Chile lleva más de cuarenta años discutiendo las privatizaciones. Sin embargo, la pregunta central nunca fue formulada. El debate se concentró en quién compró las empresas públicas, cuánto pagó por ellas y si el Estado obtuvo un precio adecuado. Mucho menos se preguntó quién había producido el capital económico que esas empresas incorporaban cuando fueron privatizadas.
Esa omisión no es un detalle historiográfico. Es el principal vacío de la economía política chilena.
Las empresas privatizadas durante la dictadura no surgieron del mercado que posteriormente las valorizó. Llegaron a ese mercado después de décadas de inversión pública, aprendizaje tecnológico, formación de capacidades organizacionales e ingeniería institucional. La dictadura reorganizó jurídicamente ese patrimonio y lo incorporó al mercado de capitales; no construyó el capital económico que hizo posible esa operación.
Confundir ambos procesos distorsionó el debate durante décadas. Se identificó la transferencia de la propiedad con la creación de riqueza y la eficiencia en la asignación del capital con la producción del capital mismo. Son fenómenos distintos.
Llamaré capitalización premercado al proceso histórico mediante el cual una sociedad transforma inversión, conocimiento, organización y aprendizaje en empresas capaces de convertirse posteriormente en activos financieros. Esa acumulación precede al mercado. La bolsa puede asignarle un precio; no puede reconstruir retrospectivamente las décadas de coordinación institucional que permitieron su existencia.
Aquí reside la principal paradoja del capitalismo chileno.
La primera privatización reorganizó los derechos de propiedad sobre empresas previamente capitalizadas. La segunda las transformó en activos permanentes del mercado financiero y en soporte del ahorro institucional administrado por fondos de pensiones, compañías de seguros y otros inversionistas. La profundidad inicial del mercado de capitales nació de esa convergencia entre un patrimonio previamente acumulado y una demanda creciente por activos financieros de largo plazo.
El éxito de esa estrategia ocultó su principal límite. El modelo permitió administrar con creciente sofisticación un stock histórico de empresas maduras, pero nunca resolvió cómo producir una nueva generación de organizaciones capaces de reemplazarlas. Mientras existieron empresas provenientes del ciclo de acumulación anterior, esa carencia permaneció invisible. Cuando comenzó a disminuir el número de nuevos emisores y aumentó la concentración bursátil, el problema dejó de ser financiero y pasó a ser institucional.
La transición democrática corrigió numerosos aspectos del modelo: fortaleció la regulación, perfeccionó el gobierno corporativo y elevó los estándares de transparencia. Sin embargo, preservó el supuesto fundamental heredado: que el desarrollo del mercado dependía principalmente de mejorar la asignación del capital existente. La pregunta por la reproducción del capital quedó fuera de la agenda.
Por eso la discusión contemporánea sobre el mercado de capitales suele partir demasiado tarde. Se debate sobre ahorro previsional, liquidez bursátil, incentivos tributarios o regulación financiera, pero rara vez sobre las instituciones capaces de producir empresas tecnológicamente complejas, organizacionalmente maduras y suficientemente escalables para transformarse, dentro de veinte o treinta años, en nuevos emisores bursátiles.
Ese es el verdadero legado de las privatizaciones. No solo modificaron la estructura de la propiedad. También instalaron una forma de profundización financiera apoyada en un patrimonio construido durante una etapa histórica anterior. Mientras ese patrimonio fue suficiente, el modelo funcionó. Cuando comenzó a agotarse, apareció la pregunta que nunca había sido respondida.
El desafío de Chile ya no consiste en volver a privatizar empresas públicas ni en revertir las privatizaciones realizadas. Consiste en reconstruir una arquitectura institucional capaz de producir una nueva generación de empresas con el mismo grado de capitalización premercado que tuvieron aquellas que dieron origen al mercado de capitales contemporáneo.
Un mercado puede administrar con gran eficiencia el capital heredado. Ningún mercado, por sofisticado que sea, puede vivir indefinidamente de una herencia.
*Salvador Ondarza es politólogo.