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Portal Socialista > Contenido > Política > Cambiar el mundo > Daniel Escobar / Para habitar la fragmentación. Cambio de eje: del trabajo a la coordinación
Cambiar el mundoDestacadosPolítica

Daniel Escobar / Para habitar la fragmentación. Cambio de eje: del trabajo a la coordinación

3 julio 2026
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29 Min de Lectura
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En un artículo anterior (1) hablé de la puntualidad socialista, esa costumbre de empezar tarde una reunión como síntoma menor de un desfase mayor. La izquierda socialista seguía pensando con los códigos de un mundo donde el trabajo organizaba la vida, mientras ese mundo ya había cambiado de arquitectura. Y quedaba una pregunta abierta: si el trabajo ya no ordena por sí solo la vida común, ¿qué eje ocupa ese lugar en el siglo XXI?

Habitar la fragmentación exige una pregunta adicional: si ya no hay un eje capaz de ordenar por sí solo la vida común, ¿quién coordina los pedazos sin convertirnos en usuarios obedientes de un sistema que nadie controla?

La respuesta tentativa es: la coordinación. Quién organiza democráticamente una complejidad que ya casi nadie comprende completamente. Quién conecta sistemas, tiempos, territorios, datos, cuidados, trámites, transportes, beneficios, trabajos, plataformas y cuerpos cansados. Esta respuesta trae una trampa adentro: puede devolver poder democrático a los sistemas que organizan la vida o puede perfeccionar nuestra administración como usuarios satisfechos de una maquinaria que nadie gobierna.

Aunque antes del concepto está la calle. Y en la calle el desfase no se siente como teoría política: se siente como falta de tiempo.

Caminar por Santiago

Empieza a parecerse demasiado a revisar las ruinas administrativas de una promesa histórica demasiado grande para un país tan largo, tan endeudado y tan cansado. Los edificios nuevos brillan con un desdén silencioso, veinticinco metros cuadrados para mirar una serie, responder correos a las once de la noche y pensar, sin decirlo demasiado fuerte, que quizás la adultez terminó reducida a sostener continuidad operacional sobre una infraestructura emocional parcialmente colapsada.

Las notificaciones iluminan las caras en el Metro como hostias digitales administradas por la infraestructura del capitalismo tardío. Muchos deslizan el dedo sobre una pantalla buscando algo parecido al amor o al menos una interrupción calculada del vacío. Una App para pedir comida, otra para trabajar, otra para pagar la deuda, otra para dormir y otra para meditar antes de volver a abrir Excel el lunes en la mañana.

Intentando construir pequeñas formas habitables de humanidad entre las ruinas de las fantasías épicas del siglo XX y las luminosas, tristes y perfectamente trazables notificaciones del XXI.

Un viernes a las cinco de la tarde en Santiago tiene algo raro desde que las cuarenta horas empezaron a mover el borde de la semana. No es descanso completo ni trabajo pleno. Es una franja intermedia, una pequeña concesión temporal arrancada al calendario productivo, un permiso legal para mirar la ciudad antes de que se haga de noche.

Tomo la micro porque el tránsito está expedito, un pequeño milagro santiaguino. Cuando una micro avanza rápido por el centro uno siente que el país podría funcionar. Que tal vez no todo estaba condenado desde el diseño. Que bastaba con ordenar algunas cosas, sincronizar semáforos y reducir jornadas para hacer menos absurda la vida. En Santiago, uno aprende a valorar cualquier señal concreta de coordinación efectiva, aunque venga en forma de bus avanzando sin quedar atrapado frente a un taco inútil, esa forma chilena del absurdo donde todos pierden tiempo y nadie responde.

Me bajo en Plaza Baquedano, o Plaza Italia, o Plaza Dignidad, dependiendo de con quién esté hablando. Hay lugares que dejaron de tener un solo nombre porque dejaron de pertenecer a una sola memoria. Si estoy con amigos de izquierda digo Dignidad. En una conversación más institucional digo Baquedano. Con alguien que todavía cree en los mapas antiguos digo sector Plaza Italia. La misma ex-rotonda, tres países superpuestos, tres maneras de evitar una discusión, tres formas de administrar el trauma.

Ahí vuelve 2019. No como épica limpia, porque casi nada vuelve limpio. Vuelve como humo, estaciones cerradas, multitud y miedo, mucha potencia, desastres y posibilidades de cambio. Vuelve la sensación de que por unas semanas la serie se volvió pueblo, gente que antes solo compartía metro, deuda, pantalla y cansancio, de pronto actuando junta, mirándose, reconociéndose y ocupando un lugar donde antes solo pasaba.

Gobiérnennos mejor

Una compañera del comunal Santiago del Partido Socialista decía entonces algo que con los años tuvo cada vez más sentido: en el fondo, la gente no pedía una nueva Constitución. Esa fue la traducción política posterior, el cauce institucional o la respuesta disponible de una clase política sobrepasada. La demanda profunda era más simple, más brutal y más transversal: gobiérnennos mejor. Mientras más pasa el tiempo, más correcta me parece.

Gobiérnennos mejor. No como súplica infantil a una autoridad bondadosa. Más bien como cansancio acumulado frente a una clase política, empresarial y burocrática incapaz de hacer funcionar con dignidad los sistemas que organizan la vida. Salud, pensiones, transporte, educación, vivienda, seguridad, trabajo, deudas, trámites, licencias, listas de espera, formularios, claves únicas y respuestas automáticas del tipo “su solicitud se encuentra en evaluación”.

El estallido tuvo muchas consignas y varias contenían verdades reales. Debajo de todas ellas estaba la experiencia cotidiana de vivir en un país donde cada sistema parecía diseñado para hacerte perder tiempo, dignidad o paciencia. Un país donde quien tiene recursos compra coordinación privada: un buen abogado, un ejecutivo preferente, una clínica privada, un asesor comunicacional, un datito o un contacto. El resto hace fila, insiste, apela, espera, explica de nuevo, junta papeles, llama, manda correos, vuelve a llamar y se traga la rabia.

La desigualdad chilena siempre ha sido también una desigualdad de coordinación. Algunos viven en sistemas que responden. Otros viven rebotando entre oficinas.

La Constitución apareció como palabra grande para un malestar grande. Tal vez lo que había detrás era menos solemne y más concreto: hagan funcionar esta cuestión de una vez. No nos obliguen a convertir cada derecho en una odisea administrativa. No nos hagan vivir como usuarios abandonados dentro de sistemas que nadie parece conducir.

Coordínennos mejor

Casi siete años después, la demanda mutó. El país está más fragmentado, más digitalizado y más cansado; más lleno de plataformas, protocolos, algoritmos, indicadores, trabajos raros, informalidad elegante, endeudamiento normalizado y pequeños colapsos privados. La palabra gobierno empieza a quedar corta. Gobernar supone cierta unidad reconocible, algo que puede ser conducido. Hoy vivimos entre piezas que apenas se hablan.

La demanda de la época empieza a sonar distinta: coordínennos mejor.

Coordínennos mejor, porque la vida cotidiana se volvió una integración manual de sistemas incompatibles. Trabajar, estudiar, cuidar, pagar, transportarse, atenderse, postular, justificar, validar, ingresar, actualizar, responder, acreditar y cumplir. Cada persona se convirtió en su propia oficina de partes, su propio call center, su propio gestor de continuidad operacional. La adultez contemporánea consiste en administrar flujos con el cuerpo cansado.

Coordínennos mejor, porque la fragmentación no se resuelve con discursos sobre comunidad mientras las personas siguen perdidas entre instituciones que no conversan, políticas públicas que se anuncian mejor de lo que operan y plataformas que prometen simplificar la vida mientras multiplican claves, tokens y pantallas de error.

Coordínennos mejor, porque la sociedad ya no tolera una política que solo interpreta el dolor. Necesita ejecución, infraestructura, tiempo de respuesta, trazabilidad, responsabilidad, presencia territorial, datos que sirvan, oficinas que no humillen, municipios que articulen y un Estado que conteste.

Hace un tiempo, otro compañero nos compartió un texto sobre el rizoma y en ese momento solo lo leí. Hoy le encuentro sentido. El rizoma no sirve aquí como consigna universitaria elegante ni como celebración de la dispersión, esa forma liviana en que cierta izquierda convierte cualquier concepto francés en afiche de pasillo. Sirve porque describe demasiado bien la forma de nuestra época: conexiones múltiples, entradas parciales, flujos que se expanden sin centro único, comunidades que aparecen y desaparecen, discursos que viajan más rápido que las instituciones, afectos políticos que se prenden y apagan antes de convertirse en organización.

El estallido social tuvo algo de eso. Una multiplicidad sin centro, con entradas territoriales, generacionales, feministas, estudiantiles, poblacionales, sindicales, digitales y barriales. Fue potencia y límite. La forma rizomática permite irrupción, contagio, velocidad. No asegura duración, estrategia ni gobierno democrático de la complejidad que deja abierta.

La sociedad contemporánea ya funciona rizomáticamente en muchos planos. Redes, plataformas, finanzas, datos, afectos, economías informales y trabajos intermitentes. No vivimos en pura dispersión. Vivimos en una dispersión conectada. Mucha conexión, poco mundo común. Mucha coordinación técnica, poco poder colectivo. Mucho flujo, poca soberanía.

Por eso la pregunta no es volver al árbol jerárquico, al comité central como tronco muerto, ni celebrar la dispersión como si fuera libertad. El problema socialista del siglo XXI es construir formas democráticas de coordinación capaces de sostener flujos, datos, territorios y vidas sin convertirlos en administración total.

La tesis suena demasiado elegante y las palabras elegantes merecen sospecha.

Coordinación puede ser una palabra útil, pero también puede transformarse en el fetiche perfecto de esta época. Puede nombrar la vida rota entre sistemas y convertir relaciones de poder en fallas técnicas. La salud no está “mal coordinada” en sentido neutro, está organizada de tal forma que ciertos cuerpos esperan y otros compran salida. La ciudad no está “mal coordinada”: está dispuesta para que algunos vivan cerca del tiempo útil y otros gasten la mitad de su día en traslado. La educación no está “mal coordinada”: carga sobre estudiantes, funcionarios y docentes la precariedad de un modelo que distribuye desigualdad con lenguaje administrativo.

La coordinación no es inocente

Nunca lo fue. Una sociedad puede necesitar coordinación y ser dominada en su nombre. La misma infraestructura que puede volver más digna la vida puede convertirse en maquinaria de clasificación, vigilancia, exclusión y obediencia eficiente. Los mismos servidores y protocolos. Las mismas bases de datos. El mismo software con logo público.

Una plataforma estatal puede evitar que una persona repita cinco veces la misma historia para acceder a un beneficio. Y también puede perfilarla, rechazarla automáticamente y esconder la decisión detrás de una regla que nadie entiende. Un dashboard puede permitir control democrático sobre un servicio público. Y también puede transformar la política en semáforos de gestión, con todo en verde mientras la gente sigue esperando.

La diferencia nunca está solo en la herramienta. Está en quién puede conocerla, auditarla, interrumpirla, modificarla, disputar sus fines y obligarla a responder.

Hay una imagen antigua que sirve porque sigue siendo brutal. Babel no fracasa por falta de eficiencia. Fracasa por convertir la unidad técnica en soberbia política: una sola lengua, una sola dirección, una sola torre. Nehemías reconstruye de otra manera: tramo por tramo, con responsabilidades visibles, temores escuchados y esfuerzos coordinados. La diferencia no está entre coordinar o no coordinar. Está en si la coordinación produce pueblo o produce torre.

La derecha entiende la angustia de la fragmentación con su brutalidad habitual. Ofrece orden, jerarquía, castigo, frontera, autoridad y menos ruido. Ese paquete tiene éxito porque la fragmentación cansa. Cuando la vida cotidiana se vuelve ingobernable, cualquier promesa de orden empieza a sonar razonable, incluso cuando viene cargada de clasismo, nostalgia autoritaria y una idea bastante pobre de la vida humana.

La captura más peligrosa de “coordínennos mejor” también puede venir desde un lugar más amable, más decente en apariencia, mejor vestido para seminario de políticas públicas. El centro tecnocrático despolitizado ofrece modernización, experiencia usuaria, eficiencia del gasto, gobernanza basada en evidencia, transformación digital, ventanilla única y tablero con indicadores verdes.

Ese centro puede mejorar cosas reales. Puede reducir filas, ordenar trámites, automatizar beneficios, limpiar procesos y hacer más fluida la relación con el Estado. Puede hacer que la vida duela menos en la superficie y dejar intacta la pregunta decisiva: quién coordina, para qué, bajo qué control, con qué derecho a conflicto y con qué posibilidad de decir que no.

Así, la revolución pasiva del siglo XXI puede venir con buena interfaz. Sin tanques, sin discursos heroicos, sin olor a golpe. Puede llegar como una App que funciona, un sistema que deriva mejor, una mesa de ayuda más amable, un Estado que responde más rápido y una ciudadanía convertida en usuaria satisfecha de su propia impotencia.

Por eso la izquierda debería tener cuidado con enamorarse demasiado rápido de la palabra coordinación. Durante décadas aprendimos a hablar de distribución: quién tiene, quién no tiene, quién captura la renta, quién trabaja, quién acumula, quién paga la crisis. Todo eso sigue siendo central. La coordinación no reemplaza la propiedad, la clase, el financiamiento ni la disputa por la riqueza: las atraviesa. Una falla de coordinación muchas veces es el modo administrativo en que aparece una estructura de poder.

La política socialista del siglo XXI tendrá que disputar ese terreno.

Coordinar no puede significar solamente ordenar procesos

Significa decidir qué vidas importan, qué tiempos se respetan, qué territorios dejan de esperar, qué instituciones responden, qué datos se usan, qué plataformas gobiernan y qué tareas humanas siguen teniendo sentido.

El Estado real no cabe en el manual ni en la consigna. Son ministerios, servicios, municipios, funcionarios, bases de datos, presupuesto, compras públicas, fiscalización, atención de público, sistemas antiguos, licencias de software, sindicatos, jefaturas, territorios, edificios con goteras, usuarios furiosos y papeles burocráticos eternos.

Ese Estado tendrá que crecer en capacidades técnicas, no solo en tamaño presupuestario. Más formación, más soberanía tecnológica, más coordinación territorial, más gobierno de datos, más planificación, más funcionarios protegidos para decir la verdad, más equipos capaces de mirar simultáneamente una demanda social y un flujo operativo. Nuestra gente en el Estado debe ser capaz de leer a Gramsci y también un diagrama BPMN sin sufrir un colapso espiritual. Una tragedia chilena: esto hoy parece casi revolucionario.

Ese Estado técnico necesita un contrapoder democrático desde su diseño. Sin eso, será gobierno de Nadie con mejor UX.

Una coordinación democrática requiere instituciones capaces de interrumpir la máquina cuando la máquina rompe la vida. No basta con participación ornamental, consultas públicas de formulario eterno o transparencia convertida en PDF alojado en una página que nadie revisa. Tiene que haber poder de afectados, trabajadores y comunidades sobre los sistemas que los ordenan.

Esa institucionalidad podría tomar formas modestas, incluso aburridas, pero con poder real. Consejos de coordinación democrática en servicios críticos, municipios, universidades, salud, transporte, educación, beneficios sociales y sistemas digitales públicos. Instancias con usuarios, trabajadores, técnicos y autoridades responsables; acceso real a datos operativos; auditoría de algoritmos; derecho a explicación; revisión pública de protocolos; capacidad de proponer cambios vinculantes; protección para funcionarios que advierten fallas; derecho a suspender automatizaciones dañinas; responsables con nombre, cargo y obligación de responder.

Esos consejos no pueden limitarse a revisar procesos. Tienen que disputar datos. La coordinación contemporánea se alimenta de datos sanitarios, educacionales, laborales, financieros, territoriales y demográficos. Quien controla esos datos controla la forma en que una sociedad ve, clasifica y anticipa a sus habitantes. Si los datos son producidos por la vida social, su gobierno no puede quedar entregado al secreto corporativo ni a la burocracia cerrada. Incluso desde una tradición ajena a la mía se ha dicho con claridad: cuando las decisiones se delegan a sistemas opacos, la responsabilidad se disuelve en la máquina y la injusticia aparece revestida de neutralidad técnica.

La interoperabilidad no es una palabra bonita de seminario público-privado. Es que una persona no tenga que contar cinco veces la misma historia para conseguir una atención. Es que un estudiante no rebote entre dirección de pregrado, bienestar, secretaría y plataforma como pelota triste de pinball institucional. Es que el Estado no le pida a una persona pobre demostrar cada seis meses que sigue siendo pobre. Es que un trámite deje de ser una prueba moral de resistencia.

Cada mejora debe quedar abierta a disputa. Coordinar democráticamente no es eliminar la fricción, es politizarla. Hacer visible el conflicto que la técnica intenta esconder. Devolver responsabilidad donde hoy hay procedimiento. Devolver poder donde hoy hay usuario. Devolver deliberación donde hoy hay flujo.

La pregunta por el trabajo

Conviene distinguir dos cosas que el siglo XX mantuvo pegadas. Una es el trabajo como eje de coordinación social: la función de ordenar el tiempo colectivo, articular producción, sindicato, salario, identidad y política. Esa función se debilitó. Hoy la cumplen cada vez más la infraestructura, los datos, las plataformas y los sistemas que reparten accesos, tareas y oportunidades. Otra cosa es el trabajo como fuente de dignidad, reconocimiento y ritmo vital. Esa función sigue viva, aunque esté herida. El capitalismo moderno no repartía solo ingresos mediante el empleo. Repartía una forma de estar en el mundo, una razón para levantarse, una sensación de utilidad social. Cuando el trabajo se vuelve precario, intermitente o prescindible, lo que se rompe no es solo el sueldo. Se rompe el lugar.

Por eso “coordínennos mejor” también contiene una súplica más honda: seguir teniendo un lugar en una sociedad cuya infraestructura puede coordinarnos sin necesitarnos demasiado. Personas a las que el sistema organiza sin requerirlas, que sienten que su función social puede caducar en cualquier actualización, piden, casi sin nombrarlo, seguir siendo necesarias.

La automatización no tiene que llegar como apocalipsis total para producir efectos políticos profundos. La tesis del fin del trabajo lleva más de un siglo siendo anunciada antes de tiempo y también conviene desconfiar de ella. Muchas veces el relato de la automatización funciona como tecnología disciplinaria: naturaliza despidos, baja expectativas, asusta trabajadores, vende software caro y convierte decisiones empresariales en destino histórico.

La IA no es nube. Es infraestructura. Tiene electricidad, agua, minerales, moderadores de contenido, etiquetadores de datos y trabajadores precarizados entrenando la aparente magia. La coordinación fluida que se nos venderá como inteligencia tiene cuerpos escondidos en otra parte. El centro tecnocrático dirá automatización; un viejo informático desconfiado entenderá que es trabajo desplazado, opacado y reorganizado.

Incluso si el apocalipsis laboral no llega, la amenaza ya opera. Reorganiza expectativas. Disciplina carreras. Concentra inversión. Legitima reestructuraciones. Instala la sospecha de obsolescencia sobre abogados junior, analistas, periodistas, diseñadores, administrativos, programadores medios, asistentes, ejecutivos, estudiantes y profesores. La pregunta deja de ser cuántos empleos desaparecerán. También importa cuántas vidas empezarán a organizarse bajo la sensación de que su función social puede volverse prescindible.

La pregunta por el trabajo tiene una espina más difícil. Tal vez parte de nuestra angustia proviene de haber aceptado demasiado profundamente que valemos en la medida en que somos útiles. La dignidad no puede depender de lo que una persona produce. Coordinar democráticamente no puede significar solamente devolver gente al engranaje. Tiene que abrir también una pregunta más difícil: cómo vivir juntos cuando una vida no necesita justificarse como unidad productiva.

No sé cómo se hace eso. Desconfío de quien dice tenerlo demasiado claro.

En las empresas ya viven esa contradicción. Mientras más automatización aparece, más coordinación parece necesitar el sistema. Supervisión, gobierno, control, auditoría, integración, continuidad operacional. El viejo middle management puede morir como caricatura de jefe presencialista y renacer como capa coordinadora técnica: riesgo, compliance, BI, ciberseguridad, operaciones, datos, procesos, control de gestión y experiencia al cliente.

Bajo pura lógica de capital, esa capa será una maquinaria elegante para expulsar humanos, reducir costos, concentrar conocimiento y transformar la vida en ticket. Bajo control democrático, podría convertirse en infraestructura de habitabilidad social.

El capitalismo moderno no distribuía solamente ingresos mediante trabajo. Distribuía identidad, dignidad, estructura temporal, reconocimiento, integración social. Si ese vínculo se erosiona, el problema deja de ser solo económico. Se vuelve civilizatorio.

¿Qué ocurre si grandes zonas del sistema ya no necesitan integrar masivamente trabajo humano estable para producir riqueza, pero siguen necesitando administrar políticamente a quienes quedaron fuera del centro productivo? ¿Qué pasa con quienes son desplazados hacia servicios precarios, logística, cuidado, supervisión, informalidad o simple gestión de su propia supervivencia? ¿Qué tipo de política puede hablarles a personas que no solo pierden ingreso, sino lugar, ritmo, reconocimiento y futuro?

Los partidos socialistas tienen poco tiempo para entender esto. Pueden seguir funcionando como máquinas electorales, administradoras de cupos, memorias nobles y liturgias internas, o pueden asumir que la política que viene será una disputa por las formas de coordinación de la vida social. Los partidos que no sepan coordinar territorios, datos, trabajo, cuidados, municipios, tecnologías, organizaciones sociales y lenguaje común serán coordinados por otros. Se suman como sujetos o serán sumados por cuota.

La historia no espera a que los partidos terminen sus congresos.

La ciudad sigue ahí, procesando insomne

Las micros vuelven llenas de gente cansada. En algún departamento alguien escucha a la Rosalía mientras revisa un dashboard de ventas. En otro alguien llora frente a una planilla Excel, bellísima desgracia administrativa del capitalismo contemporáneo. Más al poniente mi grupo de amigos toma pilsen en una plaza con árboles y perritos, discutiendo de política como si todavía existiera algo que pudiera salvarse.

Y tal vez exista.

No una revolución definitiva ni una épica impoluta, apenas la posibilidad más humilde y más difícil de construir formas democráticas, humanas y habitables de coordinación social dentro de un mundo irreversible y profundamente fragmentado.

Vuelvo a mirar la plaza. Baquedano, Italia, Dignidad. Tres nombres para una misma fractura. La micro avanza. La ciudad parece funcionar durante unos minutos y uno entiende por qué la gente quiere orden, por qué la promesa de coordinación seduce, por qué el caos cansa, por qué la épica no alcanza para pagar el arriendo, conseguir una hora médica, recibir una respuesta o entender una plataforma estatal mal diseñada.

Quizás la intuición de esa compañera socialista del comunal Santiago tenía una profundidad que solo ahora se vuelve completa. En 2019 dijimos dignidad, derechos, Constitución, no son treinta pesos. Todo eso fue cierto. Debajo había una frase más simple, más transversal, más difícil de convertir en bandera: gobiérnennos mejor.

Hoy, en una ciudad que sale un poco más temprano del trabajo, con buses que por un rato avanzan, con plazas que no sabemos nombrar sin revelar nuestra biografía política, la frase muta y se vuelve más exigente:

Coordínennos mejor.

Conviene sospechar de ella.

Entre la coordinación como servicio y la coordinación como poder se juega una parte grande de la política que viene. Entre una administración más eficiente de nuestra impotencia y una capacidad democrática real sobre los sistemas que organizan la vida. Entre dejarse coordinar mejor y aprender, torpemente, conflictivamente, sin épica limpia, a coordinarnos de nuevo.

La serie espera el bus. Cada uno mira su pantalla. El sistema anuncia que llega en tres minutos.

Esta vez alguien levanta la vista.

Y al levantarla aparece una pregunta que esta columna solo puede dejar abierta: quizás hemos leído demasiado rápido la época como interregno, como tránsito entre un orden muerto y otro por nacer. Quizás la fragmentación contemporánea no sea el problema que el nuevo orden debe resolver, sino la forma misma en que el nuevo orden aprendió a gobernar.

Si eso es cierto, habitar la fragmentación no consiste en esperar que vuelva la totalidad perdida. Consiste en disputar, dentro de esa fragmentación, qué formas de coordinación todavía pueden producir vida común, poder democrático y humanidad no administrada.

Esa será la pregunta siguiente.

Nota

(1) El autor se refiere a su artículo “Habitar la fragmentación: trabajo, infraestructura y el fin del socialismo del siglo XX” publicado en Portal Socialista el 1 de mayo de 2026. https://www.portalsocialista.cl/politica/cambiar-el-mundo/daniel-escobar-habitar-la-fragmentacion-trabajo-infraestructura-y-el-fin-del-socialismo-del-siglo-xx/

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