractivismo. La Tierra no es una base de datos; es el sustento material de cada gesto laboral.
La mirada feminista de los cuidados añade una crítica radical: el tecnofascismo celebra la productividad cuantificable porque desprecia todo lo que no se puede medir. El cuidado de niños, ancianos, enfermos, la reproducción cotidiana de la vida, el trabajo emocional y doméstico… todo eso no cabe en el dashboard de Palantir. Frente a ello, proponemos un sistema donde ninguna tarea de sostén quede fuera del reconocimiento social y material. El trabajo no es solo lo que se vende en el mercado: es también lo que hace posible que haya trabajadores. Y eso exige reparto colectivo de lo invisible.
Por su parte, una interculturalidad sensible a los flujos migratorios nos obliga a rechazar el sueño tecnofascista de un control absoluto de fronteras mediante biometría y perfiles predictivos. Los migrantes no son «unidades de riesgo» ni «recursos laborales flexibles». Son personas con historias, saberes y ritmos que ningún algoritmo capturará sin violencia. La defensa de la dignidad del trabajo pasa por reconocer que el derecho a desplazarse es también un derecho laboral, y que las cadenas globales de extracción de valor no pueden disfrazarse de eficiencia.
Finalmente, superar el colonialismo exige desmontar la geopolítica del dato. Los servidores de Palantir no están en Suiza por casualidad: la nube tiene un suelo, y ese suelo a menudo es el sur global, con regulaciones laxas, salarios bajos y ecosistemas sacrificables. Un trabajo digno implica también soberanía tecnológica para los pueblos históricamente saqueados, y reparación de las deudas ecológicas y laborales del colonialismo. El «trabajo» no puede seguir siendo una categoría pensada desde la fábrica europea del siglo XIX, sino desde la mina congoleña, la maquila centroamericana o la cosecha migrante en el Mediterráneo.
Confluencia, pues, no amalgama. No se trata de mezclar doctrinas sin criterio, sino de reconocer que el tecnofascismo es un adversario lo suficientemente poderoso como para exigirnos alianzas incómodas pero necesarias. Lo que Palantir y sus imitadores no entienden —porque el modelo de negocio les impide entenderlo— es que el trabajo humano es siempre relacional, corporal, impredecible y sagrado. Y que cualquier intento de meterlo en una hoja de cálculo terminará estrellándose contra la realidad de quienes se niegan a ser datos.
Este no es un programa cerrado. Es una invitación a desobedecer la fascinación tecnocrática. Porque la dignidad no se optimiza: se defiende. Y se defiende con la fuerza de quienes aún creen que trabajar es más que producir: es construir un mundo donde nadie sobra.