El estancamiento que atraviesa Chile no es simplemente una desaceleración económica ni un bache institucional; es la manifestación de un agotamiento estructural profundo. El modelo que durante décadas fue exhibido globalmente como el triunfo incontestable del neoliberalismo periférico ha derivado en una parálisis que José Gabriel Palma describe acertadamente como un “momento gramsciano”: una época en la que lo viejo está muriendo, pero lo nuevo es incapaz de nacer.
Para salir de este impasse, las fórmulas tecnocráticas de ajuste macroeconómico o las tenues correcciones redistributivas de la socialdemocracia han demostrado ser manifiestamente insuficientes. Se requiere una nueva concepción teórica y estratégica. Se propone aquí la articulación de un vanguardismo hegemónico, una síntesis que entrelaza el diagnóstico económico de Palma con la teoría del poder de Antonio Gramsci, la audacia democrática del proyecto de Salvador Allende y el horizonte emancipatorio de Roberto Mangabeira Unger.
La tesis central de este ensayo es que Chile requiere un Estado con voluntad hegemónica y legitimidad democrática inquebrantable, que tenga la fuerza institucional para disciplinar al capital rentista, forzando así una transición hacia una economía del conocimiento democratizada, donde el trabajo se convierta en el motor principal de la emancipación humana.
El diagnóstico integrado: la hegemonía rentista y la condena del menosprecio
Para comprender la magnitud del desafío, es imperativo entender la naturaleza del bloqueo actual. Palma argumenta que el milagro económico chileno fue un espejismo temporal. Tras recuperarse de la crisis de 1982, el modelo extractivista entregó una década de crecimiento dinámico (1986-1998), pero rápidamente agotó sus rendimientos decrecientes.
En lugar de aprovechar esa riqueza para “actualizar” (upgrade) su estructura productiva hacia el procesamiento tecnológico y la manufactura compleja, la élite chilena se refugió en la “trilogía rentista”: consolidó una de las desigualdades de mercado más altas del mundo, desplomó las tasas de inversión productiva y condenó al país a un estancamiento de la productividad que ya dura un cuarto de siglo. La inversión privada en Investigación y Desarrollo (I+D) en Chile es inferior al 0,1% del PIB; la élite no innova porque no lo necesita, pues extrae “rentas fáciles” de la exportación de materias primas sin procesar (cobre, litio) y de mercados internos oligopólicos (pensiones, salud, retail).
Sin embargo, la persistencia de este modelo irracional no se explica únicamente por inercia económica. Desde la perspectiva de Antonio Gramsci, la élite rentista chilena ha logrado ejercer una hegemonía cultural devastadora. Ha naturalizado el extractivismo, convenciendo a la sociedad y a gran parte de la clase política de que exportar rocas y concentrados es el único destino posible dictado por las “ventajas comparativas estáticas”. Esta hegemonía bloquea la imaginación institucional, haciendo parecer cualquier intento de política industrial activa como una herejía estatista.
A su vez, Roberto Mangabeira Unger aporta la dimensión existencial y antropológica de esta crisis económica. El estancamiento de la productividad no es solo un indicador macroeconómico deprimente; es una tragedia humana. Condena a la inmensa mayoría de la fuerza laboral chilena a empleos precarios, rutinarios y mal remunerados en el sector servicios. Unger denomina a esta condición belittlement (menosprecio): un sistema que obliga a los individuos a vivir vidas disminuidas, sofocando su potencial imaginativo, su agencia y su capacidad de resolución de problemas.
El diagnóstico integrado revela así un círculo vicioso: la hegemonía rentista (Gramsci) sostiene una estructura económica extractivista (Palma) que perpetúa el menosprecio existencial de la clase trabajadora (Unger).
La estrategia de transición: La “vía chilena” como guerra de posiciones
Reconocer la profundidad del bloqueo plantea el problema estratégico: ¿cómo se supera este “momento gramsciano”? El estallido social de octubre de 2019 demostró que la rabia inarticulada puede desestabilizar la hegemonía rentista, pero no puede, por sí sola, engendrar un nuevo orden institucional. El fracaso de los posteriores procesos constituyentes evidenció que la impugnación sin conducción política deriva en frustración.
Aquí es donde el legado de Salvador Allende cobra una vigencia insoslayable. Su “vía chilena al socialismo” fue, en términos estrictamente gramscianos, un intento monumental de llevar a cabo una guerra de posiciones democrática. Allende comprendió que, en una sociedad con una institucionalidad republicana consolidada, la transformación radical de las estructuras de propiedad y poder no podía realizarse mediante un asalto frontal (guerra de movimientos), sino a través de la conquista gradual y pacífica del aparato estatal y de la sociedad civil.
La nacionalización del cobre en 1971 —aprobada por unanimidad en el Congreso— fue el acto supremo de esta estrategia: utilizar la legalidad burguesa para desmantelar la base material de la dependencia.
Hoy, la nueva “vía chilena” no requiere necesariamente la estatización completa de los medios de producción, sino la aplicación implacable de lo que Palma llama la “coerción institucional”. El Estado debe asumir el rol del “moderno príncipe” gramsciano, articulando un nuevo bloque histórico popular que tenga la fuerza política para imponer condiciones draconianas al capital rentista.
Esta guerra de posiciones contemporánea implica legislar royalties diferenciados que castiguen severamente la exportación de materias primas sin procesar, y condicionar cualquier acceso a los recursos naturales (litio, cobre, hidrógeno verde) a la transferencia tecnológica efectiva y a la industrialización local. Es la democratización del poder económico a través de la firmeza republicana.
El horizonte productivo: del extractivismo al vanguardismo inclusivo
Si la estrategia es la guerra de posiciones democrática, el objetivo económico no puede ser una vuelta nostálgica a la industrialización por sustitución de importaciones (ISI) del siglo XX, que terminó protegiendo ineficiencias, ni conformarse con la propuesta socialdemócrata de mantener el extractivismo, pero cobrarle más impuestos para financiar bonos estatales.
Siguiendo a Unger, el horizonte debe ser la democratización radical de la “práctica de producción más avanzada” de nuestra época: la economía del conocimiento. Unger sostiene que, en la actualidad, las prácticas basadas en la innovación perpetua, la cooperación descentralizada y la experimentación están confinadas a una pequeña élite tecnológica (el “vanguardismo confinado”). El objetivo político supremo debe ser el vanguardismo inclusivo: extender estas prácticas a todos los sectores productivos de la economía.
Para Chile, materializar el vanguardismo inclusivo significa, en primer lugar, industrialización tecnológica verde, esto es, obligar al capital nacional y transnacional a procesar el litio y el cobre verde dentro del territorio nacional, vinculando estrechamente la extracción con la investigación científica universitaria y la creación de clústeres tecnológicos.; en segundo lugar, la superación de la dicotomía humano-máquina, es decir, automatizar todo lo que sea rutinario para liberar la fuerza laboral hacia tareas que requieran imaginación, resolución de problemas inéditos y experimentación cooperativa; y en tercer lugar, el régimen de flexseguridad lo que significa que para que los trabajadores puedan asumir los riesgos inherentes a una economía de innovación constante, el Estado debe desvincular la seguridad vital del puesto de trabajo específico, proveyendo dotaciones universales portables (educación continua, salud, ingresos básicos) que eliminen el miedo paralizante a la ruina económica.
El propósito antropológico: la emancipación en el trabajo
Finalmente, la articulación de Palma, Gramsci, Allende y Unger redefine el propósito último de la política y la economía. No se trata simplemente de maximizar el PIB, ni siquiera de lograr una distribución matemática perfecta del ingreso. El objetivo es profundamente antropológico.
Para Salvador Allende, la transformación económica tenía como fin último devolverle la dignidad al trabajador, convirtiéndolo en dueño de su destino. Para Antonio Gramsci, el socialismo implicaba elevar a cada obrero a la categoría de intelectual y dirigente, borrando la frontera entre el trabajo manual y el trabajo intelectual. Para Roberto Mangabeira Unger, la meta es superar el belittlement (menosprecio) mediante la transformación de la experiencia laboral diaria.
A diferencia del optimismo tecnológico de Marx y Keynes, quienes creían que el fin inminente de la escasez nos liberaría de la necesidad de trabajar, Unger nos advierte que la escasez persistirá debido a la naturaleza insaciable y mimética del deseo humano. Por lo tanto, si la emancipación no puede ocurrir fuera del trabajo (en un paraíso de ocio posescasez), debe ocurrir dentro de él.
El vanguardismo hegemónico postula que el trabajo cotidiano no tiene por qué ser una condena instrumental, una carga odiosa soportada únicamente para garantizar la supervivencia biológica. Al democratizar la economía del conocimiento y obligar a las élites a abandonar el rentismo extractivo, el proceso productivo se transforma en un laboratorio de experimentación humana. El trabajo se convierte en el escenario principal donde el individuo desarrolla sus facultades creativas, ejerce su agencia efectiva y participa en la construcción imaginativa del mundo compartido.
El estancamiento chileno es el resultado de un pacto político y cultural que ha permitido a una élite extraer rentas extraordinarias sin la obligación de invertir en el futuro de la nación. Salir de este laberinto requiere abandonar la ilusión tecnocrática de que los rentistas se volverán innovadores por simple generación de “incentivos de mercado”.
La síntesis aquí propuesta —el vanguardismo hegemónico— exige un Estado con la voluntad cultural de Gramsci y la legitimidad republicana de Allende, capaz de aplicar la coerción institucional que demanda Palma, para forzar una transición ineludible hacia la economía del conocimiento democratizada que concibe Unger.
Solo mediante esta audacia teórica y práctica, Chile podrá dejar de ser un exportador primario de recursos y de empleos precarios, para convertirse en una sociedad donde el trabajo productivo sea, por fin, el motor genuino de la emancipación humana.
*Juan Carrillo es médico, con estudios en Neurobiología y Ciencias de la Conducta, magister (c) en Salud Pública, y máster en Medicina y Fisiología del Sueño.