Ernesto Ottone, en el diario La Tercera (27.08.2026), utiliza el término de moda, “iliberal”, para calificar los rasgos antidemocráticos presentes en Kast y sus socios. Señala con acierto que existe en el actual presidente un peligro iliberal, con el intento de reforma constitucional y, además, porque es parte del club internacional que promueve el “iliberalismo”.
Ciertamente tiene peligrosos rasgos antidemocrático la propuesta constitucional de Kast y también es inquietante la internacional que lo acompaña en el Foro de Madrid, que se reunirá en Santiago este 3 y 4 de septiembre.
Al finalizar su entrevista en La Tercera se le pregunta a Ottone por la oposición, emitiendo, sin sustento, un categórico y arbitrario contrapunto “no creo puedan caminar juntos una ‘izquierda democrática’ con una ‘izquierda más radical’”.
El asesor del expresidente Lagos, en su admiración por la variante neoliberal de la socialdemocracia, la tercera vía, intenta descalificar sibilinamente a un sector de la izquierda chilena llamándola “radical” e insinuando que no es democrática.
Sin embargo, en el mundo que vivimos solo una izquierda radical, a la vez que transformadora y democrática, será capaz de encabezar la lucha para enfrentar la profunda crisis económica, social, política y ecológica que vive el mundo y nuestro país. Y esa izquierda, con la nueva generación que hoy día la encabeza, es la llamada a recuperar y fortalecer la democracia, ante la ofensiva de la extrema derecha
Es que no hay otra alternativa porque la socialdemocracia arrió sus banderas progresistas y se rindió al neoliberalismo de Thatcher en Europa, mientras los demócratas en EE. UU. se rindieron ante Reagan. Y así el capitalismo desarrollado culminó en una profunda crisis que dio origen a la emergencia de Donald Trump en EE. UU. y al predominio de varios partidos políticos de rasgos fascistas en Europa.
En América Latina, Chile incluido, el centro político también se plegó al neoliberalismo y a la globalización radical, con resultados traumáticos: se destruyó la industria, se desnacionalizaron las economías, se debilitaron las organizaciones sindicales y se ampliaron las desigualdades. Se redujo así la capacidad de los trabajadores para organizarse y luchar por sus intereses, tanto en el ámbito económico como en el político.
Las crisis económicas, sociales e incluso humanitarias, provocadas por el modelo neoliberal y la globalización excluyente han generado angustia ante el crecimiento del desempleo y la inseguridad. Ello ha sido aprovechado por las derechas extremas, las que buscan legitimarse con discursos populistas, que cuestionan la democracia misma.
Con Donald Trump, Jair Bolsonaro, Viktor Orbán, Javier Milei, Marine Le Pen y Santiago Abascal, entre otros, emerge en el mundo actual una ofensiva conservadora global, con discursos xenófobos, racistas, patriarcales y homofóbicos, en nombre de la seguridad, la identidad nacional y el orden. Al mismo tiempo, se niega la catástrofe medioambiental, concediendo al capital derechos adicionales para explotar indiscriminadamente el petróleo, el carbón y otros recursos contaminantes.
La ideología que caracteriza a la extrema derecha acusa a la inmigración de ser una amenaza para la prosperidad nacional al mismo tiempo que un peligro para la identidad de las naciones. Los migrantes son incluso responsabilizados de promover el debilitamiento de los valores tradicionales y de la civilización occidental. En la Europa del fascismo de los años treinta eran los judíos, en estos años son los migrantes.
Así las cosas, el conservadurismo oligárquico se convierte en neofascismo y llega a extremos sorprendentes. En efecto, figuras destacadas del sector tecnológico, entre ellas Peter Thiel, partidario y financista de Trump junto al filósofo Curtis Yarvin, líder del movimiento reaccionario conocido como la Ilustración Oscura y cercano al entorno político del vicepresidente J. D. Vance, defienden incluso un modelo de gobierno monárquico, en el que las naciones deberían ser gobernadas por los tecnooligarcas.
Parece entonces una concesión generosa calificar la actual ofensiva de la extrema derecha mundial como iliberalismo porque el término es algo indulgente ante la arremetida reaccionaria y la necesidad de enfrentarla con respuestas radicales.
El término “iliberal” fue popularizado por el periodista en un artículo de 1997 en la revista y se ha puesto de moda con la emergencia de las nuevas derechas del siglo XXI. Nos dice el iliberalismo que ciertas derechas pueden ser elegidas democráticamente, pero ignorar los límites constitucionales; es decir, vulnerar la separación de poderes, capturar los medios de comunicación y no respetar las libertades individuales de sus ciudadanos.
Sin embargo, el prefijo i (en iliberal) pareciera una suerte de eufemismo, un intento de no nombrar a la ultraderecha y al autoritarismo por su nombre. Porque, la verdad de las cosas es que si se vulnera el estado de derecho y la separación de poderes la democracia se ve cuestionada y por tanto acompañarla con el término iliberal no parece muy razonable.
Por ello algunos cientistas políticos han optado por hablar directamente de regímenes autoritarios o neofascistas si no hay separación de poderes y si no existe respeto del estado de derecho, aunque se sigan celebrando elecciones (Astrid Barrio López nombra a algunos en su Democracia, iliberal, populismo y Estado de derecho, Deusto, Universitat de Valéncia, 25.05.2022).
Por otra parte, al no haber limpieza en los procesos electorales y si no existe pluralidad informativa, las garantías de libre competencia se estrechan. Y esto parece crecer con la inteligencia artificial. Es lo que hemos conocido recientemente con el caso de Fernando Cerimedo, operador de granjas de trolls en redes sociales, quien ha intervenido y manipulados procesos electorales en favor de candidatos de extrema derecha en Argentina, Honduras, Bolivia y Chile.
Llámese como se llame el período político que vive el mundo, la realidad incontrovertible es que no se puede desconocer la emergencia de la extrema derecha autoritaria, con rasgos fascistas. Y tampoco se puede desconocer que ha sido el resultado del modelo económico, social y político, fundado en una globalización radical y en el neoliberalismo, que ha concentrado al extremo el poder económico y político en minorías oligárquicas, profundizando desigualdades y masificando injusticias.
Y, la socialdemocracia en Europa, los demócratas en EE. UU., el centro político en América Latina y el socialismo del siglo XXI, al sumarse al neoliberalismo y a la globalización radical son responsables de la ola reaccionaria autoritaria que vive el mundo.
Así las cosas, solo una izquierda transformadora, junto a las mayorías expropiadas de sus derechos podrán desafiar a los oligarcas, subordinar los mercados al Estado y recuperar la política para las mayorías. Es lo que permitirá terminar con la hegemonía de los poderes oligárquicos y construir una propuesta de transformación económica, social y ecológica de justicia e igualdad.
Ahora bien, una izquierda transformadora no solo es responsable de recuperar la democracia. La lucha contra el autoritarismo tiene que articularse con la cuestión social, económica y ambiental y, por tanto, debe superar el modelo de sociedad neoliberal.
Como señala Mosquera, la izquierda no puede quedar atrapada solo en la defensa de una democracia liberal en crisis. El vínculo de la izquierda con las instituciones liberal-democráticas no puede limitarse solo a una defensa reactiva frente al autoritarismo (“iliberalismo”). La izquierda debe ir más allá y transformar las estructuras productivas, financieras, ecológicas y sindicales, que el capitalismo actual mantiene al margen de decisiones democráticas (M. Mosquera, Jacobin, 03.08.2025).
En consecuencia, difícilmente la social democracia en Europa, los demócratas en EE. UU. y el centro político en América Latina y Chile, que aceptaron el neoliberalismo y la globalización radical, podrán liderar una propuesta transformadora.
Por ello, se equivoca Ottone al estigmatizar a la izquierda, que califica de radical y no democrática, porque precisamente en ella se encuentra el potencial para la defensa de la democracia y para transformar el sistema neoliberal, fundamento de desigualdades e injusticias.
Además, ante el feroz auge del neofascismo, es ineludible que “caminen juntas” todas las fuerzas que se oponen al gobierno de Kast, porque está en primer lugar la defensa de la democracia, del medio ambiente, de los trabajadores, los derechos de género y de los migrantes.
Si Ottone leyera el proyecto económico, social, político e internacional del Frente Amplio tendría que aceptar que no contiene rasgo antidemocrático alguno; y, por el contrario, propone transformaciones, que enarbolan, sin ambigüedad, la defensa de la democracia, el Estado de derecho y la legalidad internacional.
Finalmente, y con todo respeto, debo decir que Ernesto Ottone sabe perfectamente lo que son las dictaduras y el autoritarismo, por su experiencia como dirigente de la internacional juvenil comunista, en sus años de exilio. Por tanto, es una abusiva manipulación su intento de asociar izquierda radical con ausencia de democracia.
* Roberto Pizarro H., exdecano de la Facultad de Economía Política de la Universidad de Chile, es economista.
